piz.jpgimages1.jpgima.jpg
El arriba firmante, allá por su primera juventud, cometió el inmenso error de intentar estudiar una carrera para la que no tenía vocación. Corría el año del Señor de 1977 cuando el susodicho sujeto inició los estudios de Económicas en la extraña y simpática Universidad Autónoma de Madrid. Fueron dos años de martirio, no por culpa del profesorado en este caso, sino exclusivamente mía. Don Alejandro Lorca, rostro entre Lerroux y José Antonio Segurado, se negaba a impartir sus lecciones magistrales si los pupitres no estaban perfectamente alineados; Don Ramón Tamames –muy comunista entonces- apenas aparecía por las aulas, y mejor así: Lo hacía con muy pocas ganas y bastante mala tea; Don Leandro Cañibano nos insistía machaconamente en la importancia creciente que adquiriría su especialidad: La contabilidad, advirtiéndonos de que el futuro estaba en manos de los contables: Cuanta razón en sus palabras. Había buenos profesores, algunos muy buenos, pero de aquel periodo sólo recuerdo dos cosas con cariño extremo: Las clases de Don Enrique Tierno Galván a las que acudían un sin fin de alumnos de otros cursos y facultades, y a los aplicados hermanos Urquijo, quienes ya, guitarra española en mano, nos cantaban algunas de las canciones que luego les llevarían al éxito. Sentí mucho la trágica e inesperada muerte de Enrique. Después de muchos vaivenes había alcanzado un tono melancólico en sus canciones que cautivaba.
Pero a lo que íbamos. Salí completamente huero de aquella Facultad, ello pese a las predicciones certeras de Don Leandro Cañibano sobre el futuro de la contabilidad y a los esfuerzos del Paul A. Samuelson por explicarnos los entresijos de la “macro y la micro”. Después de esta confesión, cualquier opinión mía sobre cuestiones económicas debe ser tomada por el hipotético lector con todas las precauciones posibles. Aún así, me atrevo a decir que siempre me importaron un pimiento las opas, pues son operaciones que entran dentro de la lógica del capitalismo neocon y chocan con mi miope concepto de cómo deberían funcionar las cosas, incluso dentro del mal llamado “libre mercado”. Sin embargo, como siempre es lo contrario de nunca, y yo no he pronunciado esta última palabra, puedo afirmar que sólo en una ocasión he seguido el desarrollo de una opa, la de Gas Natural sobre Endesa: Quería conocer algo de esos insondables caminos por los que andan quienes deciden hacia dónde van nuestros dineros. Y la verdad es que no volveré a hacerlo más, lo prometo.
Manuel Pizarro es un representante típico de ejecutivo de la “nueva hora” española. Íntimo de Aznar y Rato, llegó a la presidencia de ENDESA tras haber ejercido de abogado del Estado, ocupar diversos cargos públicos de menor cuantía y trabajar en los medios bursátiles, sin que en su haber existan otros méritos que le capacitaran para aumentar la eficacia de una empresa dedicada principalmente a la cosa eléctrica. Poco antes de que se conociese la OPA de Gas Natural, Manuel Pizarro compró cincuenta mil acciones de Endesa, acciones que después de su numantina oposición a la oferta de Gas Natural, la entrada de Eon, Enel y demás líos, le han deparado unas plusvalías de dos millones de euros. Pero no queda todo ahí. Manuel Pizarro, que reúne las magníficas condiciones de otros gestores populares como Villalonga, Zaplana, Martín Villa, Fabra, Blesa, Matutes o Don Miguel Ángel Rodríguez, decidió en 2006 subirse el suelo un 38 %, llegando a la cantidad anual de 3,2 millones de euros, lo que en principio no está nada mal aunque para un hombre como yo esas cantidades sean pura calderilla. Como se trataba de un ejecutivo brillantísimo e imprescindible, la energética Endesa decidió blindar su puesto de trabajo de tal manera que en caso de cese –que lo ha habido- el damnificado recibiese una indemnización de nueve millones de euros, vamos unos mil quinientos millones de pesetas, lo que sin duda le ha permitido replantearse sus convicciones “apolíticas” para estar a la derecha de Rajoy, don Mariano.
El día que se conoció la noticia de su inmersión en la política profesional –en la otra ya llevaba años sin moverse-, muchos medios hablaron de fichaje, de un espectacular fichaje, y posiblemente así haya sido. Sin embargo, no puedo negar mi perplejidad ante el aluvión de parabienes y de caras absurdamente sorprendidas: Manuel Pizarro fue nombrado por el dúo Aznar-Rato –creo recordar que ambos pertenecen al Partido Popular y han ocupado cargos de alta responsabilidad en el Gobierno de España- para presidir Endesa; mucho más preocupado por la gestión de acciones que por las inversiones para mejorar el servicio eléctrico, bajo su mandato tuvieron lugar los apagones que asolaron Cataluña y, como no, la guerra encarnizada para que Endesa fuese teutona antes que catalana, deseo expresado por la culta y poderosa Esperanza Aguirre y ejecutado por Pizarro en un gesto de “españolismo” y de amor a la patria, a su unidad sacrosanta, que le honrará para siempre.
Durante la Restauración y el franquismo, es decir, durante casi todo el siglo XX, era habitual que los ministros, al cesar, pasasen a los consejos de administración de las empresas públicas y privadas, que los directivos de las grandes empresas ejerciesen de ministros y que aquéllas fuesen privadas o públicas según si tenían beneficios o pérdidas. Eran dos regímenes esencialmente corruptos en los que la frontera entre lo particular y lo general no existía: La democracia, por el contrario, no es un régimen corrupto, en ella se da la corrupción pero hay mecanismos para denunciarla y combatirla, mucho más angostos, desde luego, cuando hay partidos y personas empeñadas en volver a borrar esa frontera y confundirlo todo de nuevo. Aznar, Zaplana, Rodríguez, Villalonga y otros muchos, llegaron al poder con unos ahorrillos y es posible que los mantengan, incluso que los hayan multiplicado, no sé. Pizarro, es otro caso, cobró por adelantado gracias a una “brillante gestión”, ahora se ha tomado un periodo sabático para entrar en política y mañana Dios dirá… Mientras tanto el que ha hablado ha sido Aznar, bien lo sabe Gallardón.