La imagen, la fantasía, y la palabra
Jueves, 19 Abril, 2007
Todos los que defendemos la lectura deberíamos, quizás, ser más cautos a la hora de describir cómo y cuáles son los mejores métodos para fomentar la lectura a nuestros niños y adolescentes. Al hablar del fomento a la lectura da la impresión de que existe una ruta concreta para alcanzar dicha meta, como si alguien nos dijera: “señores, si desea usted ser lector, pase y camine por este sendero?” Creo, sinceramente, que eso no es posible, y que tales sendas lectoras no existen.
Basta con leer un solo libro y encontrar en él una plena satisfacción, sea del tipo que sea, emocional o intelectual, para querer repetir la experiencia. Sólo rechazamos las experiencias que no nos dejan buen sabor de boca. Creo que hay que descartar que el hábito lector no es producto de la repetición, si fuera así, tal vez, todos los niños que pasan por nuestro sistema educativo serían lectores, porque si algo se hace en los colegios y en los institutos es leer por obligación. Creo que el hábito es una decisión de voluntad al permanecer fiel a ese gusto concreto. Leer es, sin duda, una necesidad ineludible en los tiempos que vivimos, pero lo realmente complicado es buscar fundamentos a esa necesidad.
Reflexionado sobre la idea del hábito a la lectura, podemos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Cómo podemos fomentar el gusto a lectura desde las edades más tempranas? ¿Qué recurso será el más propicio y adecuado?
Las ilustraciones en los libros para niños cobran especial importancia, ya que no tiene una función simplemente ornamental sino que forman parte inherente del texto como complemento visual de todos los signos escritos. La ilustración en estos libros es la versión en imágenes de un relato, de una narración detallada, la combinación entre los códigos del texto escrito y el iconográfico, asegura la comunicación perfecta de su contenido al lector, sin solapamiento ni contradicciones involuntarias. La interacción entre ambos se produce y crea el mundo imaginario que permite introducir los elementos más complicados del relato, los sentimientos, los pensamientos, todo un conjunto de expresiones que integran la geografía humana. El profesor Colomer en “Siete llaves para valorar las historias infantiles” trata la cuádruple funcionalidad entre texto e ilustración: informativa, educativa, comunicativa y lúdica. Aquí es donde el papel del adulto juega una importante función para comunicar con el niño de forma clara y sencilla.
Podríamos hacer un recorrido por nuestra memoria gráfica y recordar rápidamente aquellas ilustraciones que han pasado por nuestras mentes infantiles. De forma panorámica recuerdo la influencia de aquellos primeros libros y casi mágicos de Walt Disney, ya hace unos cuantos años de las primeras películas de esta factoría, pero su influencia fue tan fuerte que los dibujantes que le siguieron como Niubó, Pañuelas, R. Sabatés, todavía perviven en nuestra memoria.
En los años 50 asistimos al éxito explosivo de los dibujos de Juan Ferrándiz, aquellos efectos luminosos que adornaban esas ilustraciones con sus estrellitas, farolitos y corazones resplandecientes, pero sin duda, el mayor acierto de este ilustrador fue la inserción de objetos tridimensionales en los cuentos troquelados como “La paleta de Maurica la castañera” o la “Escoba de la ratita presumida” cuya publicación llegó hasta la década de los 60. Quizás, uno de los descubrimientos editoriales fue la etapa de María Pascual, una joven de catorce años que publicó su primer trabajo, “El hada de las fuentes” en la editorial Toray.
Más renovador y menos comercial es el estilo de Arnalot; sus ilustraciones geométricas nunca son representaciones dramáticas, pero tampoco de estilo dulzón, son personajes inocentes y divertidos que transportaban a los niños a imaginar serenamente.
El año pasado se organizaron en Italia varias exposiciones sobre la ilustración española, en las que se evidenciaba que aunque este trabajo no es demasiado conocido fuera de nuestras fronteras, sí es importante y cada vez adquiere mayor fuerza. Tenemos por ejemplo la obra de Javier Sáez, que además de ser un excelente ilustrador, también construye sus propias historias. Antonio Santos también ilustra sus propios cuentos en los que combina relato e imagen en un espléndido juego de conversación. Otra propuesta muy interesante es el trabajo de Elisa Arguilé, no sólo para los relatos infantiles. Por otro lado tenemos también a Enrique Flores, Elena Odrizola, Noemí Villamuza y un largo etc., Todo un universo plástico que nos sugiere caminos muy distintos y nos ayuda a crear ese mundo tan necesario como es el de la fantasía.
Cuando los adultos leemos un libro ilustrado pocas veces nos ponemos a pensar en la función de las imágenes y su relación con el texto escrito. Sin embargo, si queremos entenderlo es necesario comprender lo que ambos nos dicen. Quizás la mayoría de los adultos hemos perdido la habilidad de leer libros ilustrados ya que ignoramos el todo y consideramos las ilustraciones simplemente como decorativas. Creo que hay que escapar de los estereotipos y volver de alguna forma a nuestro “vocabulario visual” como uno de los cimientos en los que se basa cualquier lenguaje. El maestro y el educador deben formarse en el tema de la ilustración no sólo para seleccionar un tipo de obra sino también para concienciarse de que la imagen puede ser un estupendo instrumento de lenguaje y reflexión.
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