Del arca a la web
Jueves, 25 Enero, 2007
“El hombre vive en un mundo en el que cada ocurrencia está cargada con ecos y reminiscencias de lo que ha ocurrido antes. Cada acontecimiento es un recordatorio.” John Dewey
En un fantástico juego de metáforas, decía el poeta mexicano Octavio Paz, que la poesía es la memoria de un país y los archivos son su lengua. En esta misma línea de reflexión, los documentos serían las palabras, el eco del pasado, que transcurrido el paso del tiempo, una vez organizado por las manos del archivero, es puesto finalmente al servicio de los historiadores, convirtiéndose después, en voz, en historia, en memoria viva de la sociedad.
Sabemos que la construcción del conocimiento histórico es un largo camino repleto de matices, que sin duda, condicionará la elaboración del discurso por parte de los historiadores. Es precisamente en este dilatado trayecto, que emerge desde que se produce el acontecimiento hasta que es utilizado por el historiador, donde encontramos un lugar equidistante entre el documento y los intérpretes de la Historia, el papel que desempeña el archivo.
José María Guelbenzu recuerda en su artículo “Un ordenador antiguo” una vieja fábula latina que ilustra perfectamente este concepto de transmisión de memoria: “Sócrates cuenta, al final de Fedro, cómo Theuth, uno de los antiguos dioses, mostró a Themis, rey de Egipto, todas sus artes; y cuando llegó a las letras, es decir, a la escritura, dijo de ella que harían más sabios y más memoriosos a los egipcios, pues se ha inventado como fármaco de la memoria y la sabiduría. Themis, entonces, alegó que semejante invención es el olvido, lo que producirá en las almas de quienes la aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegará al recuerdo desde fuera, a través de caracteres lejanos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. La escritura era para Themis, un codificador ajeno a la memoria del hombre y al fiarse de ella, ésta perdería su cualidad de sabio pues la única sabiduría posible era la almacenada mnemotécnicamente en la cabeza. El saber estaría fuera del hombre y éste se convertiría en alguien incapaz de valerse por sí mismo.”
La transmisión de la memoria va unida al desarrollo de la civilización humana. La existencia de un sistema administrativo, con una estructura y reparto de poder, hace imprescindible la presencia de un órgano que se ocupe específicamente de la gestión y conservación de los testimonios que acreditan la existencia de un derecho, la toma de una decisión o de cualquier otro acto que sea necesario preservar, como prueba, justificación o simplemente como testimonio, de acuerdo, por tanto, con las dos máximas que rigen la creación de un documento, las funciones de constancia y comunicación.
Podríamos decir que la Historia puede ser entendida como “el arte de la memoria” y su principal protector, el archivo, esa institución o servicio muchas veces olvidado y despreciado, y en otras protegido y mimado, afortunadamente cada vez, con múltiples iniciativas y propuestas desde distintos ámbitos públicos y, en menor medida, desde el privado. Aparece o resurge ahora, un renovado culto a la memoria histórica, que se aprecia tanto en la proliferación de centros de investigación como en los nuevos argumentos que se aplican para mejorar la disciplina archivística. Parece que impera una noción de la Historia que ya definía Marc Bloch, la del conocimiento de huellas: “Los documentos son huellas y los archivos reservas de huellas inventariadas”. Existe una natural dependencia del documento, es decir, si no hay fuente no hay Historia, tal vez, porque recae en nosotros la ilusión de creer que lo que llamamos hecho debe coincidir siempre con lo que realmente sucedió.
Creo que hay que considerar a los documentos como testimonio puntual y siempre parcial de un hecho o suceso determinado. Los documentos son siempre sedimentos de la realidad, son las partículas de un cosmos que el historiador se encargará de recomponer a partir de los trazos que los archivos hayan podido conservar. Jacques Le Goff resume el concepto de documento como “el documento no es un material objetivo, inocente y puro, sino que expresa el poder que ejerce la sociedad del pasado sobre la memoria y sobre el futuro”.
Poco a poco se han ido incorporando a Internet distintos modos de acceso al documento, con un resultado y un número de consultas y usuarios realmente extraordinarios. La red se ha convertido en un nuevo ámbito social y de comunicación donde necesariamente ya tienen presencia los archivos. Internet está ofreciendo una oportunidad “histórica” para romper con la imagen de espacio cerrado y lejano que, desde siempre, han transmitido los archivos “tradicionales”. La red es un medio en el que todo o casi todo es posible, útil, económico y rápido, con la especial virtud de la interactividad con el usuario, la inmediatez, la constante actualización, la disponibilidad y sobre todo la inmediatez en el tiempo de acceso a la información, una cuestión de primer orden en la sociedad del conocimiento y la información: el acceso a la descripción documental, poder consultar desde cualquier punto y a cualquier hora, una información custodiada por cualquier archivo, además de la conservación y preservación de los documentos custodiados en los archivos tradicionales para ser “expuestos” en archivos virtuales, abiertos los 365 días del año. Podemos decir que ha comenzado a ser realidad el sueño de cualquier investigador, disponer de cualquier documento en el preciso momento que lo necesita, sin tener que desplazarse ni realizar trámites administrativos. Así, se pueden consultar los grandes tesoros que hay detrás de esos inmensos portales, como es el caso del sevillano Archivo de Indias, en el que los investigadores ponen su mirada para leer sus textos manuscritos y los “relatos” de aquellos cronistas de Indias, de tal manera que se puede iniciar un nuevo viaje, navegando desde un océano a otro, a través de Internet.
Los poderes públicos tienen ahora la palabra y la oportunidad de hacer realidad una asignatura, todavía pendiente, como es el desarrollo y la mejora en las vías de acceso a los archivos, ya sean “tradicionales” o “digitales”, con una accesibilidad sencilla y una gestión transparente, al servicio de la cultura, la investigación y, por supuesto, el propio ente productor, que no tenga las cortapisas que actualmente limita el derecho constitucional de acceso a la información.
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Lectura recomendada:
Termina de publicarse el libro de Pedro Luis Angosto: José Alonso Mallol. El hombre que pudo evitar la guerra. Editado por el Instituto Alicantino de “Cultura Juan Gil-Albert”
Sugerencias:
La Fundación para la memoria del campo de concentración de Buchenwald. Coloca en red su archivo histórico de imágenes.
Visitar web: http://www.archivistica.net/digitales.html
