Literatura.


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En su juventud, el famoso director de cine español, Luis Buñuel (Calanda, Teruel, 1900 - Ciudad de México, 1983) frecuentó intensamente los ambientes intelectuales madrileños acompañado de Salvador Dalí y Federico García Lorca y de otros cuyos nombres evocan toda una época y una explosión de arte y literatura. La Residencia de Estudiantes, el Ateneo, el Café de Gijón… eran el lugar de encuentro y de referencia puesto que allí acudían también muchos de los artistas consagrados. No todos los viejos maestros eran aceptados por igual por aquellos amigos que unían a su talento la insolencia de la juventud. A Juan Ramón Jiménez, dos irreverentes Buñuel y Dalí lo hicieron destinatario de un telegrama que se burlaba cruelmente de su Platero. Pero allí estaba también Valle-Inclán; y a Valle los “putrefactos”, como de autodenominaban Buñuel y Dalí, y los amigos de los “putrefactos”, Lorca y Alberti entre ellos, le mostraron siempre su admirado respeto. Pepín Bello, memoria viviente que sobrevivió a los principales protagonistas de aquellos días, recordaba a Valle a propósito de un torero extraño, inteligente y mujeriego: Juan Belmonte.

«Valle también fue su amigo y se tenían respeto y admiración»- evoca Bello.- «Otro gran tipo Valle-Inclán, de ése no hacíamos burla. Nos impresionaba, también nos gustaba su fama de intemperante, de dar bastonazos, de montar la bronca en un teatro. Un día me lo presentó, en La Granja del Henar, Melchor Fernández Almagro. Yo tendría menos de veinte años y él, al oír mi apellido, me preguntó: ¿Eso de Bello es muy gallego, no? Yo le respondí que sí, que mi familia paterna procedía de Muros. Me pareció el más amable de los seres».

Además de las amistades y los lugares de tertulia, son otros los puntos coincidentes entre las personalidades artísticas de Valle-Inclán y Buñuel. Los críticos han visto en la obra de éste una versión en celuloide de ese tratamiento esperpéntico de la realidad española que inauguró aquél en su teatro y su novelística. Véase y léase al respecto The esperpento tradition in the works of Ramón del Valle Inclán and Luis Buñuel, de Diane M. Almeida (Lewiston, Nueva York, Mellen Press, 2000).

Un concepto radicalmente nuevo de la representación visual arrancaba en las primeras décadas de los años veinte y entre genios nada bobos andaba el juego o, mejor que el juego, el invento de lo cinematográfico. Sabida es la admiración de Valle por el recién nacido séptimo arte del que presagiaba el desarrollo y las posibilidades. En Mi último suspiro (Plaza & Janés, Barcelona, 1982) cuenta Buñuel cómo don Ramón estuvo cerca de participar en un guión sobre la vida de Goya. Corría 1927, el pintor por excelencia de la España negra y su sinrazón cumplía aquel año ciento desde su muerte y las instituciones proyectaban, entre otros, un homenaje en forma de película. Buñuel, recién llegado de París donde había dado sus primeros pasos cinematográficos con Jean Epstein, se interesó por el tema hasta que supo que Valle-Inclán ya había tomado cartas en el asunto:

En aquellos momentos, yo era sin duda el único español, de los que se habían ido de España, que tenía nociones de cine. Fue sin duda por esta razón que, con ocasión del centenario de la muerte de Goya, el comité Goya de Zaragoza me propuso que escribiera y realizara una película sobre la vida del escritor aragonés, desde su nacimiento hasta su muerte. Yo hice un guión completo, ayudado por los consejos técnicos de Marie Epstein, hermana de Jean. Después hice una visita a Valle-Inclán, en el Círculo de Bellas Artes, donde me enteré que él también preparaba una película sobre la vida de Goya. Yo me disponía a inclinarme respetuosamente ante el maestro cuando éste se retiró, no sin darme algunos consejos. A la postre el proyecto fue abandonado por falta de dinero. Hoy puedo decirlo: afortunadamente. [Mi último suspiro, p.102]

En la actualidad, podemos leer una sinopsis de ese proyecto gracias al excelente trabajo de documentación de Agustín Sánchez Vidal publicado con el título de Luis Buñuel. Obra Literaria (Ediciones de Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1982). Se trata de una adaptación de la idea inicial; la que, en 1937, Buñuel presentara a los estudios Paramount. Tampoco aquella vez el film vería la luz.

Centrémonos, sin embargo, en la cita entre Valle y Buñuel en el Círculo de Bellas Artes. El director de Calanda recordó años después, al filo de una entrevista concedida a Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, las palabras de Valle: «Puez penzaba hacer Goya, pero el hombre de zine ez usted, y le zedo el pazo» (Buñuel por Buñuel, Madrid, Plot, 1999). Es de nuevo Sánchez Vidal el que mejor documenta el encuentro: él es quien menciona a García Lorca como el que informó a Buñuel del proyecto y señala la presencia de Rivas Cherif durante la conversación. En ella Valle, con su particularísimo sentido de la historia, le insistió mucho a Buñuel en que no olvidase reflejar en su guión que Goya quedó sordo de unas fiebres contraídas al arreglar el eje de la carreta de la Duquesa de Alba. Un episodio que, efectivamente, el cineasta convierte casi en uno de los motivos centrales de su sinopsis. La versión de 1937 recuerda en sus detalles la ambientación y el tono de algún capítulo de El ruedo ibérico. Además de pensar que Buñuel era injusto consigo mismo al preferir que el proyecto no prosperara, para Sánchez Vidal, aquel acercamiento al universo valleinclaniano hubo de fructificar más tarde, y quizá de forma inconsciente, en films como El fantasma de la libertad.

Hubo más ocasión de adaptar a Galdós que a Valle durante la dilatada carrera cinematográfica de Luis Buñuel, pero ambos autores marcan con profunda huella la imaginería del de Calanda. Él afirmó, en más de una ocasión, que el exceso de lenguaje literario, el virtuosismo de ciertos autores admirados como García Lorca o el propio Valle le dificultaban la adaptación cinematográfica: «Valle-Inclán es extraordinario de lenguaje, con sus neologismos, sus valleinclanismos. Es muy literario en el mejor sentido de la palabra». O también, insistiendo en el tema del lenguaje y refrendando las palabras que leíamos antes de Pepín Bello: «Admirábamos a algunos: Ortega, Unamuno, Valle-Inclán. Lo admirable de Valle-Inclán es el lenguaje: arcaísmos, neologismos, mexicanismos, valleinclanismos. Su teatro, a parte del lenguaje, no lo considero interesante. Entonces nos gustaban mucho sus esperpentos. Otros escritores, como Baroja, nos interesaban menos. Ya entonces estábamos muy influidos por los franceses y buscábamos otros horizontes. Éramos, ¡perdón!, vanguardistas». (Buñuel por Buñuel, Madrid, Plot, 1999).

Posiblemente solo con el paso del tiempo y la maduración de la propia obra, aquellos alocados vanguardistas supieron apreciar al maestro Valle en lo que valía, pero sin duda su aspecto y carácter les divertía y causaba sensación. Y más que posiblemente esa reacción entre los jóvenes no desagradara al escritor gallego; al fin y al cabo la transgresión había sido su lenguaje mucho antes de que Buñuel decidiera hacerle objeto de su surrealista admiración:

Una noche, Giménez Caballero, el director de La Gaceta literaria, ofreció un banquete a Valle-Inclán. Asistieron una treintena de personas, entre ellas Alberti e Hinojosa. A los postres nos pidieron que dijéramos unas palabras. Yo me levanté le primero y dije:
-La otra noche, mientras dormía, sentí unas cosquillas, encendí la luz y vi que por todo el cuerpo me corrían Valle-Inclanes pequeñitos.
Alberti e Hinojosa dijeron cosas tan graciosas como ésta, que fueron escuchadas en silencio y sin la menor protesta por los demás comensales. Al día siguiente me encontré casualmente con Valle-Inclán en la calle de Alcalá. Él levantó su gran sombrero negro y me saludó, tan tranquilo, como si nada. [Mi último suspiro, p. 141]

Sánchez Vidal asegura que este acto de «terrorismo cultural» del imprevisible Buñuel no impidió la cordial entrevista de 1927. Afortunadamente.

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Lo que es el Premio Planeta todo el mundo lo sabe. Lo que no sabe todo el mundo es que casi todo el mundo se comporta como si no lo supiera. En lo que sigue, téngase en cuenta, como telón de fondo, aunque no se lo nombre, que una cosa es el “todo el mundo relacionado con la cultura” o lo que ocupa su lugar y otra el “todo el mundo” que compra periódicos mentirosos y consume libros, es decir, los primos que llenan las arcas de un capo de la mafia editorial.

El Capolara padre lo inventó en los tiempos del franquismo, en que se valoraba cualquier tipo de actividades triunfalistas, y el Capolara junior ha seguido explotando el invento en esta pseudodemocracia consentidora. Un invento burdo, de payaso de circo, pero que en un país de broma, una parodia de país, deformación grotesca de la cultura europea, como decía Valle Inclán, da resultado. Y donde, si no se tiene nada que aportar a la ciencia, la antropología, la biología, la metafísica, el pensamiento occidental en general, se inventa a Chiquiliquatre o a la mejor liga del mundo. Pero iba a decir que el primer Capolara, que era editor, pero que no leyó en su vida otros libros que los de cuentas, solía decir –conservo recortes- que “en España se lee muy poco y, para vender libros, hace falta mucha publicidad y, como la publicidad es muy cara, para eso se han inventado los premios literarios”. Debería haber dicho “este premio literario” o “estos premios literarios”, porque fuera de España no existen estos tinglados.

Lo que “todo el mundo sabe” es lo siguiente: un fabricante de libros, no un editor, convoca lo que quienes no están en el “secreto”, los compradores potenciales, creen que es un concurso para distinguir la mejor obra que se presente. Pero la realidad es que el fabricante ya tiene en su poder, y en la imprenta, la obra de un figurón mediático: la obra que un jurado compuesto por empleados suyos, fijos o temporeros –entre ellos, profesores universitarios como Alberto Blecua, críticos lacayunos como Carlos Pujol y sedicentes escritores como Rosa Regás- va a “premiar”, después de varias horas de fingir que delibera y otras payasadas propias de la parodia que se representa delante de lo mejorcito de las clases política, cultural, empresarial, etc. encabezadas por algún miembro de la familia real y las autoridades del Ministerio de Cultura. Los ingredientes necesarios, en suma, para obtener una cantidad más que multimillonaria de publicidad gratuita, pues para eso los medios de comunicación en pleno entran en el juego, empezando por aquellos –RNE, TVE, etc.-que pagamos los contribuyentes.

En la última ocasión, hace pocos días, quien se ha prestado a urdir la trampa con el mafioso editorial ha sido un figurón profesional, que da conferencias sobre casi todo –en el colmo del virtuosismo, incluso sobre aquello de lo que nada sabe-, funda partidos políticos y foros ciudadanos, organiza carreras de caballos, asiste diariamente a un cóctel y casi diariamente a una manifestación, firma manifiestos sobre lo que sea… Y, además –y esto ya es el colmo-, es profesor de ética en una Universidad. Seré un ingenuo, pero a mí me escandaliza que un profesor de ética se preste a una componenda en la que hay muchísimo dinero de por medio y se engaña a mucha gente.

¿Qué se puede pensar de los periódicos, las revistas culturales, las cadenas de radio y televisión que, conociendo que todo es un manejo, alaban a su beneficiario y lo tratan –al manejo- como si fuera algo serio y de verdad? ¿Qué se puede decir de las autoridades políticas –de la Generalidad catalana, del gobierno central, ¡del Ministerio de Cultura!-, que asisten para dar lustre a la payasada, presididas por un miembro de la familia real? ¿Qué de los sedicentes escritores, artistas e intelectuales, tan moralistas ellos, que van para lo mismo, por haber sido ya elegidos o ponerse en cola para serlo alguna vez?

El figurón de este año, que desde ahora ya se mueve, con su carga ética a cuestas, entre las dos grandes mafias de la industria cultural de este país –el Grupo Planeta y el Grupo Prisa- ha querido salir al paso de las posibles críticas que le podían venir de unos pocos reductos de decencia que aún quedan aquí para confirmar la regla. Y lo ha hecho, como suele, apelando a su ingenio inexistente: “Sospechar del Planeta –le ha dicho a un compadre: Javier Rodríguez Marcos, El País, 17-X-08- es como sospechar de los Reyes Magos”. Como diciendo que se trata de una inocente broma que a todos divierte, a nadie perjudica y hasta engendra ilusión.

Pues no, señor Savater, no es así. En primer lugar, usted defrauda a los casi quinientos concursantes que han optado al premio de buena fe. En segundo lugar, defrauda también a los miles de lectores que comprarán su libro no porque sea de usted, que literariamente no es nadie, sino porque ha sido premiado en un concurso que ellos, que no están en el ajo de la magia de los reyes, creen que es de verdad. En tercero, usted beneficia a un industrial de la cultura a quien sólo le preocupa la ganancia, no los valores literarios. Y en cuarto, mediante tantas falsedades, usted se va a embolsar una millonaria cantidad de euros que, de otra forma, ni hubiese olido.

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El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.
Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.
Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.
Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.
Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera como crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.
La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido -o molido a palos, que viene a ser lo mismo– y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.
La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a finales de los 80.
El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”
Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. “Padre”, dijo, “déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre”. Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.
La gente inocente, en realidad, siempre sufre.
Finalmente alguien dijo: “Pero en este caso ‘las personas inocentes’ fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?”
Seitz se mantuvo imperturbable. “No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones”. dijo.
Mientras abandonábamos la embajada, un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.
Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: “La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores”.
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.
Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.
Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.
He hablado anteriormente de “un entramado de mentiras” que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un “calabozo totalitario”. Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte. No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.
Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, USA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.
Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La ‘Democracia’ había prevalecido.
Pero esta ‘política’ no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.
Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.
Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.
Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.
Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.
Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña
(…)
La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado –como ultimo recurso, todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas– como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.
Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”
¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado, Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.
La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair, colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. “No hacemos recuento de cuerpos”, dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. “Un niño agradecido”, decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. “¿Cuándo recuperaré mis brazos?”, preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.
Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.
He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: ‘Explico Algunas Cosas’:

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.
He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como ‘Dominio sobre todo el espectro’. Ése no es mi término, es el suyo. ‘Dominio sobre todo el espectro’ quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.
Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.
Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como ‘destructores de búnkeres’. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.
Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.
Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.
“Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides”
La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado “Muerte”

¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje?
¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?
Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido - la dignidad como personas.

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Suele decirse que las ciudades crecen hacia el poniente. Madrid no en lo que toca a la ciudad material pues, para mí al menos, la espiritualidad si crece hacia el poniente. Desde la baranda de piedra de la Plaza de la Armería veo, proyectarse una fantástica ciudad sobre el ocaso. Está inflamada, llena, alta y por sus inmensas avenidas veo sombras familiares que han sido y que serán. Este Madrid posible del poniente será el de mis respetos y mis ponderaciones, el Madrid en que podrá elevarse la única cúpula de la idea pura dorada por el sol que se despide para volver.
Frente al cielo carminoso que el arco corta y eterniza en la visión como un gran cuadro clásico, mi amigo invisible y yo miramos la lejana sierra azul y el verdor cobrizo de la Casa de Campo, y El pardo por donde silba, yéndose, el tren.
El Madrid posible –digo a mi amigo señalando un mar crepuscular de bellezas acumuladas.
Luego, lentos, ya melancólicos, volvemos al Madrid imposible.
Juan Ramón Jiménez

De entre las ciudades capitales pocas debe de haber tan habitual y
pertinazmente calumniadas y menospreciadas como Madrid. Lanzar diatribas
contra ella parece en algunos, si no casi manía, si cuando menos una
afición curiosa y desahogante de extrañas y ocultas pulsiones. En el
mejor de los casos, y aún a regañadientes, suelen reconocerle como única
virtud la transparencia azul y pálida de su cielo, una alabanza que, sin
embargo, entraña en realidad de nuevo la negación. Como esos defensores
de localidades poco afortunadas que, al verse acorralados y no dar en
ellas con nada merecidamente destacable, recurren al encanto de los
alrededores, quienes de una ciudad sólo salvan su cielo incurren en
nueva condena, puesto que el cielo, como los alrededores, es lo ajeno,
lo que está fuera de ella, la no ciudad. Hecha capital por decisión de
un monarca reconcentrado y esclavo de la simetría, Madrid ha padecido
desde ese mismo momento fundacional no sólo las contradicciones e
inconvenientes objetos que su ubicación natural tuviera o pudiera tener,
sino también y principalmente, el de ser convertido para toda nuestra
tradición crítica y la abundante cosecha de nuestros descontentos en
símbolo de un estado insuficiente y una Historia que, en palabras de
Jaime Gil de Biedma, siempre acaba mal.

Con la nueva Restauración, y su necesidad para asentarse de un reparto
de poder entre las élites provinciales, se hubiera podido creer que
Madrid estaba condenada a convertirse en un lugar secundario, centro
disminuido de un Estado políticamente vegetativo. De que no ha sido así
hay pruebas abundantes, y de entre ellas las más obvias se encuentran en
los gritos de alarma (Madrid se va) que de entre algunas de aquellas
élites vuelvan a salir desde hace un tiempo, además, cómo no, del
arrecio de insultos y acusaciones por unas supuestas culpas que
desaparecerían o aminorarían su tono en cuanto la ciudad renunciase a
unas pretensiones que al parecer no se merece. Otras sí que parecen
merecerlas, Madrid no. Al margen de esas disputas, es lo cierto que
tradicionalmente la ciudad no ha sabido, o no ha podido, proyectarse
hacia el exterior con una imagen convincente que, si no acallara, por lo
menos dificultara las fabricadas por sus contrarios. De Benito Pérez
Galdos a Baroja y de Valle-Inclán a Cela o Luis Martín Santos, el Madrid
recreado por la literatura tiene poco de atrayente, con su cortejo de
miserias y fracasos, expresión a su vez no sólo de una realidad
hiriente, sino también y a la vez del desajuste social en que vivían
esos autores. En este sentido, la burguesía galdosiana del “quiero y
no puedo” sería portavoz y encarnación no solamente de su clase, sino
también de la propia ciudad, que intentaba cumplir con un papel para
cuyo desempeño carecía de recursos suficientes. Y si de la literatura
pasáramos al cine aún peor lo tendríamos, siempre, y hasta ahora mismo,
anclado en un costumbrismo pobretón y redundante.

De París se ha dicho que es una ciudad inventada y elevada a la
categoría de mito por los grandes novelistas y folletinistas franceses
decimonónicos. Pero es que detrás, respaldándoles, había una sólida
continuidad histórica que iba desde una espléndida Edad Media al hecho
decisivo de la que es la Revolución por antonomasia. Al menos hasta la feliz fecha de octubre de 1917, en otro lugar y otra modernidad no menos esplendorosa, Petrogrado, o la ciudad de Pedro el Grande, donde se ubica la Estación de Finlandis, punto de llegada y de partida del nuevo siglo, el XX (1917-1989), que ya se nos fue. Madrid, en cambio,
y por referirnos a lo más inmediato, pasó de ser brevemente “capital
de la gloria” a ser durante decenios centro y referente de un poder ominoso.

En dirección contraria a esos lastres largos e inertes quiere orientarse
/el nuevo Madrid, escapando conscientemente de unas imágenes tópicas y
casticistas cuya función identificadora se ha demostrado estéril y hasta
contraproducente. Como toda elección, la suya es significativa, y, como
también suele ser lo habitual, la intención originaria y motriz se
localiza tanto o más en lo descartado que en lo elegido. Si bien puede
encontrarse una línea de continuidad histórica, que sin embargo no tiene
su arranque de más allá de los últimos años del siglo XIX y los primeros
del XX, no es el pasado lo destacable, lo que se subraya, sino lo nuevo
o lo que será novedad, y aun si es pasado, el tratamiento que se le da
le confiere un aire de intemporalidad. El proceso que desde Atocha
conduce a la parte alta de la Castellana quiere representar no sólo un
ciclo largo y fluctuante de acumulación y concentración urbana, política
y económica, sino sobre todo una idea de ciudad tan distinta que acaba
tornándose en la negación de la otra, de la crónicamente asumida.

A la ciudad estática, amurallada por tapias y tópicos, se opone en el nuevo Madrid, la urbe abierta, sometida a una mutación constante, una ciudad
regida por la velocidad, señoreada por las máquinas, hecha y deshecha en
movimiento acelerado por ellas y para ellas, como esa enorme grúa que al
modo de guillotina asoma por detrás de la vieja estación de Príncipe
Pío. Transformación permanente que toma la realidad fantasmagórica,
huidiza e inaprensible. Mundo en el que la quietud supone vacío, muerte.
Abstracción creciente que alcanza su acabada formalización en el plano
general urbano del nuevo Madrid, sólo cuadrículas, rectas que se cortan, y
círculos expansivos de un campo gravitatorio de fuerzas impersonales e
ineludibles como las leyes físicas. La ciudad, renunciando al halago y
la complacencia, ensimismada y desentendida, ya sólo aspira a imponerse.

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Hace más de medio siglo que Mario Benedetti nació para la literatura con su libro inicial La víspera indeleble, símbolo del comienzo de la generación uruguaya de 1945 (”la generación crítica”, como la designó Ángel Rama), que tiene en nuestro autor su más alta figura literaria y encontró su centro en el gran semanario Marcha de Carlos Quijano. En ese tiempo, Benedetti ha desarrollado un trabajo intelectual que abarca todos los géneros y pone en práctica una amplia variedad de registros: él es el poeta de Cotidianas, Poemas de otros, Viento del exilio, Las soledades de Babel y los demás libros reunidos en su creciente Inventario; es el gran novelista de Quién de nosotros, La tregua, Gracias por el fuego y Primavera con una esquina rota; el excelente cuentista de Montevideanos, La muerte y otras sorpresas, Con y sin nostalgia o Geografías, y el dramaturgo de El reportaje, Ida y vuelta y Pedro y el capitán. Pero Benedetti es también el escritor político de Crónicas del 71o Terremoto y después, el mordaz humorista de Mejor es meneallo, el brillante ensayista de El escritor latinoamericano y la revolución posible o La realidad y la palabra, y el intelectual comprometido (en todos los sentidos: un hombre de su tiempo que se niega a cerrar los ojos y dice lo que ve) artífice de esa trayectoria de lúcidas reflexiones sobre la literatura y la realidad que inició con Peripecia y novela y el polémico El país de la cola de paja, y clausura –por ahora– con los imprescindibles Articulario, Literatura uruguaya siglo XX y El ejercicio del criterio, recopilaciones en las que no está todo, pero está lo que su autor considera fundamental.

La variedad de la obra de Benedetti desafía todo intento de clasificar al autor, y él ha enriquecido cada género que practica con la experiencia ganada en los demás. Pero en esa variedad de registros palpita una secreta unidad que da coherencia a su obra y otorga a la poesía, al ensayo, al artículo periodístico, a la narrativa y hasta a las letras de canciones, un inconfundible “estilo Benedetti”, quizá porque sus diversos itinerarios parten de un mismo lugar: la vocación comunicante de su labor como escritor; ese término que –entre otros– la crítica literaria debe a Benedetti y que designa el interés por establecer un clima en el que el lector se sienta parte de un diálogo con el autor desarrollado en un plano de confianza mutua y recíproco aprendizaje. El propio autor dijo: “No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto sobre mi hombro”. A ese lector Benedetti lo conquista literariamente para movilizarlo humanamente.
Esa vocación comunicante a la que me refiero es, tal vez, la característica que mejor define la obra de Benedetti, no sólo porque nadie ha apelado con tanta frecuencia y tan explícitamente como él a ese “lector-mi-prójimo”, sino además porque, en justa correspondencia, pocos poetas disfrutan de un público tan fiel y tan masivo, en el que se incluyen sectores habitualmente ajenos a la literatura. Y esa amplia resonancia es, indudablemente, un síntoma de buena comunicación.
Ahora bien: el empeño confesado por conseguir esa resonancia no se manifiesta a través de concesiones al facilismo, todo lo contrario. En su relación con el lector, Benedetti deja claro que el buen escritor ha de ser un “provocador”, porque “cuando uno quiere a alguien –explica– es lógico que procure elevarlo y no disminuirlo, abrirle los ojos y no cubrírselos con una venda”. Naturalmente, una comunicación de ese tipo exige utilizar un código fácilmente descifrable por el destinatario, de ahí que otro de los rasgos más llamativos de su escritura sea el lenguaje accesible, la sencillez sintáctica y la modalidad expresiva y estilística cercana al registro conversacional. Pero esa sencillez del lenguaje, también lo ha dicho Benedetti muchas veces, no es más que el instrumento de una actitud –lo cual es mucho más que una técnica literaria– cuyos antecedentes remonta el autor hasta esa obsesión por hablar claro que detecta en Antonio Machado y que define como “un modo peculiar y eficacísimo de meterse en honduras y de traernos desde ellas sus convicciones más lúcidas y conmovedoras”.
La lectura de los numerosos artículos y ensayos que Benedetti ha publicado a lo largo de treinta años, da pruebas suficientes de cuál es la finalidad de ese instrumento, es decir, de la comunicación de qué contenidos, de qué honduras, interesa preocuparse. Pero, como comunicar es también seducir, persuadir, esta escritura comunicante no se limita a dar testimonio de una determinada experiencia, sino que, a mi juicio, se sustenta precisamente en la voluntad de crear las condiciones artísticas necesarias para que en el lector se reproduzca esa experiencia narrada por el escritor. Algo que Benedetti ha defendido siempre es que un escritor no termina en su obra, sino en sus actitudes, naturalmente porque él está moralmente capacitado para hacerlo. Sin duda esta circunstancia -el respaldo vital de la obra literaria- es otra de las características que podríamos incluir entre los elementos constitutivos del éxito del autor, indiscutible casi desde sus comienzos.
Por eso ya en ensayos tempranos como Ideas y actitudes en circulación (1963), Benedetti exponía algo así como un programa contra la literatura falluta (hipócrita, tramposa, servil), que establece la honestidad como condición imprescindible de la literatura comunicante. Por una parte, porque la única autoridad para ejemplarizar y movilizar a través de la comunicación de determinados mensajes –objetivo del esfuerzo estético– se la da al escritor una actitud que reafirme sus planteamientos escritos, y no que los contradiga en la práctica; por otra parte, porque sólo a partir de la propia experiencia, de las propias dudas y certezas más sinceras, puede disponer el autor de un registro que no suene escandalosamente a falso y que sea capaz de interesar a un lector que quizá se hace las mismas preguntas o trata de explicarse los mismos enigmas.

Estos mismos temas centran muchas de las reflexiones de los ensayos de Benedetti, en los que analiza las relaciones entre acción y creación literaria, estudia las posibilidades y la utilidad de estrechar los vínculos con el lector, y se plantea inquietudes relacionadas no sólo con el hacer, sino sobre todo con el querer hacer del escritor, con sus intenciones. Éstas, según sugieren sus textos, están relacionadas con la práctica de un tipo de comunicación en la que el escritor debe enfrentar una doble responsabilidad: la artística, es decir, el compromiso con la calidad estética de su obra, por un lado, y por otro, inseparable, la responsabilidad que conlleva la presencia ineludible del prójimo y el compromiso que voluntariamente ha contraído con él, en el que se reafirma a menudo, por ejemplo, con versos como éstos:

me consta y sé
nunca lo olvido
que mi destino fértil voluntario
es convertirme en ojos boca manos
para otras manos bocas y miradas

Esta intención confesada de ser voz, pero además intentar ser portavoz, se traduce en la puesta en práctica de un registro de escritura que activa la complicidad (otra de las nociones fundamentales de la poética de Benedetti), estrategia que permite al lector descifrar un guiño, reconocer indicios de afinidad, y así, iniciar o consolidar un vínculo afectivo con la obra: Aquí empezaría lo fundamental. En un ensayo de 1967 sobre Rubén Darío, Benedetti planteaba que la prueba infalible que permite reconocer a los grandes creadores es que éstos “nos conmueven, en el intelecto o en la entraña, y, al conmovernos, nos cambian, nos transforman”. Aclaraba así de qué comunicación nos habla. Parece claro: la capacidad de acción de la creación literaria depende de su capacidad de persuasión; la comunicación se establece para la “transformación” del lector.
Para Benedetti, la acción (que sobre todo es acción mental) está provocada por una obra que formula preguntas, siembra dudas y moviliza rebeldías; esa acción mental, dice, “puede suponer el desenlace de la contradicción interna, la solución de la controversia, un paso al frente, o hacia atrás, pero siempre un movimiento decisivo”, porque gracias a ella se comprueba la validez o la caducidad de los presupuestos mentales, de las opiniones, de los principios. Y esa acción es también un modo muy efectivo de seducción artística, porque el lector no puede más que sentirse atraído por algo que lo ayuda a definirse mejor. “Esa extraña operación de franqueza –intuye Benedetti– tiene, indudablemente, un atractivo muy particular para el lector, y no creo que aquí pesen los tan comunes ingredientes de una enfermiza, escudriñante curiosidad: no, simplemente se trata del interés que despierta toda experiencia humana auténtica. Hay un lector que de algún modo se inscribe como testigo, como destinatario, como interlocutor”.
Creo que la confluencia en ese punto de todas las vertientes de su obra es lo que hace de Benedetti un autor comprometido, sin duda, pero sobre todo comprometedor. Quiero decir: su obra consigue establecer una situación interpretativa en la que el registro utilizado elimina las distancias e invita al lector a sentirse destinatario y conmovido por un mensaje para el que se produce una inmediata atribución de significados personales; un mensaje que lo compromete por entero, “en el intelecto y en la entraña”, como diría él, porque el ejercicio de su lectura no sólo pone al lector en comunicación con el autor, sino especialmente consigo mismo.
Conviene recordar que esa noción de compromiso adquiere en la obra de Benedetti proporciones muy amplias, que abarcan desde el significado más estrictamente político hasta el sentido más “elemental”; es decir, el compromiso entendido básicamente como la voluntad de cumplir y exigir cumplimiento de la palabra dada; el compromiso entendido como deseo de rescatar lo auténtico, oculto a veces bajo diferentes formas de estafa oficial y a veces por el propio individuo, que también con demasiada frecuencia se estafa a sí mismo. En resumen: el compromiso (ese “convaleciente”) se traduce en la obra de Benedetti como “un estado de ánimo” y se ofrece como antídoto contra la instalación del engaño, la frivolidad y la hipocresía en zonas de importancia vital. Por eso su lección de autenticidad se aplica, por supuesto, a lo político y lo social, pero se concreta también (o sobre todo) en la intimidad del ser humano. Surgen entonces los poemas de amor con trasfondo político y esos otros poemas tan característicos, de un fuerte contenido político, pero que también acaban siendo canciones de amor. Sobre estas confluencias opina el autor:

No creo que haya en esto una contradicción, porque la política es también una forma del amor (aunque no viceversa). Hay que aventar cierta mentirosa imagen que suele presentar al luchador político como un ser tan riguroso en su disciplina, que es incapaz de amar como cualquier hijo de vecina, e incluso a la hija del vecino, sobre todo si está bien de piernas e ideología. El amor no es un artículo suntuario, sino una necesidad vital del ser humano. Y no pensamos avergonzarnos de semejante realismo.

De semejante realismo surgen también algunas de las más hondas preguntas de Benedetti, al azar, al lector o a sí mismo; otros temas, como la reivindicación del optimismo, las diferentes Terapias propuestas contra la tentación del precipicio, la invitación a rescatar de la clandestinidad esa “vieja costumbre de sentir” (otro de los derechos humanos fundamentales, recuerda el autor), y otros muchos temas de difícil clasificación, que responden también a los presupuestos de una práctica literaria donde todo parece confluir hacia el reclutamiento del prójimo-lector para un nuevo humanismo practicado sin rubores, por el que, además de una ideología aceptable, se pueda obtener conciencia, sensibilidad y osadía suficientes para responder ante cada coyuntura de la realidad con un sentido más lúcido y más vital de lo que ocurre. Es lo que él llamó “la reforma anímica (o sea, del ánimo y del ánima)”.

El poder de seducción que ejerce sobre sus lectores esta escritura comunicante a través del fondo de verdad emocional de sus personajes, de las preguntas que a menudo plantean sus versos y de la hondura de sus reflexiones, da como resultado una resonancia que anula distancias geográficas o generacionales. La obra de Benedetti es esencialmente uruguaya, montevideana, sí, pero no sólo es eso: ha logrado universalizar la experiencia de una época y un lugar específicos. Parte de sus prójimos más próximos, pero ahonda, con la destreza de quien sabe hacer que nada humano le sea ajeno, en las preguntas que a todos nos aluden y en los enigmas que a todos nos conciernen: el amor, el dolor, el miedo, la alegría, el odio, la envidia, la amistad, la soledad, la plenitud, el tedio. Por eso Benedetti es de los autores más leídos en todos los países del idioma, además de en innumerables traducciones: su obra recorre todas las edades humanas, y ningún sentimiento ni circunstancia son extraños al poder de su escritura. “Ha escrito lo que muchos sentíamos que necesitaba ser escrito –resume José Emilio Pacheco–, de ahí la respuesta excepcional y acaso irrepetible despertada por sus libros”.

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