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Querido Matías Vegoso:

Reconozco que éstos no son buenos tiempos para la izquierda. Yo me había hecho cierta ilusión con el giro de parte de Latinoamérica, el triunfo de Obama y algunos otros guiños de la historia. Pero es claro que la derecha no va a permitir el menor avance en la justicia, la equidad y la dignidad. Ni siquiera ha permitido echar por la borda a los grotescos militarcitos hondureños, y poco ha tardado en maniatar a Obama. Es cierto que llevamos las de perder mientras siga llamándose democracia a un régimen que permite a los más ricos gastar todo lo que quieran en campañas políticas cuando sabemos que esas campañas dejaron hace rato de ser confrontaciones de ideas para convertirse en confrontaciones de millones.

Cuando uno piensa en los últimos coscorrones a Obama, en los últimos desmanes de la derecha española contra los inmigrantes y con los corruptos, en el comportamiento escandalosamente cínico de los bancos y financieras, en el increíble descaro con que exigen la impunidad de los crímenes los Berlusconi, los militares brasileños, los jueces españoles o la “justicia” mexicana, no puede uno dejar de preguntarse cómo funciona una cabeza reaccionaria. Algo he leído sobre eso, por ejemplo en Lakoff, por ejemplo en Hirschmann, que te recomiendo, pero creo que no nos vendrían mal más estudios de sociólogos serios y sobre todo más reflexión sobre la cuestión. Es difícil no caer en la imagen del negociante-tiburón, abismalmente egoísta y desalmado, dispuesto a todos los crímenes con tal de enriquecerse. Tal vez existan personas reales así (¿Berlusconi?), y en todo caso el arquetipo no deja de tener sentido, pero creo que hay que intentar más bien imaginar el funcionamiento de un prototipo más general y comprensible. Pienso entre otras cosas que esa mentalidad es una mentalidad de clase. Antes de acusarme de criptomarxista (o nostálgico de Stalin, quién sabe), deja que me explique un poco.

Casualmente he releído un poco estos días a Victor Serge y he visto varios reportajes y documentales sobre guerrilleros, anarquistas, revolucionarios. Es evidente que la lucha de clases tal como se manifestó hasta la época de la guerra fría ya no es de estos tiempos. Pero ¿significa eso, como tantas veces te he oído decir, que han desaparecido las clases? ¿Te parece a ti que una señora madrileña del barrio de Salamanca y su criada ecuatoriana son de la misma clase? ¿Que un bolero (limpiabotas en español de España) de la Alameda en México y Carlos Slim son de la misma clase? ¿Que Cristiano Ronaldo es de la misma clase que un premio Nobel de biología? Lo que ha desaparecido es la lucha, pero no las clases. El proletariado (perdón, pero así se llama) ha dejado de luchar, la burguesía no. Cuando echa uno la mirada a las luchas obreras de la primera mitad o más del siglo XX, se ve claramente que se trata de un conflicto de clases. La violencia revolucionaria de entonces, incluso si te parece equivocada, tienes que reconocer que se realizaba en nombre de la clase proletaria y de una exigencia moral. ¿Leíste el otro día en El País Semanal la historia del anarquista Sabaté, que roba en una urgencia 4 000 pesetas a un comerciante pero poco después desvalija un banco y va a devolverle al comerciante sus 4 000 pesetas? ¿Quién haría hoy algo así, proletario o burgués, fundamentalista o terrorista, neonazi o separatista? Hoy las luchas sociales o incluso la violencia social, si no las ejercen individuos o grupúsculos, las ejercen otra clase de colectividades: religiones, civilizaciones, “identidades”… ¿Te acuerdas de cuando hablábamos de “conciencia de clase”? A los elegantes de hoy les parece ridículo hablar de esa “conciencia”, pero no de la “conciencia” (que a veces se llama “orgullo”) cristiana, u occidental, o vasca, o gay.

Tal parece que la “conciencia” de clase del proletariado se ha esfumado, sustituida por la “conciencia” de otras colectividades. ¿Y la de la burguesía (o como se llame ahora)? Pienso que la “conciencia” de la burguesía tradicional era la de una clase histórica. Esa clase se sentía justificada por haber derribado a la aristocracia y haber tomado la iniciativa en su lugar. El burgués de la sociedad industrial y colonialista se creía justificado por una superioridad no de “sangre” (o sea hereditaria) o de naturaleza (raza, digamos), sino justamente de clase. El negociante de entonces tenía derecho al lucro, al rédito, a la explotación de la mano de obra, a la sumisión de las colonias por el hecho puro y fundamental de pertenecer a esa clase, de ser en la única realidad válida, la realidad histórica, gente bien y gente civilizada. Y era una verdadera oligarquía, o sea que el verdadero poder, que sólo en parte coincide con el poder formal, le pertenecía. Bueno, pues yo creo que también esa burguesía perdió su “conciencia de clase”, sólo que no se quedó sin ninguna como el proletariado, sino que tenía otra de repuesto. La oligarquía de hoy puede salirnos a veces con que lleva la democracia y la modernidad al mundo, pero todos sabemos que bromea y ni ella misma se atrevería ahora a decir que es civilizadora o ejemplar. Los valores que enarbola son la libertad y la seguridad, pero hay que ser de veras oligofrénico además de oligárquico para no ver que cuando dicen libertad quieren decir impunidad (otra vez Berlusconi) y que la seguridad que proponen es la del gangster que siembra primero la violencia para después vendernos la seguridad. En realidad no hay más que una justificación en serio (una ideología) en la nueva oligarquía: el derecho del más astuto, versión social de la supervivencia evolutiva del más apto y que se funda, por supuesto, en la evidencia científica de ese principio, llamada en su versión metafísica “la lucha por la existencia”. Curiosamente, nuestra oligarquía es mucho menos histórica y mucho más naturalista que la de nuestros abuelos: la “lucha por la existencia” es un concepto mucho menos sutil y elaborado que la “lucha de clases”.

Puede pensarse también que esta situación es en parte resultado de las acciones de la propia oligarquía. La descolonización fue seguramente algo inevitable para ella misma: es difícil creer que si hubiera podido seguir beneficiándose sin mayores riesgos de esa situación hubiera permitido que cambiara. El crecimiento de las clases medias y el ascenso de la pequeña burguesía supongo que le resultaron también inevitables por la necesidad de ampliar el mercado. Es claro que esos dos hechos quitaron hierro a la lucha revolucionaria. Además la descolonización, realizada como siempre con total impunidad, dejó en la quiebra a esas nuevas naciones y contribuyó en gran medida a la nueva lucha (o guerra), la de “civilizaciones” (o religiones). Finalmente –lejos de mí negar tal cosa–, la transformación de la revolución en totalitarismo en los países del “socialismo real” y su derrota en la guerra fría ahogaron indudablemente muchas ilusiones. La “conciencia de clase” del proletariado iba asociada con su lucha; si la lucha ha cesado la “conciencia” se ha esfumado. Pero no la de la oligarquía, que tiene nuevas luchas y hasta guerras que ganar. Como te digo, sólo la oligofrenia puede obnubilar a un jerarca para dejarle creer que su proyecto es democrático y justo, pero en cambio la mayor lucidez del mundo le permite ver con toda claridad que los derechos del ciudadano siguen siendo como siempre el enemigo en su lucha de clases (y si no, pregúntale a Obama). Habrá que suponer que, además de oligárquicos y oligofrénicos, nuestros jerarcas son también esquizofrénicos.

Pero bueno, para decirlo en conclusión con más seriedad, creo que el reaccionario medio no es necesariamente ese millonetas sanguinario y voraz de las caricaturas, pero sí pienso que es alguien que se niega obstinadamente a ver la realidad, adoctrinado por una ideología que él mismo inconscientemente solicita y conscientemente propaga, sin duda por la desgarradora imposibilidad de confesar y confesarse que ni en Dios, ni en la naturaleza, ni en la historia puede fundar su derecho a aumentar su tajada a costa –no hay otra manera– de la tajada del prójimo. Pues tú sabes tan bien como yo que lo que está rigurosamente prohibido a la conciencia, de clase o no de clase, es exclamar “¡Porque me da la gana!”.

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