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Comprometido y crítico, el realizador greco-francés Costa-Gavras firma con Arcadia, su última película, una lúcida, corrosiva -y divertida- fábula (a)moral sobre la precariedad laboral y la competitividad feroz del capitalismo. ¿Cineasta político?: “Todas las películas son políticas porque hablan de lo que pasa en la sociedad”.

Por Andrés y Santiago Rubín de Celis y Carola García-Calvo. Fotografías cedidas por Wanda Visión

—¿Cómo llegaste a la novela de Westlake (The Ax, 1999)?

—Encontré la novela en inglés y la leí -unos amigos en Estados Unidos sabían que buscaba algo así y me la mandaron-. Yo quería hacer la película en Europa, pero los derechos pertenecían a la Paramount, que quería hacer la película. Finalmente, después de cuatro años y muchos guiones, abandonaron el proyecto y yo compré los derechos para hacerla en Europa. Me habían ofrecido hacerla en los Estados Unidos, pero no me interesaba hacerla allí, me parecía mucho más interesante hablar de Europa a través de esta fábula. Además es un filme de género…

—Te interesa más el contexto social y familiar que los pensamientos y motivaciones individuales. ¿Qué papel le das a la psicología de los personajes?

—Claro. En muchas películas la psicología no es más que un alibi, una excusa para justificar las cosas, para explicarlas. No me interesa. La psicología del protagonista de Arcadia es simple: “Hago la guerra para defender a mi familia, no quiero que mi mujer me deje ni que mis hijos hagan cosas inaceptables”, y basta.

—Sí, en un momento de la película dice también: “Mi enemigo es el empresario, pero mi problema, el obstáculo, son los demás candidatos”, queda bastante clara…

—Efectivamente. El problema social es lo que me interesa.

—Es muy notable y ciertamente novedoso el uso que haces del humor en la película. Tus películas tienen a menudo toques de humor, un humor generalmente grotesco o absurdo mientras que en Arcadia es decididamente negro…

—Cuando estudiaba Letras en la Sorbona aprendí que en la tragedia hay siempre una parte de comedia, en eso radica que los hombres tengamos esperanza. Me parece que es una ley perfecta, es la vida. En esta película el humor radica en las situaciones, no en las palabras. Situaciones que a su pesar el personaje principal crea involuntariamente. Cuando dispara, por ejemplo, una y otra vez se hace daño, es una realidad: no sabe disparar. Buscamos situaciones así para introducir lo cómico, sabiendo que era necesario no ir demasiado lejos…Otro ejemplo: cuando el motorista de la policía le para por tirar papeles -una prueba, de hecho- por la ventana. Podríamos haber incidido en la comedia haciendo planos más cortos del policía y de José (García),manteniendo el de José, habría habido enormes risas en las salas, ¡seguro!… pero preferí rodarlo de lejos. Intenté en todo momento equilibrar comedia y drama, no insistí en la comedia, la utilicé. En cuanto a lo del humor negro, era la herramienta perfecta para la crítica.

—José García, que es un actor eminentemente cómico, está muy contenido, y esa es una de las grandes virtudes de la película, su gran interpretación.

—No solo la suya, también la de los demás… José es un actor enormemente cómico, es muy gracioso. En Francia es muy popular porque hizo durante no se cuántos años un programa en Canal + en el que hacía lo que los americanos llaman slapstick, imitaciones y otras cosas. Al contrario que sus compañeros él nunca actuaba pensando en los espectadores, simplemente llevaba el personaje hasta sus últimas consecuencias, y eso es una gran cualidad para un actor. En el cine había hecho un par de películas serias en las que se veía que era un actor de verdad, y mi fabulosa experiencia con Jack Lemmon en Missing (1983) me permitió decidirme por él.

—Físicamente se parecen muchísimo…

—Si se parecen, sí. Para él ha sido un reto. Si uno ve la película con atención hace cosas bastante extraordinarias, casi únicas. Por ejemplo, cuando al final llega la policía. Él está muy contento porque sabe que va a conseguir trabajo, y cuando la policía llega -creemos que a detenerle- su reacción es simplemente colocarse bien la corbata, no hay sobredramatización. Yo le había pedido que no dramatizara nada: “Búscame pequeños detalles, pero no dramatices” y él encontró eso, que funciona perfectamente. Es una virtud muy notable.

—Es lo que los americanos llaman underplay, quedarse en un registro contenido.

—Exactamente, underplay, dejar sentir al espectador lo que tu sientes sin dramatizar, sin sobreactuar.

—Siendo una película realista, en Arcadia -al igual que en todas tus películas- existe una gran estilización, utilizas, por ejemplo, una publicidad muy agresiva: relojes utilizados como cuchillos, sexo explícito, etc. Háblanos de ello.

—Sí, eso es. Está buscado, no es gratuito, es algo ligado orgánicamente a la historia, si puede decirse así. La publicidad que vemos en todas partes, en la calle, el periódico o la televisión, nos propone comprar cosas que no podemos comprar, la mayoría de las personas no pueden hacerlo, y aún más la gente que no tiene trabajo, es decir: él. En la película él, que pertenece a la clase media, ve muchas cosas (los relojes, los coches…) que podría comprar, pero que ahora no puede permitirse. En cuanto a las mujeres desnudas, que, no sé si os habéis fijado, no tienen cara, quiero denunciar que la publicidad ha creado un canon de mujer que no es más que el resultado de las fantasías sexuales de los hombres, tipo Lolita. Todas son delgadas y ninguna modelo tiene más de veinticinco años, las demás mujeres no existen. Simplemente. He querido ligar esto también a la historia de la película: porque la niña, la hija de la familia, lo tiene aprendido, y lo usa: ¿qué hace con la policía?, se desnuda.

—A pesar de ese tono cómico que recorre la película, el final del cazador cazado -entre otras cosas-nos sugiere un cierto desencanto pesimista. ¿Es esa tu opción?

—No, no, es una constatación. Él decide ser un depredador, y, finalmente, siempre hay otro depredador más fuerte. Esa es la idea. Es un cuento amoral, se trata de que el espectador vea una sociedad en la cual todos somos depredadores… y hay que dejar al espectador dar su propia respuesta a esta cuestión… Además, se dice hoy que las mujeres son iguales que los hombres, así que también en eso…

—Hemos leído esta misma semana unas declaraciones tuyas hechas en la Seminci de Valladolid en las que afirmabas que la labor del director es plantear preguntas, no resolverlas; que no eres tú quién debe responderlas…

—No sólo del cineasta, del artista en general… Busco hacer preguntas, pues no creo que el cine deba dar respuestas. Y si esas preguntas son exactas, mejor. El arte, en cierto modo, es político. Yo lo entiendo como herramienta para hablar de lo que no se habla, mostrar lo que no se muestra, romper la rutina cotidiana, elegir otras visiones del mundo.

—Has dicho antes que querías que Arcadia fuese una película europea, ¿qué diferencias encuentras, tanto a un nivel cinematográfico como sociocultural, a la hora de trabajar aquí y en los Estados Unidos?

—Lo primero de todo en la libertad: el poder acabar la película así, por ejemplo, porque en los Estados Unidos hubiese habido, seguramente, una fuerte lucha para encontrar un final positivo y, como decíais vosotros, darle al personaje una serie de motivos psicológicos para explicar por qué mata. No, él debe hacer la guerra y si se va a la guerra hay que matar gente, ése es el principio de la guerra… Eso es todo. Además, en los Estados Unidos no existe la situación que describe la película desde hace años. El capitalismo americano no respeta en absoluto a las clases obrera ni media. Aquí, en Europa, se dice en cambio que la clase media es esencial para la democracia. Todos quieren pertenecer a ella, la clase media es el equilibrio. Aunque ahora tienda también a desaparecer…

“Es un cuento amoral, se trata de que el espectador vea una sociedad en la cual todos somos depredadores”

—¿Cómo te defines políticamente hoy?

—Como un hombre de izquierdas sin adhesión a un partido político concreto, enemigo de todo lo que signifique el uso arbitrario y opresivo del poder. La sociedad a la que aspiro es la que respeta la dignidad y la libertad de los hombres y la posibilidad de vivir una vida humana.

—¿Y qué piensas retrospectivamente del género que te hizo famoso?

—Z, La confesión, Estado de sitio…tuvieron su razón de ser entonces, en su momento. Por suerte, hoy el mundo ha cambiado algo: no mandan los militares y el comunismo cayó en Europa, hoy los métodos de dominación son distintos.

—Más sutiles.

—Sí, mucho más.

—Nosotros tenemos bastante claro cuáles nos gustan más de tus películas -Z, La confesión, Estado de sitio, Missing…- pero ¿cuáles son de las que tú te sientes más satisfecho?, aquellas que cambiarías menos…

—¡Cambiaría todo de todas! [Risas]. Sí, además no las veo mucho una vez terminadas, de veras… No, yo tengo, ¿cómo se dice?, un cariño especial por una película que no funcionó muy bien que es Hanna K, que me parece una buena película que se ha visto poco, nada, y que aquí presentaron hace ya muchos años…

— Sí, pero que se reestrenó comercialmente hace un par de años…

—Exactamente. Porque me parece que la película mostraba, exactamente, lo que años más tarde hicieron Rabin y Sharon con Arafat. Mi posición era correcta, pero probablemente la película llegó 10 años antes de tiempo, sí. Y claro, ahora la piden muchos pero es muy tarde ya… No, de las otras películas no lo sé, es un trabajo de críticos, de historiadores… Las películas tienen generalmente una vida muy corta.

—A mí me gusta, y me parece un poco inusual dentro de tu obra, y quizás por eso me gusta, Una mujer singular (1979) según la novela de Romain Gary…

—¡Ah, sí! A mí también. Sí. ¿Inusual? No lo sé. Es el problema de la gente que me ha metido en una cajita. Yo me siento cercano, naturalmente, a todas ella: son historias que me han tocado profundamente. Sí.

—¿Vas mucho al cine hoy en día?

—Sí. Sí, mucho.

—¿Y qué cosas te gustan?

—Hay muchas cosas interesantes, siempre las hay. Y también otras muchas que no lo son… Generalmente las cosas más interesantes vienen de países que no tienen tradición cinematográfica: por ejemplo, en este momento hay películas argentinas muy interesantes, o coreanas. Están muy bien, con estilo, con una nueva visión…

—Con una mirada nueva, diferente, más consciente…

—Sí. Más conscientes y sobre un mundo distinto. Ya no es siempre el mundo, la sociedad americana.

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El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.
Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.
Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.
Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.
Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera como crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.
La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido -o molido a palos, que viene a ser lo mismo– y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.
La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a finales de los 80.
El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”
Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. “Padre”, dijo, “déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre”. Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.
La gente inocente, en realidad, siempre sufre.
Finalmente alguien dijo: “Pero en este caso ‘las personas inocentes’ fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?”
Seitz se mantuvo imperturbable. “No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones”. dijo.
Mientras abandonábamos la embajada, un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.
Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: “La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores”.
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.
Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.
Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.
He hablado anteriormente de “un entramado de mentiras” que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un “calabozo totalitario”. Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte. No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.
Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, USA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.
Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La ‘Democracia’ había prevalecido.
Pero esta ‘política’ no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.
Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.
Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.
Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.
Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.
Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña
(…)
La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado –como ultimo recurso, todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas– como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.
Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”
¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado, Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.
La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair, colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. “No hacemos recuento de cuerpos”, dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. “Un niño agradecido”, decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. “¿Cuándo recuperaré mis brazos?”, preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.
Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.
He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: ‘Explico Algunas Cosas’:

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.
He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como ‘Dominio sobre todo el espectro’. Ése no es mi término, es el suyo. ‘Dominio sobre todo el espectro’ quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.
Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.
Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como ‘destructores de búnkeres’. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.
Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.
Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.
“Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides”
La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado “Muerte”

¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje?
¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?
Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido - la dignidad como personas.