Ficción o fantasía
Viernes, 6 Febrero, 2009
¿Ficción o fantasía?, ¿palabra o cuento? ¿Qué fue creado antes? Creo que, sin lugar a dudas, todos ellos surgieron de la mente humana al mismo tiempo; uno dio paso al otro y así sucesivamente como las muñecas rusas.
El relato fantástico es tan antiguo como la historia del ser humano. Desde muy pronto fue concebido el concepto de fantasía como una actividad de la mente por medio de la cual se producen imágenes, ideas por las que huimos hacia otras realidades. Los relatos fantásticos han evolucionado según ha progresado la forma de mirar el mundo y lo realmente cierto es la necesidad del uso de la imaginación.
Para Cervantes la imaginación fue capaz de alcanzar lo imposible concibiendo al mundo imaginado en un mundo de esperanzas donde los personajes de Galatea y don Quijote pierden el eje de la realidad.
Así le ocurre también al personaje de Rosaura de Borges en “la cara de los espejos” donde la joven emprende ante el espejo una obsesiva y fantástica búsqueda tras las huellas de su novio y la realidad se sumerge en confusión y deseo de fuga. El relato finaliza atrapando a Rosaura en otra dimensión. Creo que la imaginación puede provocar el efecto que provocan los espejos, expuestos a reflejar nuestro interior. El espejo puede llegar a convertirse en el umbral, en una puerta de acceso a una realidad invertida que adquiere tras el cristal caracteres autónomos y fantásticos.
Conectar el mundo real con el fantástico puede resultar mucho más sencillo de lo que nos parece. En tiempos de crisis desarrollamos mejor la imaginación, nuestra fantasía transmite sus mejores ondas. Tal vez, por eso, la figura del héroe está impresa en la vida cotidiana como impresa está la necesidad de tenerlos. El porvenir de la ilusión que buscan los norteamericanos con Obama, ¿héroes?, ¿realidad o ficción?
La imaginación y las historias inventadas ayudan al ser humano en momentos angustiosos. Es en el siglo XIX cuando los temas fantásticos adquieren definitiva carta de ciudadanía en la literatura universal; alcanzan una mayor difusión con el apogeo de la llamada novela gótica, que exagera los detalles tormentosos y hasta grotescos. Ejemplos clásicos son El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, Drácula (1897), de Bram Stoker y El monje (1796), de Matthew Lewis. Todos ellos son productos, tal vez, de esa necesidad humana de reinventar realidades.
La realidad adopta imágenes irreales, la literatura transforma esos reflejos como en un espejo y los traslada en personajes de ficción. ¿Vampiros? Por qué no. La figura del “chupasangre”, que en tiempos remotos llegó hasta Egipto y la India, pasando por Transilvania, ha aterrizado en pleno siglo XXI con un éxito editorial de fantasía. Nuestra imaginación ha convertido a nuestros “chupasangres diarios”, políticos, embaucadores de verdades, ilusionistas de la razón en simpáticos vampiros. Edward, el vampiro de la saga de la escritora Stephenie Meyer, es bello, sutil, inteligente, un seductor irresistible del que no podemos escapar. Nuestra imaginación acepta a los personajes de ficción de forma natural porque ellos son una pequeña parte de nuestros anhelos; en definitiva, forman parte de nuestra propia subconsciencia: En este sentido, quizás hablamos de la aparición del temor que Freud definía en Totem y tabú. Intentaremos pues, como don Quijote, seguir imaginando de modo conveniente, seguiremos idealizando nuestros héroes que no son menos verdaderos para quienes, como lectores, así lo creemos.
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Lectura recomendada: El blog de Santos Domínguez : En un bosque extranjero
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