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Epifanio Rubio nunca habr铆a salido de su remota aldea incomunicada si los estragos de la edad no le hubiesen impelido a ello. Era feliz, no porque tuviera mucho, sino porque necesitaba muy pocas cosas, una petaca con picadura de tabaco, unos le帽os para la lumbre, cuatro tomates, harina, algunos embutidos de la matanza, legumbres, pimientos secos, aguardiente de la casa y unas hogazas de pan que guardaba en la artesa liadas en una manta alpujarre帽a. No era un monje budista ni un trapense, todo el d铆a sentado con las piernas cruzadas, mascullando oraciones, Epifanio Rubio era capaz de coger su yunta de mulas y, guiado por el sol y las estrellas, atravesar en l铆nea recta, subiendo montes, atravesando valles y barrancos, la distancia que hab铆a entre Alcoberas y el Campo de Cartagena, algo m谩s de doscientos kil贸metros. Echaba su temporada de siega y se volv铆a por donde hab铆a llegado, justo a tiempo de enfrascarse el traje 鈥搎ue era el de la boda- y acudir a correr las vaquillas del pueblo, tarea por la que era famoso en toda la comarca debido a los requiebros corporales que daba a las embestidas de las bestias.
A los ochenta y tantos comenzaron a flaquearle las fuerzas. March贸 al pueblo buscando la atenci贸n de los sobrinos, que lo quer铆an pero no hasta el punto de cargar con 茅l. Epifanio Rubio estaba acostumbrado a dejar lo que le sobraba en los ribazos y cornejales de los bancales. No sab铆a de cuartos de ba帽o. En cuanto lleg贸 al piso de acogida sinti贸 ganas. Su sobrina, atenta, le dijo que pasara al aseo. Epifanio, turbado as铆 lo hizo, cerr贸 la puerta y solt贸 el vientre sobre el bidet. Era el choque de civilizaciones. Cuando entr贸 la sobrina qued贸 horrorizada, llam贸 a su t铆o y le explic贸, nerviosa ante el provenir, para que serv铆a cada trasto del aseo. Epifanio asinti贸, pero creo que sin enterarse.
Un d铆a de verano, estaba la familia viendo el telediario. Epifanio, entre asombrado y aburrido ante aquel aparato que se presentaba en su vida por primera vez, dijo que claro, eso ser铆a muy divertido para los del pueblo, pero que 茅l no conoc铆a a nadie y no entend铆a nada. Ve铆a la tele como una ventana que da a la calle. Al acabar el telediario, pusieron una pel铆cula de vaqueros, Epifanio se tir贸 al suelo al o铆r los primeros disparos: -Venga echaros, que la guardia civil est谩 persiguiendo a los gitanos, no vaya a ser que os pequen un tiro. Intentaron llevarlo al hogar del pensionista y durante unos meses estuvo jugando al julepe con algunos de su edad, pero aquello no era lo suyo. De seguida cog铆a cualquier camino y se pon铆a andar para su tierra siguiendo el rumbo de los astros. A veces logr贸 hacerse m谩s de veinte kil贸metros de una sola vez. El pueblo era demasiado grande para 茅l, hab铆a demasiados carros, luces, bullicio, cosas, hac铆a falta dinero para todo. P铆caro e inocente al mismo tiempo, hizo saber a sus sobrinos que en los muros de su casa hab铆a empotrado m谩s de dos mil monedas del t铆o sentado. Un d铆a, cuando un buen hombre se ofreci贸 a llevarlo de visita a su aldea, se encontr贸 con que hab铆an picado todas las paredes en busca de un tesoro que s贸lo existi贸 en su cabeza. Todav铆a hoy, hay quien sube a esas remotas tierras con un pico y una pala.
Epifanio nunca supo del valor del dinero, pero s铆 que no se pod铆a confundir valor y precio, que las personas y la naturaleza estaban antes que el dinero, que la codicia era el peor de los pecados mortales. Asediado por los familiares que lo quer铆an heredar antes de muerto, por las costumbres para 茅l insanas de la ciudad, sali贸 una noche, cuando todos dorm铆an, rumbo a Alcoberas. Tard贸 tres d铆as en llegar y ya nadie pudo sacarlo de all铆. Arrend贸 unos prados a unos pastores amigos a cambio de que le proporcionaran lo que necesitaba para vivir. Arrastrando una pierna y la cabeza, Epifanio volvi贸 a su rutina, volvi贸 a ser feliz con su lumbre, sus cigarros de picadura, su vaso de vino y sus jud铆as pintas estofadas. Un d铆a los sobrinos, preocupados por su suerte 鈥揈spa帽a ya era un pa铆s desarrollado, muy desarrollado-, fueron a verlo. Hablaron poco. Epifanio ya no estaba para muchas monsergas, su cabeza viajaba del presente al pasado con una velocidad de v茅rtigo. Al despedirse, uno de los sobrinos, concretamente Juan, que era programador de ordenadores, sac贸 una caja y le regal贸 un tel茅fono m贸vil: -Usted no puede estar aqu铆 s贸lo, as铆 que con este tel茅fono podremos estar en contacto. En cuanto se fueron, Epifanio ech贸 el aparato a la lumbre.
Muri贸 a las pocas semanas, a los noventa y seis a帽os de edad, porque le dio la gana. Antes de que la tierra cayera sobre sus huesos, tres de sus sobrinos acudieron a reconocer las propiedades inmuebles que legaba: Su casa, el prado y un bancal con agua de dos o tres hect谩reas situado en la falda de un monte lleno de nogueras: Al cabo de dos a帽os hab铆an cortado las nogueras y construido doscientos duplex con piscina, spa, salas de padel y una cuadra de caballos para pasear. Se olvidaron de que en Alcoberas no siempre llueve a gusto de todos, es decir que llueve irregularmente, que hace mucho fr铆o nueve meses al a帽o y que hab铆an roto un trozo de Ed茅n. Lograron vender veinte o treinta casas, pero ni una m谩s. Al poco todo estaba abandonado. Dicen que fue por una maldici贸n que contra quien tocase las nogueras hab铆a lanzado Epifanio, al que nadie ve铆a pero todos saludaban, pues sab铆an que segu铆a sentado en su silla de anea debajo del olmo que hab铆a junto a su casa. Hoy son muchos los fil贸sofos que coinciden con Epifanio, la codicia es un atributo de quienes ocupan un lugar muy bajo en la escala de la evoluci贸n humana. Es posible que no hayamos avanzado todo lo que se dice, que no nos hayamos alejado tanto como creemos de nuestro pariente el mono, que nos quede much铆simo por aprender.