Política


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Comprometido y crítico, el realizador greco-francés Costa-Gavras firma con Arcadia, su última película, una lúcida, corrosiva -y divertida- fábula (a)moral sobre la precariedad laboral y la competitividad feroz del capitalismo. ¿Cineasta político?: “Todas las películas son políticas porque hablan de lo que pasa en la sociedad”.

Por Andrés y Santiago Rubín de Celis y Carola García-Calvo. Fotografías cedidas por Wanda Visión

—¿Cómo llegaste a la novela de Westlake (The Ax, 1999)?

—Encontré la novela en inglés y la leí -unos amigos en Estados Unidos sabían que buscaba algo así y me la mandaron-. Yo quería hacer la película en Europa, pero los derechos pertenecían a la Paramount, que quería hacer la película. Finalmente, después de cuatro años y muchos guiones, abandonaron el proyecto y yo compré los derechos para hacerla en Europa. Me habían ofrecido hacerla en los Estados Unidos, pero no me interesaba hacerla allí, me parecía mucho más interesante hablar de Europa a través de esta fábula. Además es un filme de género…

—Te interesa más el contexto social y familiar que los pensamientos y motivaciones individuales. ¿Qué papel le das a la psicología de los personajes?

—Claro. En muchas películas la psicología no es más que un alibi, una excusa para justificar las cosas, para explicarlas. No me interesa. La psicología del protagonista de Arcadia es simple: “Hago la guerra para defender a mi familia, no quiero que mi mujer me deje ni que mis hijos hagan cosas inaceptables”, y basta.

—Sí, en un momento de la película dice también: “Mi enemigo es el empresario, pero mi problema, el obstáculo, son los demás candidatos”, queda bastante clara…

—Efectivamente. El problema social es lo que me interesa.

—Es muy notable y ciertamente novedoso el uso que haces del humor en la película. Tus películas tienen a menudo toques de humor, un humor generalmente grotesco o absurdo mientras que en Arcadia es decididamente negro…

—Cuando estudiaba Letras en la Sorbona aprendí que en la tragedia hay siempre una parte de comedia, en eso radica que los hombres tengamos esperanza. Me parece que es una ley perfecta, es la vida. En esta película el humor radica en las situaciones, no en las palabras. Situaciones que a su pesar el personaje principal crea involuntariamente. Cuando dispara, por ejemplo, una y otra vez se hace daño, es una realidad: no sabe disparar. Buscamos situaciones así para introducir lo cómico, sabiendo que era necesario no ir demasiado lejos…Otro ejemplo: cuando el motorista de la policía le para por tirar papeles -una prueba, de hecho- por la ventana. Podríamos haber incidido en la comedia haciendo planos más cortos del policía y de José (García),manteniendo el de José, habría habido enormes risas en las salas, ¡seguro!… pero preferí rodarlo de lejos. Intenté en todo momento equilibrar comedia y drama, no insistí en la comedia, la utilicé. En cuanto a lo del humor negro, era la herramienta perfecta para la crítica.

—José García, que es un actor eminentemente cómico, está muy contenido, y esa es una de las grandes virtudes de la película, su gran interpretación.

—No solo la suya, también la de los demás… José es un actor enormemente cómico, es muy gracioso. En Francia es muy popular porque hizo durante no se cuántos años un programa en Canal + en el que hacía lo que los americanos llaman slapstick, imitaciones y otras cosas. Al contrario que sus compañeros él nunca actuaba pensando en los espectadores, simplemente llevaba el personaje hasta sus últimas consecuencias, y eso es una gran cualidad para un actor. En el cine había hecho un par de películas serias en las que se veía que era un actor de verdad, y mi fabulosa experiencia con Jack Lemmon en Missing (1983) me permitió decidirme por él.

—Físicamente se parecen muchísimo…

—Si se parecen, sí. Para él ha sido un reto. Si uno ve la película con atención hace cosas bastante extraordinarias, casi únicas. Por ejemplo, cuando al final llega la policía. Él está muy contento porque sabe que va a conseguir trabajo, y cuando la policía llega -creemos que a detenerle- su reacción es simplemente colocarse bien la corbata, no hay sobredramatización. Yo le había pedido que no dramatizara nada: “Búscame pequeños detalles, pero no dramatices” y él encontró eso, que funciona perfectamente. Es una virtud muy notable.

—Es lo que los americanos llaman underplay, quedarse en un registro contenido.

—Exactamente, underplay, dejar sentir al espectador lo que tu sientes sin dramatizar, sin sobreactuar.

—Siendo una película realista, en Arcadia -al igual que en todas tus películas- existe una gran estilización, utilizas, por ejemplo, una publicidad muy agresiva: relojes utilizados como cuchillos, sexo explícito, etc. Háblanos de ello.

—Sí, eso es. Está buscado, no es gratuito, es algo ligado orgánicamente a la historia, si puede decirse así. La publicidad que vemos en todas partes, en la calle, el periódico o la televisión, nos propone comprar cosas que no podemos comprar, la mayoría de las personas no pueden hacerlo, y aún más la gente que no tiene trabajo, es decir: él. En la película él, que pertenece a la clase media, ve muchas cosas (los relojes, los coches…) que podría comprar, pero que ahora no puede permitirse. En cuanto a las mujeres desnudas, que, no sé si os habéis fijado, no tienen cara, quiero denunciar que la publicidad ha creado un canon de mujer que no es más que el resultado de las fantasías sexuales de los hombres, tipo Lolita. Todas son delgadas y ninguna modelo tiene más de veinticinco años, las demás mujeres no existen. Simplemente. He querido ligar esto también a la historia de la película: porque la niña, la hija de la familia, lo tiene aprendido, y lo usa: ¿qué hace con la policía?, se desnuda.

—A pesar de ese tono cómico que recorre la película, el final del cazador cazado -entre otras cosas-nos sugiere un cierto desencanto pesimista. ¿Es esa tu opción?

—No, no, es una constatación. Él decide ser un depredador, y, finalmente, siempre hay otro depredador más fuerte. Esa es la idea. Es un cuento amoral, se trata de que el espectador vea una sociedad en la cual todos somos depredadores… y hay que dejar al espectador dar su propia respuesta a esta cuestión… Además, se dice hoy que las mujeres son iguales que los hombres, así que también en eso…

—Hemos leído esta misma semana unas declaraciones tuyas hechas en la Seminci de Valladolid en las que afirmabas que la labor del director es plantear preguntas, no resolverlas; que no eres tú quién debe responderlas…

—No sólo del cineasta, del artista en general… Busco hacer preguntas, pues no creo que el cine deba dar respuestas. Y si esas preguntas son exactas, mejor. El arte, en cierto modo, es político. Yo lo entiendo como herramienta para hablar de lo que no se habla, mostrar lo que no se muestra, romper la rutina cotidiana, elegir otras visiones del mundo.

—Has dicho antes que querías que Arcadia fuese una película europea, ¿qué diferencias encuentras, tanto a un nivel cinematográfico como sociocultural, a la hora de trabajar aquí y en los Estados Unidos?

—Lo primero de todo en la libertad: el poder acabar la película así, por ejemplo, porque en los Estados Unidos hubiese habido, seguramente, una fuerte lucha para encontrar un final positivo y, como decíais vosotros, darle al personaje una serie de motivos psicológicos para explicar por qué mata. No, él debe hacer la guerra y si se va a la guerra hay que matar gente, ése es el principio de la guerra… Eso es todo. Además, en los Estados Unidos no existe la situación que describe la película desde hace años. El capitalismo americano no respeta en absoluto a las clases obrera ni media. Aquí, en Europa, se dice en cambio que la clase media es esencial para la democracia. Todos quieren pertenecer a ella, la clase media es el equilibrio. Aunque ahora tienda también a desaparecer…

“Es un cuento amoral, se trata de que el espectador vea una sociedad en la cual todos somos depredadores”

—¿Cómo te defines políticamente hoy?

—Como un hombre de izquierdas sin adhesión a un partido político concreto, enemigo de todo lo que signifique el uso arbitrario y opresivo del poder. La sociedad a la que aspiro es la que respeta la dignidad y la libertad de los hombres y la posibilidad de vivir una vida humana.

—¿Y qué piensas retrospectivamente del género que te hizo famoso?

—Z, La confesión, Estado de sitio…tuvieron su razón de ser entonces, en su momento. Por suerte, hoy el mundo ha cambiado algo: no mandan los militares y el comunismo cayó en Europa, hoy los métodos de dominación son distintos.

—Más sutiles.

—Sí, mucho más.

—Nosotros tenemos bastante claro cuáles nos gustan más de tus películas -Z, La confesión, Estado de sitio, Missing…- pero ¿cuáles son de las que tú te sientes más satisfecho?, aquellas que cambiarías menos…

—¡Cambiaría todo de todas! [Risas]. Sí, además no las veo mucho una vez terminadas, de veras… No, yo tengo, ¿cómo se dice?, un cariño especial por una película que no funcionó muy bien que es Hanna K, que me parece una buena película que se ha visto poco, nada, y que aquí presentaron hace ya muchos años…

— Sí, pero que se reestrenó comercialmente hace un par de años…

—Exactamente. Porque me parece que la película mostraba, exactamente, lo que años más tarde hicieron Rabin y Sharon con Arafat. Mi posición era correcta, pero probablemente la película llegó 10 años antes de tiempo, sí. Y claro, ahora la piden muchos pero es muy tarde ya… No, de las otras películas no lo sé, es un trabajo de críticos, de historiadores… Las películas tienen generalmente una vida muy corta.

—A mí me gusta, y me parece un poco inusual dentro de tu obra, y quizás por eso me gusta, Una mujer singular (1979) según la novela de Romain Gary…

—¡Ah, sí! A mí también. Sí. ¿Inusual? No lo sé. Es el problema de la gente que me ha metido en una cajita. Yo me siento cercano, naturalmente, a todas ella: son historias que me han tocado profundamente. Sí.

—¿Vas mucho al cine hoy en día?

—Sí. Sí, mucho.

—¿Y qué cosas te gustan?

—Hay muchas cosas interesantes, siempre las hay. Y también otras muchas que no lo son… Generalmente las cosas más interesantes vienen de países que no tienen tradición cinematográfica: por ejemplo, en este momento hay películas argentinas muy interesantes, o coreanas. Están muy bien, con estilo, con una nueva visión…

—Con una mirada nueva, diferente, más consciente…

—Sí. Más conscientes y sobre un mundo distinto. Ya no es siempre el mundo, la sociedad americana.

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“Pero aquellos elementos con los que ha de constituirse una ciudad se diferencian de modo específico. Por eso precisamente la igualdad en la reciprocidad es la salvaguarda de las ciudades, como ha quedado ya dicho en nuestra Ética.
Aun entre los libres y de igual clase es necesario que sea de este modo, pues no es posible que todos manden, a no ser por turnos de un año o por cualquier otra distribución y tiempo.
Sucede entonces que de este modo todos ejercen el mando, como si alternaran los Zapateros y los carpinteros, y no fueran siempre los mismos Zapateros y carpinteros. Puesto que así es mejor, también en los asuntos de la comunidad política es evidente que sería mejor que mandaran siempre los mismos, a ser posible. Pero en los casos en que no es posible, por ser todos iguales por Naturaleza, es al mismo tiempo justo que, tanto si el mandar es un bien o un mal, todos participen en él.
Esto es lo que se pretende al cederse los iguales por turnos los cargos y al considerarse como iguales al margen de los mismos. Los unos mandan y los otros se someten a su mandato por turno, como si se transformaran en otros. Y del mismo modo entre los que mandan, unos desempeñan unos cargos y otros , otros.”

“Política”, Aristóteles, Editorial Tecnos, páginas 154-155

Comentario del escriba:
He escogido “Política” de Aristóteles porque se centra en los problemas de gobernanza de las polis, las grandes olvidadas de las democracias neocon de hoy: el mítico dibujante Frank Miller las denomina sin-citis, las ciudades del pecado. El mundo anglo-sajón creó el concepto, también crearon la palabra.
Aquí toca el tema, una de mis obsesiones, si no la mayor, de la alternancia de gobierno, entre partidos políticos, si lo trasladamos al día de hoy.
Lo ideal sería como dice Aristóteles que sólo gobernara honestamente un grupo, pero que cuando no es posible, como sucede en este país, se antoja como imprescindible los turnos. Es decir: los límites de mandato. En la democracia yanqui, de la que se elogia su dinamismo y longevidad, son fundamentales los límites de mandatos que no excedan de 8 años. ¿Por qué en España no puede funcionar?. Cuando un gobierno es desastroso y el cambio se antoja como urgente y necesario, dicha medida permite perfectamente esa alternancia.
Un exceso de permanencia de un alto cargo en el gobierno sólo provoca un insano ambiente en el ejercicio de poder, por muchos motivos ya detectados: establecimiento de redes clientelares, agarrotamiento a la hora de ejecutar el poder, agotamiento del equipo de gobierno, rigidez de mentalidad, etc.
El presidente del gobierno siendo un cargo alto y clave en la Administración, no deja de ser el de un servidor público. Y me gusta recalcar esto último porque a veces a ciertos presidentes se les podría olvidar su radical función: servir al país.
Un límite de mandato:

1. Asegurará un dinamismo en la vida pública y en la 1 ª empresa del país: la cosa-pública.

2. ermitirá al otro gran grupo de poder, vislumbrar la posibilidad de acceder al gobierno pasados 8 años, precisamente cuando un presidente empieza a constituirse como un activo electoral demasiado difícil de derrocar. Además, dicha oposición tendrá la posibilidad de acceder al Gobierno cada 4 años. Así estamos ELIMINANDO LA CRISPACIÓN, tan peligrosa y molesta en este país.

3. Al considerar al presidente como un mero servidor público, uno de los contrapesos de los otros 3 poderes, la Justicia, podrá controlar más fácilmente los posibles desmanes del equipo de gobierno. Deshumanizando el poder, desgajándole su factor humano aquí tan nocivo, la democracia podrá funcionar de una forma más aséptica: mejorará SIN DUDA su funcionamiento.

4. Es preciso una mayor facilidad de la cesión del poder por parte de unas generaciones a otras (nuevas). Facilitará así que las mentalidades más progresistas y atrevidas de todos los partidos estén ejecutando el poder, sobre todo en un futuro donde el maná se encontrará en el conocimiento, en la calidad, no en la acortonada chapuza.

5. Los partidos internamente deberán funcionar mejor y se producirán menos “mafias” longevas en sus cúpulas, pues en un par de lustros deberán desalojarlas.

6. Los Presidentes entrantes sabrán ya de antemano que deberán de esforzarse al máximo desde los primeros meses pues sólo dispondrán de una horquilla, a lo máximo, de 8 años.

7. Al funcionar la democracia de forma más dinámica y justa, ya que se evitarían los “cortijos”, “baronías” y demás tiranías tercermundistas, esto servirá para ahuyentar a un gran número de gorrones y sinvergüenzas que tan a menudo se cuelan en todos los partidos y que, cuando tocan poder, tardan 3 ó 4 lustros en soltarlo.

La democracia, la cosa-pública, NO ES CORTIJO DE NADIE, esto hay que aprenderlo de UNA VEZ POR TODAS. Se acabó lo de tomar el poder y no soltarlo, incluso por lo bajini, hasta el deceso octogenario de cualquier líder, con el LASTRE DE MENTALIDAD que siempre conlleva.
Me permito hasta la licencia de decir que sin Límites de Mandatos, a una democracia no se le podrá augurar larga vida. Una democracia personalista no merece la pena: hay que enseñarlas a que vivan y se desarrollen por sí solas. Prima-donnas nunca mais: por el bien de todos.
Salud y República

iu.jpgim.jpgimages.jpgA la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad.
La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.

La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.

Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.

El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.

Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “Traidor”, y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil.

La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que la Sra. Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquela perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.