Dom 21 Jun 2009
“El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentraci贸n”, por Juan Gelman (P谩gina 12)
Posted by pangosto under indignidad, genocidio, tortura, derechos humanos, memoria
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El Ministerio de Cultura espa帽ol promovi贸 el Primer Encuentro Internacional de Memoria Hist贸rica en la Universidad de Salamanca, la misma donde Miguel de Unamuno enfrent贸 al dirigente franquista Mill谩n de Astray cuando 茅ste entr贸 a los claustros pistola en mano gritando 鈥淰iva la muerte, abajo la inteligencia鈥. En esa reuni贸n, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, Rep煤blica Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y columnista de P谩gina/12 fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre 鈥渆l imperativo moral de la memoria colectiva鈥.
Soy padre de un hijo de 20 a帽os secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la m谩s reciente dictadura militar argentina, que tambi茅n desapareci贸 sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropolog铆a Forense, 13 a帽os despu茅s. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando ten铆a 19 a帽os, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses despu茅s de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un polic铆a de matrimonio est茅ril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 a帽os de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigaci贸n. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sangu铆neos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campa帽a internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 pa铆ses, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.
Hablo desde la experiencia argentina. 驴Por d贸nde empezar? 驴Por la madre de un desaparecido que a帽o tras a帽o y d铆a tras d铆a arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que 茅l sol铆a tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. 驴Por el sue帽o de la hija de una desaparecida? Este sue帽o: 鈥淢am谩 vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma鈥. Ha pasado mucho tiempo desde la de-saparici贸n de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todav铆a. No lo habr谩 mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habr谩 mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habr谩 mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.
El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentraci贸n y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que ces贸 el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas 鈥揾ijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos鈥 viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. 鈥淒esde entonces, a una hora incierta/esa agon铆a vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi coraz贸n sigue quem谩ndose en m铆鈥, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que record贸 Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa po茅tica es vida real y quema cada d铆a.
鈥淓n nuestro pa铆s el olvido corre m谩s ligero que la Historia鈥, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no s贸lo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. 鈥溌縋ara qu茅 renovar las penas? 鈥揹ice Ismene a Edipo鈥. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.鈥 El D铆a de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen d贸nde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.
鈥淟os padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cu谩l es el dolor total sin remedio鈥, dice Esquilo. 驴Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geolog铆a del dolor? 驴Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma neg谩ndola? 驴La locura ser铆a la 煤ltima puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? 驴No ser谩 茅sa una forma de fundirse con la v铆ctima y as铆 morir con ella? Los familiares de los desaparecidos est谩n en otro lugar. 鈥淯n loco, solamente un loco que perdi贸 la mente olvidar puede la muerte de su padre鈥, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es 茅sa la locura de los familiares: su 煤nica 鈥渓ocura鈥 consiste en exigir verdad para las v铆ctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obst谩culos con los que se tropieza d铆a a d铆a. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.
Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno est谩 dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurri贸 al prefecto naval H茅ctor Febres, a punto de ser condenado por los cr铆menes que cometi贸 durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio L贸pez, para agitar el miedo en las v铆ctimas testimoniantes. La polic铆a facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarqu铆a de la Iglesia Cat贸lica argentina que, a diferencia de la chilena, santific贸 la matanza 鈥搖n obispo del Vicariato lleg贸 a decir 鈥渃uando hay derramamiento de sangre, hay redenci贸n鈥濃, la jerarqu铆a de la Iglesia Cat贸lica argentina, que orden贸 tranquilizar a militares desasosegados porque ven铆an de tirar prisioneros vivos al oc茅ano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la 茅poca, que permitir铆an recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.
Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casaci贸n argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversi贸n que mancha a sectores pol铆ticos y sociales que, de un modo o de otro, por acci贸n o por omisi贸n, fueron c贸mplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qu茅 omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por des谩nimo, cansancio, resignaci贸n, desesperanza o temor, todav铆a temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y tambi茅n, por qu茅 omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la b煤squeda de los restos de los desaparecidos 鈥減ara que sigan con sus compa帽eritos鈥. As铆 hacen tabla rasa de la historia personal de las v铆ctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.
La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarqu铆a de los Treinta prohibi贸 en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento 鈥淣o recordar茅 las desgracias鈥. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el a帽o de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba as铆 el m茅todo que hab铆a elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: 鈥淣o s贸lo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; tambi茅n es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque est茅n bien ordenadas pero sean poco 煤tiles, el enterrarlas con reverencia鈥. La voz de los vencidos es 鈥渄esordenada y poco 煤til鈥 en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas v铆ctimas de cr铆menes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, 鈥渆se acuerdo con aquello que se oculta鈥, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia as铆, falsifican la vida y est谩n presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilizaci贸n occidental, en la que los extraordinarios avances tecnol贸gicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.
Proliferan las teor铆as sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas m谩s que suficientes, algunas francamente rid铆culas. La historia del Partido Comunista sovi茅tico ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirti贸 en un acto de predicci贸n del pasado. Es famosa la fotograf铆a del estado mayor bolchevique tomada d铆as despu茅s del triunfo de la Revoluci贸n Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones m谩gicas y la voluntad de abolir la historia. De ah铆 la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ah铆 la importancia fundamental de esta reuni贸n. La pretensi贸n de mutilar la memoria c铆vica de todos los d铆as corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.
El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy m谩s urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros pa铆ses quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones util铆simas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artima帽as de los asesinos de la memoria, como 茅sas que pretenden que no hubo c谩maras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alem谩n. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca m谩s, no deber铆an, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habr铆a que acercar sus contenidos a sectores sociales y pol铆ticos en los que hay no poco a despejar todav铆a.
驴Y se podr谩 alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo 茅tico y opongan la desobediencia debida a 贸rdenes criminales? El capit谩n de nav铆o Juan Carlos Rol贸n, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mec谩nica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareci贸 a 5000 personas, declar贸 imp谩vido: 鈥淣os ense帽aron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo鈥. Se recuerda el di谩logo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admiti贸 haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentraci贸n de Maidanek. La pregunta de la fil贸sofa: 鈥溌縎e da cuenta de que los rusos lo van a colgar!鈥. La respuesta del nazi: 鈥溌縋or qu茅? 驴Yo qu茅 hice?鈥.
Las dictaduras suprimen el testimonio de las v铆ctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos vol煤menes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada p谩gina figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la v铆ctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de p谩ginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la ma帽ana. Tambi茅n se repite la causa de la muerte, 鈥渋nfluenza鈥 casi siempre. Este no es s贸lo un acto burocr谩tico; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condici贸n humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero 茅sta es una decisi贸n de Estado y, lamentablemente, todav铆a hay gobiernos democr谩ticos que no se atreven a disponer que se d茅 ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos s贸lo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesi谩sticos. Jacques Derrida habl贸 del 鈥渕al de archivo鈥, pero 茅sos son los archivos del mal.
Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, veh铆culos de una memoria que en ocasiones se transmite de generaci贸n en generaci贸n. Frente a Panam谩 鈥搉arra el periodista Jos茅 Mar铆a Pasquini Dur谩n鈥 hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia ind铆gena. Una vez al a帽o todos se re煤nen y los ancianos cuentan a los j贸venes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los j贸venes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panam谩, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna est谩 en casete y los j贸venes lo tienen en su casa entre los discos m谩s recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todav铆a.
En el a帽o 1987 segu铆a yo exiliado en Francia y el diario reci茅n nacido entonces para el que trabajo, P谩gina/12, me pidi贸 que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado 鈥淓l carnicero鈥. A una v铆ctima que le detallaba sus cr铆menes, Barbie dijo: 鈥淵o no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes鈥. Efectivamente: recordar y denunciar los cr铆menes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

