Economia


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En principio parece claro que todo el mundo sabe lo que es un banco, incluso yo. Pero a poco que te pones a escarbar sobre la cuestión resulta que el vocablo tiene muchas acepciones y significados diferentes. Es probable que al pronunciar la palabra banco, al oírla, pensemos automáticamente en ese lugar donde se guarda el dinero, donde siempre se debe algo. Sin embargo, para dejar las cosas claras y a cada cual en su sitio es preciso que desgranemos un poco la mazorca.
En primer lugar, es necesario saber que el vocablo tiene sexo, que existen bancos y bancas, lo mismo que hombres y mujeres, animales y animalas. El banco, en su sentido más primitivo, proviene de la palabra alemana bank, y era un asiento tosco, hecho a mano, donde se podían sentar varias personas a la vez. Normalmente habitaba en las tabernas, figones y casas de comidas al lado de mesas de amplios tablones y gentes de mal vivir. También, por aquel tiempo, era el lugar destinado al asiento de los galeotes que remaban en los barcos contra su voluntad hacia tierras conocidas o ignotas, en esta acepción también llamado bancada, cuando los remeros lo eran a sueldo o parte. Una banca, sin embargo, era un asiento sin respaldo más pequeño, vamos, una especie de banqueta, de carácter casero, más íntimo, menos mundano, más cohibido y familiar. Con el tiempo el término perdió el sexo y lo mismo daba hablar de banco que de banca, pues o bien era un lugar para sentarse situado en parques o en espacios públicos, o bien esa pieza básica del Mercado donde alguien guarda el dinero de la humanidad y lo hace rular dependiendo del origen y destino de los vientos. A pesar del carácter taumatúrgico y filantrópico de este último significado, uno siente bastante más aprecio por el otro, tan ligado al otoño, a las hojas caídas de los árboles durmientes, al descanso de los viejos y cansados caminantes, al placer de mirar al paseante, a la lectura del periódico. El banco callejero, el banco público, el banco humilde, preferentemente de madera, es un objeto con alma, altruista en el más amplio sentido de la palabra, fiel y bondadoso: Siempre está en el mismo sitio, paciente, aguantando tus malos humores, tus impertinencias, tus olores, tus besos y manoseos, sin rechistar, sin pedir nada a cambio. Sólo el paso del tiempo, la incuria o algún gamberro inoportuno pueden acabar con el inmenso amor que, a diario, reparte a quién se le arrima.
El banco monetario, en su principio más conocido por banca –que más tarde pasaría a ser una especie de banco pequeño y familiar-, hunde sus orígenes en las asociaciones de comerciantes hanseáticos e italianos, cuando el dinero valía lo mismo que el metal del que estaba hecho. Cuenta el gran historiador C. M. Cipolla, que en aquellos tiempos una de las formas de sacar una ganancia suplementaria a la legalmente establecida entre depositante y depositario, consistía en raspar o limar las orillas de las monedas, sobre todo de oro, para arrancarles unas briznas del preciado metal, llegando años después a establecerse controles de peso y quilataje para intentar evitar el gato por liebre. Algunos historiadores ligan el desarrollo de la banca entre los siglos XIII al XVI al predominio que sobre ella tuvieron los judíos, pueblo deicida sobre el que caería la furia del populacho en momentos de vacas flacas o calamidades.
En la actualidad los bancos son fundamentales para el buen orden del sistema económico que disfrutamos. Por ellos pasa absolutamente todo el flujo económico que corre, como las aguas subálveas, bajo los pies de la humanidad. Ni un céntimo escapa a sus garras electrónicas, sueldos, pensiones, recibos, transferencias, regalos, hipotecas, cuentas corrientes sin remunerar, planes de jubilación, préstamos, seguros, en fin, todo lo que tenga precio aunque no posea valor, todo por lo que luchan la inmensa mayoría de personas que conocemos y nos conocen. El dinero que tienen los bancos y que no les pertenece se ha convertido, gracias a la tecnología, en invisible; las oficinas, de frío, feo y funcional diseño, han prescindido, en gran parte, del elemento humano, por tanto de cuantioso gasto: despobladas de personal, todo depende de la máquina de turno y de la paciencia del que espera en la cola para materializar su patrimonio invisible o evanescer mediante ingreso el que lleva en los bolsillos.
La jugada empezó hace ya muchos años. Se fueron eliminando los cobradores de la luz a domicilio, los del teléfono y otros servicios, recomendando primero y obligando después, a domiciliar los pagos en una determinada entidad bancaria. Después se instalaron los cajeros automáticos, la banca por teléfono e internet, siempre como un beneficio para el incauto y confiado cliente. De modo que hoy, la banca, entendida ahora como el conjunto de todos los operadores bancarios, ha disminuido drásticamente el número de empleados que tenía, buena parte de ellos mediante planes de jubilación anticipada; ha dejado, casi, de remunerar los depósitos que guarda y, después de esa enorme reducción de gastos, comienza a cobrar por el uso de las máquinas y por todos y cada uno de los pagos que hace con nuestro dinero invisible, incluso por custodiar nuestra estimada cuenta: Diez euros por semeste. El dinero ahorrado en esa continua reconversión se ha empleado en invertir en la compra del patrimonio nacional privatizado –normalmente servicios en régimen cuasi monopolístico- y el círculo ha terminado por cerrarse, pues la mayor parte de nuestros ingresos van a sus manos sin salir de ellas. Por eso, cada vez que oigo los miles de millones de pesetas de beneficio que obtiene la banca, arriesgando tan poco, siento un gran regocijo y me pongo a cantar lleno de patriótica emoción, incluso ahora, cuando, jugando a la ruleta desde lejanos despachos, han urdido una monumental crisis sobre los lomos de los trabajadores de todo el mundo para mantener entretenido al personal y dar unos cuantos pasos más hacia el siglo XIX.

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La nueva crisis financiera en las Bolsas del mundo tiene un origen conocido: el hundimiento delictivo de un gran banco en el Japón. La segunda potencia industrial del mundo sufre las consecuencias en su bolsa, que se comunican a la de Nueva York y desde ellas al mundo entero. La internacionalización del dinero está conseguida para lo bueno y es lógico que le alcancen algunas catástrofes, que son pequeñas en relación a la masa de dinero real o invisible que se maneja. Este sistema de quiebras y de bolsas recae principalmente sobre el pequeño ahorrador, cuyo pánico a su vez se refleja en las siguientes cotizaciones; y este efecto circular vuelve a recaer sobre él, pero nunca alcanza a las grandes colocaciones de capital, y apenas repercute en las monedas. En la mas famosa de todas estas caídas de la historia, la de la Bolsa de Nueva York en 1929, repercutió sobre las fortunas grandes y las clases medias, y cuando la ola llegó a Europa fortaleció fenómenos como los del fascismo, el nazismo y sus emparentados, que se alzaron como bases contra el proletariado al que pudiera atraer el sistema ajeno del capitalismo, el comunismo. Las lecciones aprendidas desde entonces han sido muchas, y no solo el comunismo sino que ninguna otra doctrina paralela o levemente parecida puede hoy atraer un movimiento de pánico o de reivindicación. Los 7.500 obreros que han quedado en el Japón como consecuencia de esta quiebra no tendrán ningún frente al que acudir. Y en Estados Unidos ni siquiera es necesario buscar a un nuevo Roosevelt que domine el capitalismo salvaje y lo convierta en capitalismo social, y descubra como entonces las ayudas mutuas y las del estado para las clases sociales desfavorecidas. Por el contrario, todo el mundo rico pretende suprimir o reducir esas ayudas. Por consecuente esta crisis bursátil no tendrá grandes consecuencias políticas en lo inmediato, y ni siquiera el país mas directamente afectado por ella, como es Japón, saldrá seriamente perjudicado. Este breve resumen de lo que ha sucedido demuestra como entre el principio y el final del siglo se han asentado las bases de la economía del fuerte.
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Cuando los marcos valían cincuenta céntimos, pensaban algunos desventurados:
-Sí yo tuviese cincuenta mil pesetas compraría cien mil marcos. Es imposible que bajen más. Es una moneda que ha de ponerse pronto a la par. ¡Vaya un negocio!
Efectivamente a las pocas semanas, los marcos costaban a treinta céntimos.
-De buenas me libré- pensaba entonces el mismo desventurado. Si llego a tenerdiez mil duros, a estas horas hubiera perdido cuatro mil. ¡Cómo engaña esto de los cambios! Pero ahora no es posible que bajen más los marcos. ¡Si yo tuviera diez mil duros!
Efectivamente, los marcos bajaban a veinticinco, a veinte, a quince, ¡a diez céntimos!
-Ahora si que es imposible que bajen más.
Pero bajaron y ayer los marcos valían un poco más de dos céntimos. Naturalmente, no faltaría quien pensase que ya era absolutamente imposible otra bajada.
Yo no veo la razón para que esto ocurra. Los marcos no bajan por una ley financiera, por móviles lógicos y fundamentales en el laberinto de los cambios: Los marcos bajan por costumbre. Y lo mismo que han llegado a valer nada más que dos céntimos y cuatro décimas, pueden llegar a valer un céntimo y aún menos. Es más, yo no veo inconveniente en que pierdan todo su valor, y aún que adquieran un valor negativo, hsasta el punto de que quien quiera vender marcos tenga que dar dinero encima:
-Le vendo a usted medio millón de marcos.
-¡Horror!
-Es que no le cobro nada por ellos y además le doy ocho pesetas. ¡Hágalo usted por un amigo!
Esto será, no lo dudo, una herejía económica, pero no s absurdo suponer que llegue a ocurrir. No debe sorprendernos nada de lo que venga de Alemania, pues lo que en otra nación sería una enormidad incomprensible, allí puede ser lógico. Los alemanes hibieron una guerra para ganar y la perdieron; crearon y ejército invencible y fue vencido. Del mismo modo pueden hacer que una moneda que en todas partes tiene un valor, no tenga allí ninguno y que una gran fortuna que en cualquier nación es una cosa envidiable, constituya en Alemania una gran desgracia. Todo será que se empeñen en ello los alemanes.
A pesar de todo esto no faltará quien crea que los marcos no pueden ya bajar más. La suerte enorme fue para el desventurado que estuvo a punto de comprar cien mil marcos a cincuenta céntimos. Puedo haber perdido una fortuna y no la perdió, lo que equivale a ganarla. Claro es que si no la tiene, se encuentra exactamente igual que si no la hubiese ganado. Pero, que haga números, porque las matemáticas -hasta ahora al menos- eran una cosa bastante seria. Verá tanto que debió perder y no perdió: Tanto que ganó. Esto es una cosa innegable en el terreno de lo teórico. Pero es que ¿quién tenga marcos de verdad y haya tenido pérdidas de verdad, puede hacer en estos momentos otra cosa que teorizar, soñar y vivir de ilusiones? No se olvide que los alemanes son gente dada a la filosofía. Y la filosofía puede servir para convencernos de que quien compra marcos a cincuenta céntimos, ha realizado un enorme negocio, ahora que valen veinte veces menos. Con la misma filosofía hemos demostrado que ganó una fortuna quien no los compró. Claro está que una fortuna exclusivamente filosófica, como los marcos mismos que son pura filosofía.

Carlos Esplá, Octubre de 1921.

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Ayer hablábamos del Ike financiero que enloquece al imperio. Este no encuentra la forma de conciliar el consumismo con las guerras injustas, los gastos militares y las enormes inversiones en la industria de armamentos, que matan pero no alimentan a los pueblos ni satisfacen sus necesidades más elementales.

Nada podría describir mejor la enajenante contradicción que las palabras del senador Richard Shelby, el principal republicano de la Comisión de Bancos del Senado de Estados Unidos, cuando declaró al canal de televisión BBC: “No sabemos cuánto va a costar esto. Probablemente de 500 mil millones hasta un millón de millones de dólares, y eso afectará a los contribuyentes tarde o temprano, o será una deuda cobrada a todos nosotros o a nuestros hijos”, relata la agencia noticiosa Reuters de Gran Bretaña.

Nadie puede dudar del destino del mundo capitalista desarrollado y la suerte que promete a miles de millones de personas en el planeta.

La lucha es el único camino de los pueblos en la actualidad para alcanzar una comunidad en la cual vivir con justicia social y decoro, la antítesis del capitalismo y los principios que rigen el odioso e injusto sistema. En la dura batalla por esos objetivos, el peor enemigo es el instinto egoísta del ser humano. Si el capitalismo significa la constante utilización de ese instinto, el socialismo es la batalla incesante contra tal tendencia natural. Si otras veces en la historia la alternativa era volver al pasado, hoy tal alternativa no existe. Se trata de una batalla que corresponde librar fundamentalmente a nuestro glorioso Partido.

Toda manifestación de privilegio, corrupción o robo tiene que ser combatida y no hay excusa posible en esto para un verdadero comunista. Cualquier tipo de debilidad en tal sentido es absolutamente inadmisible. Nunca fue la característica de los miles de hombres y mujeres que marcharon voluntariamente a cumplir los deberes internacionalistas que llenaron de gloria y prestigio a la Revolución Cubana. En tales principios de ética y pureza se inspiró el pensamiento de José Martí y todos los que lo precedieron.

Ahora, en medio del golpe demoledor y fresco de los huracanes, es cuando debemos demostrar lo que somos capaces de hacer.

El robo en fábricas, almacenes, servicios automotrices, hoteles, restaurantes y otras actividades donde se manejen recursos o dinero, tiene que ser combatido sin tregua por los militantes del Partido. Cuando alguien con esa condición incurra en tan bochornosa actividad, aparte de las medidas legales que le correspondan, debe ser sancionado por el Partido, sin extremismos, pero de forma madura y eficaz. El capitalismo es víctima del delito común y se defiende de este mediante sofisticados medios técnicos, el desempleo, la exclusión social, el asesinato y hasta la violencia extrema, que resulta ya inútil frente al tráfico de drogas, que cuesta cientos y hasta miles de vidas cada año en algunos países latinoamericanos.

No es fácil la tarea de los cuadros en un mundo donde la incitación al consumismo es permanente a través de todos los medios radiales, televisivos, electrónicos y escritos, y los métodos de seducir al ser humano son extraídos de laboratorios y centros de investigación. Obsérvese lo que ocurre con lo que se ha dado en llamar publicidad, por la que los consumidores pagan más de un millón de millones cada año. Se repiten tanto los anuncios comerciales, que desesperan por su banalidad a casi todas las personas.

Pero el robo está lejos de ser el único mal que daña a la Revolución. Están los privilegios conscientes o tolerados y los inventos burocráticos. Recursos asignados para una situación temporal, se convierten en gastos y consumos permanentes.

Todo conspira contra las reservas en materiales y en divisas del país, lo cual puede traer escasez de productos y exceso de dinero circulante. Lo mismo ocurre cuando los que tienen dinero abundante corren a comprar en exceso lo que les vendan en las tiendas de divisas.

Hay aparatos del Estado con la tendencia de generalizar los privilegios o dar mucho más en la competencia que desatan por los técnicos y la fuerza de trabajo disponible. A veces se vuelven timbiricheros con métodos genuinamente capitalistas en la búsqueda de ingresos, para administrar recursos con los cuales hacer el papel de eficientes y ganar el apoyo complaciente de los suyos. Son costumbres burguesas y no proletarias, contra las cuales todos tenemos el sagrado deber de luchar en nosotros y en otros.

Hay países que no vacilan en aplicar la pena capital contra estos delitos. No pienso realmente que sea necesario en nuestro caso. Tampoco premiar idiotamente a los incorregibles en nuestras prisiones; que adquieran un oficio, pero no soñar convertirlos en científicos.

A lo largo de mi vida revolucionaria vi cómo estos vicios crecían al lado de las virtudes. También se producen blandenguerías en algunos ciudadanos que se habitúan a recibir y dedican poco tiempo a meditar, leer periódicos e informarse de las realidades. El enemigo conoce sobradamente bien las debilidades de los seres humanos en su búsqueda de espías y traidores, pero desconoce la otra cara de la moneda: la enorme capacidad del ser humano para el sacrificio consciente y el heroísmo. Los padres quisieran legar bienes materiales a sus hijos, pero prefieren dejarles la herencia de una vida digna y prestigiosa que los acompañe siempre.

El imperio se ha topado en esta isla con un pueblo capaz de resistir su bloqueo y agresiones decenas y decenas de años. Por ello extrema sus medidas contra Cuba. Trata de arrebatarle personal calificado y su fuerza de trabajo; selecciona a los que conceden las miles de visas acordadas por año, mientras promueve a su vez las salidas ilegales; mantiene y refuerza su Ley de Ajuste Cubano, que concede privilegios especiales para la emigración ilegal a los ciudadanos de una sola nación en el mundo: Cuba. Si los extendiera a los demás países de América Latina, en poco tiempo los latinoamericanos serían más de la mitad de los habitantes de Estados Unidos.

Lo que es más cínico: recluta mercenarios que pretenden impunidad, les suministra orientación y recursos, los promueve internacionalmente, y se complace en poner a prueba la paciencia y ecuanimidad del poder revolucionario.

La verdad nunca le faltará a nuestro pueblo.

No sólo lucharemos sin tregua contra nuestros propios errores, debilidades y vicios, sino también ganaremos la batalla de ideas en la que estamos enfrascados.

Si de algo podrán estar seguros siempre los jefes del imperio, es que ni huracanes naturales ni huracanes de cinismo lograrán doblegar a la Revolución.

Antes, como dijo Martí, se unirá el mar del Norte al mar del Sur y nacerá una serpiente de un huevo de águila.

ma.jpgvidid.jpgimages3.jpgDesde su inicial fase familiar hasta la versión financiera dominante, el capitalismo recorrió un largo camino en el que destacan dos formas antagónicas de manifestarse, la renana y la anglosajona. El eje central del capitalismo versión renana es una economía social de mercado, en la que el progreso social es inseparable de la creación de riqueza, es una concepción sometida a la ética social protestante de sus intérpretes, muy propia, a su vez, de los germanos, poseedores de un fuerte sentimiento colectivo como han demostrado a lo largo de la historia. Ese sentimiento por lo colectivo se tradujo en una especial sensibilidad solidaria.
Las grandes corporaciones alemanas fueron en sus inicios mayoritariamente familiares (Bayer, Siemens, Thyssen, Krupp…) lo que quizá explique el reducido número de delitos económicos, hasta finales de los 90. Primaba la estabilidad, la financiación bancaria, reduciendo al mínimo el papel de la Bolsa. La reivindicación sindical apuntaba más a la participación en la empresa que hacia la lucha de clases. Es un modelo que sirvió de base para el modelo europeo hasta que la globalización, señora Thatcher mediante, lo sustituye por el modelo anglosajón, con lo que desaparecen valores como responsabilidad y solidaridad.
El accionista es ahora el que detenta el poder y se debilita el papel del ejecutivo, los bancos no son ya la fuente financiera principal, la especulación desplaza a la producción y mediante la inmediatez de los resultados se consagra el corto plazo y se prescinde de los efectivos humanos por millares en una incesante búsqueda de mayores beneficios.
El modelo anglosajón implantó la dictadura de dos figuras: el accionista, que solo representa un 4% de la población y los beneficios bursátiles, cuyos beneficios astronómicos no son invertidos en proyectos útiles para todos, sino que vierten a un circuito especulativo y suntuario irracional, por agudizar la desigualdad y al inseguridad.

icapi.jpgesco.jpgimages6.jpgimages6.jpg-PRIVATIZA QUE ALGO QUEDA-
Una de las fórmulas rectoras de la política económica de Margaret Thatcher consistió en la privatización de todos los servicios y empresas públicas, consintiendo después que sus nuevos dueños se dedicasen exclusivamente a maximizar beneficios en detrimento de las obligaciones que tenían contraídas con la población. De ese modo, empresas públicas modélicas como los ferrocarriles de cercanías londinenses, se convirtieron en manos de particulares en peligrosas, obsoletas e ineficaces. La lógica empresarial depredadora, cuando no existen mecanismo reguladores o de control, inevitablemente busca acrecer el beneficio sin detenerse en menudencias como la calidad y bondad del servicio que prestan. Eso es secundario, muy secundario.
Probablemente hoy a nadie se le ocurra pensar que el Estado deba ser el propietario de una fábrica de juguetes o de otra de quincalla, pero es posible que después de lo sucedido en Barcelona con Endesa, con los nulos beneficios que han deparado a los ciudadanos la privatizaciones de Telefónica o Repsol –bueno, a algunos sí, que le pregunten al compañero de pupitre de Aznar-, y el desastre ecológico y ético que ha supuesto la “participación” de los especuladores en la planificación de nuestras ciudades, muchos vuelvan a aquilatar positivamente la necesidad de que el Estado controle de un modo u otro aquellas empresas que prestan servicios públicos esenciales ateniéndose a criterios de eficacia, competencia y credibilidad. No es este un caso estrictamente español, la ola de privatizaciones de los noventa al mismo tiempo que sirvió para aumentar extraordinariamente los ingresos de los compradores de empresas similares en todo el mundo, causó estragos casi irreparables en los servicios públicos al sustituirse la verdadera razón de existir de esas corporaciones –dar servicios suficientes y de calidad a los ciudadanos- por el interés económico personal de los accionistas mayoritarios.
El caso de Endesa es paradigmático. Surgida de una iniciativa estatal para crear un fuerte grupo eléctrico público que pudieses competir con quienes hasta entonces monopolizaban el suministro de electricidad, desde el primer momento fue gestionada con criterios empresariales que no olvidaron sus obligaciones con los consumidores. En pocos años, Endesa se convirtió, desde el sector público, en el primer grupo energético del país, proporcionando al Estado unos ingresos anuales de varios cientos de miles de millones de pesetas. Con el viento a favor y en una coyuntura política favorable, Endesa se convirtió en presa fácil para los buscadores de ganancias rápidas y cuantiosas. Europa impulsaba las privatizaciones y en España Aznar y Rato estaban dispuestos a ser los campeones en la materia. La eléctrica se privatizó en su totalidad, pero el Gobierno se guardó eso que llamaban la “acción de oro”, una acción que permitió al trabajador de las Islas Caimán colocar a otro “compañero de pupitre” en la presidencia de la misma: Privatizamos, pero colocamos a uno de los nuestros en lo más alto por lo que pueda pasar. Desde entonces, Manuel Pizarro ha interpretado a la perfección el papel que se le asignó en la dirección de la empresa: Oponerse a la compra de la misma por Gas Natural, que era una corporación poco española, y entrar en negociaciones con una empresa mucho más “patriótica”, la alemana EON, dentro de una estrategia que perseguía impedir que se formase un gran grupo energético español y dañar al Gobierno. Con todo no fue eso lo peor, Endesa, de la mano de Manuel Pizarro, continuó aumentando sus beneficios año tras año, no por su buena gestión, sino porque el amigo de Aznar había encontrado la piedra filosofal neocon. ¿Cuál es la manera de ganar más dinero en menos tiempo y quedar bien ante los grandes accionistas? Naturalmente, no invertir, no gastar un céntimo en investigación ni en renovación de infraestructuras ni en modernización. Sólo así se explica que Pizarro haya estado tanto tiempo al frente de la eléctrica mientras Barcelona sufría apagones tercermundistas.
No es este tiempo de dogmas, tampoco del dogma neocon que está haciendo aguas en todos los países del mundo después de haber llenado las arcas de quienes ya las tenían llenas a costa de los consumidores. Ahora sería bueno que se impusiera la razón al interés y que recapacitásemos sobre lo ocurrido con las privatizaciones, sobre el deterioro que los servicios públicos básicos han sufrido con ellas, sobre la necesidad de que el Estado tenga un papel más activo en sectores monopolizados por dos o tres empresas y que son fundamentales para la vida cotidiana de cualquier ciudadano. No se pueden exprimir más ni los bolsillos ni la paciencia de los consumidores. Ya está bien.

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La mayoría de los medios coinciden siempre en que el PP hizo una buena política económica y para sostenerlo analizan el cuadro macroeconómico de aquellos años. La economía española creció por encima de la media europea, desde el 97 al 2000 se creció por encima del 4% del PIB anual, pero a partir de la crisis del 2001, la economía pierde fuerza con tasas de crecimiento de un 2% del PIB.
Del déficit del 5% del PIB del 96 se pasó a un déficit cero. Se rebajó la deuda pública, se cumplió el tratado de Maastrich y la tasa de paro pasó del 22% que había en el 96, al 11%.
A mi parecer, cinco son los factores que han favorecido de forma decisiva ese cuadro macroeconómico. En primer lugar, cuando llegó Aznar en 1996, el entonces ministro de Economía, Solbes, había realizado los cambios estructurales necesarios para que el país estuviera en la rampa de lanzamiento de un fuerte crecimiento. Partiendo de esta base y coincidiendo con el surgimiento de un excelente momento de la economía internacional, el PP se dejó llevar.
La aportación de la UE a España, a través de los diferentes fondos, fue muy importante, rondando los 50.000 millones de euros durante los ocho años de Aznar, lo que significaba más de un 1% del PIB anual en cada uno de sus ocho años de gestión. A esto hay que añadir los ingresos provenientes de las privatizaciones de las empresas públicas durante sus dos legislaturas que alcanzaron más de 33.500 millones de euros. Como vemos son aportaciones importantísimas y difícilmente repetibles.
Además de estos tres factores expuestos, hay que añadir dos más, por un lado, el aumento de la población en más de dos millones y medio de habitantes provenientes de la inmigración que ha provocado un dinamismo económico importante. El otro hecho transcendental es la bajada de los tipos de interés, consecuencia de nuestra entrada en la UE y la participación en el euro, que hizo que disminuyesen en siete puntos los tipos de interés, el punto más bajo de nuestra historia económica, tres puntos más bajos que lo que sería necesario por nuestra inflación, contribuyendo activamente en los dos sectores que durante el gobierno del PP han dinamizado la economía, el consumo y la construcción.
Como podemos comprobar han sido factores exteriores, no provocados por el gobierno de Aznar, lo que han permitido este crecimiento económico en nuestro país, en un marco internacional que al principio fue favorable pero que en los tres últimos años se ha complicado.
Hemos vivido una etapa de crecimiento inducido, artificialmente, por unos tipos de interés que son adecuados para estimular las economías como las francesa o la alemana, pero excesivamente bajos para España. El resultado fue la burbuja inmobiliaria y un aumento desordenado del consumo.
Podemos decir que la política del PP en los últimos años consistió en cebar la demanda interna con hipotecas, vivienda y consumo pero no invirtiendo en tecnología, ni en formación, que es nuestro futuro. De ahí que se pueda poner en duda el legado económico del PP, que ha mirado siempre a corto plazo, pero sin una perspectiva económica a medio y largo plazo, que nos va a llevar a momentos económicos bastante complicados. Los productos españoles tienen dificultades en Europa debido al desinterés del gobierno popular por dotarles de capital tecnológico. Esto está en el origen de la deslocalización de inversiones industriales que no es compensado con productos de alto valor añadido por carecer de ellos.
La industria ha sido la gran perdedora en la política del PP. Ahora estamos empezando a pagar estos costes. El problema radica en que hay muy poco margen para la rectificación por lo que será el PSOE quien deberá hacer frente a esta situación. Una vez más somos los trabajadores los paganos por esta política irresponsable. Así se pueden entender las palabras de Rajoy cuando decía “que la productividad era un invento de los técnicos”. Las consecuencias ya están a la vista: deslocalización industrial, pérdida de competitividad, falta de avances en el protocolo de Kyoto y pérdida de tejido industrial. Ya no podemos competir en productos que requieran mano de obra barata, pero tampoco en productos de alto valor añadido, ese es el gran drama y el precio a pagar por aquella política económica.
Nuestra balanza por cuenta corriente va mal y retrocede el interés de la inversión extranjera por instalarse en España. Recordemos que la misma es el mejor medio para financiar las necesidades de inversión de un país.
Se han hecho tres reformas fiscales, donde el tipo máximo pasó del 56% al 45%, es decir, se han rebajado 11 puntos a las grandes fortunas del país. Las plusvalías han visto reducirse su tributación del 45% al 15%. Así el 1% de los contribuyentes de las rentas más altas han concentrado el 20% de las rebajas tributarias. Mientras que los que ganan menos de 8.000 euros al año no han tenido ninguna ventaja fiscal. Se podría decir que Aznar fue “el Robin Hood de los ricos”, quitó a los pobres para dárselos a los ricos.
La otra cara de esta política es la reducción de los gastos sociales, pasando del 24% al 19% del PIB. Ocupamos el penúltimo lugar de la UE en gasto social. El gasto en educación ha pasado del 5,5% del PIB de 1996 al 4,4% en el 2003. A pesar del discurso de ayuda a la familia, ocupamos el último lugar europeo con el 0,5% del PIB, cuatro veces menos que la media europeas que es del 2%.
Puede decirse que se han desaprovechado años de bajos intereses, fácil endeudamiento y crecimiento del empleo gracias a la elevada tasa de temporalidad. El legado económico de Aznar no ha sido bueno y la labor del PSOE va a ser difícil y complicada.
No va a tener recursos procedentes de las privatizaciones, los fondos estructurales europeos van a disminuir drásticamente, los tipos de interés ya prácticamente no van a reducirse desde su nivel actual y nos encontramos con una economía muy desequilibrada y con un atraso competitivo y tecnológico evidente. Queda claro que el ciclo económico de Aznar ha terminado, como dice el presidente del Banco de España, por ser ya insostenible.

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