La cultura de la paz
Sábado, 30 Diciembre, 2006“El enemigo de la complejidad somos nosotros”. Edgar Morín.
El sufrimiento y la destrucción causados por las guerras, terrorismos y los conflictos armados son uno de los lastres de nuestra sociedad. Aunque no tan claro, los problemas de la pobreza, la desigualdad y el racismo, así como la explotación de la mujer, de los niños y del medio ambiente, son igualmente destructivos y, a veces, aún más devastadores por su carácter indirecto, silencioso y escondido. El conocimiento de las violencias y la propia conciencia de destrucción no han convencido a los seres humanos, seguimos estudiando las violencias, los motivos que inducen a los terroristas y las guerras, pero parece que somos incapaces de aprender a vivir en paz.
Bajo el concepto de paz, o bajo el término pacifista, se suelen englobar un sinfín de posiciones. Desde pensamiento histórico-político de Maquiavelo, Hobbes, Baltasar Ayala, Espinosa, Hegel, Clausewitz, Carl Schmitt, R. Aron, J. Freund, Francisco Javier Conde, Álvaro D’Ors, G. Maschke, Jerónimo Molina…, hasta el Idealismo de un Kant o Bobbio, todos analizaron los conceptos de guerra y paz; violencia y orden; nación-política; Estados modernos…
Sin embargo, si observamos las políticas y actitudes de individuos, líderes en la prevención de guerras y violencias, cabría preguntarse, si realmente el problema de la incapacidad de prevenir las guerras, el terrorismo o cualquier acción violenta está relacionada con la falta de voluntad de acción y ligada a nuestra educación como seres humanos.
La clave puede estar en la denominada cultura de la paz, concepto creado por la ONU y, sin duda, uno de los fenómenos más recientes en la exploración normativa, no sólo para contrastar con los elementos de la cultura destructiva actual en muchas comunidades, sino también para realmente proveer posibles alternativas en la construcción de la paz.
Daniel Patrick Moynihan destaca que es la cultura, y no la política, la que determina el éxito de una sociedad; considera que la política puede cambiar la cultura y salvarla de sí misma. Sería necesario crear cambios en la sociedad, además de actitudes y comportamientos orientados a estas transformaciones. Kenneth Waltz, especialista en relaciones internacionales en causas de guerra, insiste en el papel del ser humano y el individuo en la aplicación de la violencia como mecanismo para resolver conflictos. “El ser humano es agresivo por naturaleza y aplica la violencia en lucha por su existencia y para satisfacer sus necesidades.” Si nuestro punto de partida fuera este realismo fatalista por el cual el ser humano nace violento y utiliza esa fuerza para conseguir sus necesidades, sería interesante estudiar y analizar la cultura en la que vivimos.
La noción de paz, como bien nos recuerda Norberto Bobbio, está siempre dentro de un contexto donde se presupone la guerra, en la milenaria literatura sobre la guerra y la paz “se pueden encontrar una infinidad de definiciones sobre la guerra, mientras que generalmente sólo se encuentra una definición de paz, como fin o cese, conclusión, ausencia o negación de un conflicto.”
Efectivamente, la construcción de una cultura de la paz es un proceso lento que supone un cambio de mentalidad individual y colectiva. En este cambio, la educación tiene un papel importante en tanto que incide desde las aulas en la construcción de los valores de quienes serán futuros ciudadanos y esto permite una evolución del pensamiento social. Los cambios evolutivos, aunque lentos, son los que tienen un carácter más irreversible y en este sentido, puede ser la escuela una vía fundamental para la creación de nuevas formas de pensar.
Los valores se crean en el proceso de socialización del hombre, bajo la influencia de diferentes factores: familia, escuela, medios de difusión, organizaciones sociales, religiosas etc. y, en medio de contradicciones entre lo social y lo individual, lo ideal y lo real, lo universal y lo particular, lo nuevo y lo viejo. No son inmutables ni absolutos, su contenido puede ser modificado. En la medida en que los seres humanos se socializan y la personalidad se regula de modo consciente se irá perfilando la jerarquía de valores que equilibran al individuo.
Quizás, sea precisamente en el reconocimiento recíproco de la condición humana donde reside el fundamento de una cultura universal, conformada colectivamente, que aspira a resolver las problemáticas y retos del futuro desde una forma de gobierno fundada en la justicia. Por otro lado, es evidente que la educación, cualquiera que sea su definición o función social, es una tarea humana, centrada en el diálogo entre los actores, dirigida al aprendizaje que favorece la comprensión del mundo.
Leí hace tiempo un bello cuento mexicano, tal vez, una breve y simple descripción, pero que nos acerca a esa bella utopía: Un padre y su hijita viajan juntos en el tren. Como es de esperar la niña no se está quieta ni un momento, para gran desesperación de su papá que no puede leer el periódico: pega la nariz en el cristal de la ventanilla, mete los dedos en los ceniceros, sale y entra, hace mil y una preguntas a los viajeros…Entonces, el padre recorta nerviosamente país por país de un mapamundi que encuentra en el periódico. “Toma -le dice-“a ver si me puedes armar este rompecabezas de los países del mundo. La lectura sosegada del padre no dura demasiado. En unos pocos minutos la niña le enseña el mapamundi completo. “¿Pero, cómo es posible que hayas terminado tan pronto?”, exclama el padre extrañado. La niña le dice: “Es muy sencillo de hacer, papá. Por detrás hay una imagen de una persona, así que le di la vuelta al rompecabezas y componiendo al ser humano compuse al mundo.
La cultura puede ser la base de la conducta humana, la que nos permita elaborar reglas, crear instituciones entre individuos, grupos, naciones y Estados, teniendo en cuenta que la cultura también es construida, enseñada y modificable. Pero la cultura de la paz debe ser comprendida bajo los valores de los derechos humanos, promover la igualdad entre los géneros, educar en la tolerancia, apostar por el desarrollo equitativo y sostenible, encauzar el libre flujo de información y conocimientos y, en definitiva, poder refortalecer la participación pluralista y democrática para dar sentido a nuestra propia existencia.
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Recomendación de lectura:
“La filosofía de los derechos humanos” Horacio Spector en la edición digital de la Revista de Teoría y Filosofía del Derecho nº 17. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
