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INTRO

Una vez más visitamos el cine que juega serio, el fundamental, siempre además ameno, y esta vez de procedencia europea: ya habrá tiempo para el norte-americano, asiático o el ibero-americano.

En esta ocasión volvemos a unos de los grandes artistas del delirante último siglo, felizmente ya transcurrido: el danés CT-Dreyer. Reconozco que como gris y perseverante cinéfilo de kasposo videoclub urbano, ha sido de auténtico pecado no haber visitado antes las obras más emblemáticas de este maravilloso, ascético y simpar artista total. Puedo hasta confesar que no sólo el visionado de su cine ha cambiado mi humilde forma de entender el arte, sino también la de la vida: hasta ahí llegan los tentáculos artísticos y metafísicos del sublime Dreyer. Aunque más bien lo que han provocado en mí, ha sido reafirmarme en los principios e intuiciones por los que me suelo regir.

Tras soltar semejante sincera bravata, ya se puede intuir la punzante intensidad con la que los filmes de Dreyer provocan al visionarlos. Es la tónica en todo el mundo, según advierto en más de una reflexión cinéfila.

PRESENTACIÓN DEL FILM

En esta ocasión amenazo con “Dies Irae”, el Día de la Ira (de Dios): el Juicio Final.

Tras haber flipado como nunca con “Ordet”, y haber bufado como frenético vándalo por sentir auténtica vergüenza ajena con “El amo de la casa” a causa de su facilona, moña e impresentable demagogia, no pude resistirme al film antes mentado de tan estruendoso y coaccionador título.

ARGUMENTO

Edad-Media, un veterano pastor protestante aguarda la visita de su hijo, en compañía de su anciana madre y su sumisa joven cónyuge, desposada en segundas nupcias. Pero esta edulcorada y angélica postalita jamás puede auspiciar nada bueno, más si cabe en un film de Dreyer. La sorpresiva irrupción en la escena de una fugitiva bruja, compinche de akelarres de la finada madre de la joven esposa, desata todo el odio que soterradamente bullía en el interior de aquel, en teoría, modélico hogar.

PRIMERA TEMÁTICA: LA RELACIÓN FAMILIAR

Otra vez surge como protagónica penitencia la vida familiar en el arte de Dreyer: es su obsesión. Más si cabe atendiendo a su no grata primera biografía. Es tal su obcecación con el tema familiar, que en todos los filmes de su autoría que he podido visionar, se halla siempre latente semejante delicado asunto. Tiranteces, incomprensiones, y sobre todo, traiciones se dan lugar en las siempre tensas relaciones familiares: lógicamente nuestras vergüenzas al aire siempre provocarán rechazo por muy estrechos lazos que unan o hayan unido.

SEGUNDA TEMÁTICA: LA RELIGIÓN

Y ligada a éstas, la religión como mascarón de proa de una sociedad, en este caso cristiana-protestante, que Dreyer, sin dejar lugar a cualquier duda, nos la presenta como una autentica fábrica de crear monstruos, tal como no ceja de repetir en todas las escenas donde aparecen los infantiles coros religiosos que, como inmaculados testigos, observan silentemente cómo se va desarrollando el mundo a su alrededor con tanta barbacoa humana oficiada y a la que tan tétricamente cantan, sellada además con todas las bendiciones de un rutilante jurado cristiano. Así, con estos germinales mimbres estas criaturas conformarán su intransferible mundo futuro de inmundas miserias de una resignada e imposible redención.

TERCERA TEMÁTICA: LA BRUJERÍA

Otro tema-estrella de los muchísimos controvertidos que Dreyer toca, además mojándose, es el de la brujería, presentándonos dicha temática con una de las escenas más bellas de la Hª del cine: el momento de la huída de la artera bruja. Ralentizando el ritmo y suspendiendo todo en un bucólico y compasado letargo, vacía la secuencia de personajes mientras los gritos de alerta de la acechante patrulla inquisitorial se van aproximando, impregnándolo todo de una embelesadora y sosegada voluptuosidad.

Se trata de una escena de una belleza extrema, propia de un poeta, pues hay que recordar siempre que todo filósofo es poeta.

La sibilina bruja se nos revela como pieza esencial en todo el trascurso del film pues su alargada sombra se proyecta como fatal brújula en el discurrir de los destinos de los personajes. Sobrenaturalmente interpretada, descifrando de forma sutil toda su hipocresía y astucia, se escuda en su innegable debilidad física de anciana, para evitar a toda costa cualquier acto de punitivo ajusticiamiento. Todo es teatro oficiado por su parte:

“El mal tiene poder”

Al tratar estos temas resulta imposible no venirse a la mente la irresistible Celestina, a las inolvidables trota-conventos del Medievo español, sin olvidar jamás la estupefacta metamorfosis, otra horripilante Verschwandlung tanto física como mental, que cualquier jovencita inexorablemente sufrirá, encarnando metafóricamente esta turbadora mutación en la imperecedera y extraordinaria figura de La Celestina: de grácil y sensible flor, a bruja despiadada y calculadora. Ambas con un flanco débil que siempre las derrotará: la gracia.

Dreyer, como ya he comentado antes, no duda en mojarse en varios momentos del metraje en un tema tan controvertido como puede ser la brujería, como en los espeluznantes comentarios de la parte final:

“Siento cómo la muerte por las noches tira de mis sabanas centenares de veces”

Dreyer no sólo no evita toparse con el delicado tema de la brujería, es que no duda en ningún momento de que no exista.

CUARTA TEMÁTICA: LA MADRE

Otro tema radical del film, La-madre, siempre encima de sus vástagos, protectora e influyente, aún tratándose de un reverenciado pastor veterano, momento en el que no se nos puede ocultar cierta comicidad sugerida.

La relación madre- hijo: mucho más fascinante que la que puede mantener con la hija. Tal como se subraya en filmes tan dispares en autoría, género y tiempo como White Heat, Notorious o Roma. El vástago resulta ser la fallida prolongación fálica de la progenitora: la revancha ante una sociedad que la postró. Útero, cordón umbilical, seno, crianza: imposible ya separarles. Por esta razón el hombre siempre buscará en su mujer a su madre: sólo podrá hallarse plenamente a gusto con una semejante a la que le concibió y crió.

Así sólo ella, otra perspicaz bruja pero no emboscada por el mal, será la única que sacará la cara por su hijo en el juicio de la Inquisición. Ni el aturrullado vástago (encarnado por aquel maravilloso loco de “Ordet”), subyugado por la sugestiva carne, ni la atormentada esposa pueden dar la talla: únicamente la que nos engendra nos puede verdaderamente querer. Este es el contundente veredicto de Dreyer.

QUINTA TEMÁTICA: EL FINADO

Y como suele ser habitual en el inolvidable autor danés aparece otra adusta escena final con un muerto expuesto, de siempre tan imponente como espeluznante impacto: sacarse bravamente las vergüenzas delante de los difuntos, presentes en su tumba, tal como pudimos sobrecogernos en “Lejos del mundanal ruido”, “Molly Mc-Guire” o en la misma “Ordet”.

Dreyer resulta ser tan sádico como fundamental, por eso nos es tan imprescindible aunque sea duro, implacable e inmisericorde. Nos hace hasta un favor.

SEXTA TEMÁTICA: LA LUJURIA

Pero el soterrado tema fundamental de todo el film resulta ser la lujuria. Tal como se sinceró el pastor a su cónyuge:

“Jamás pensé en ello (el amor)”

Todo se paga. La madre ya lo anticiparía en el comienzo del film:

“Esa relación tuya sólo puede provocar bochorno”

Cada tiempo tiene su edad, aunque fastidie, deprima y sobre todo, estrese. La venganza de la víctima se materializó en cuanto supo del poder del mal, especialmente de la heredada facultad que su ajusticiada madre le legó. Mártir de una situación inoportuna e injusta, poco o nada habría que reprocharle a la supuesta villana del film. Dreyer con su persistente ataque a la sociedad la está por todo momento justificando: todas son víctimas del mismo monstruo.

CONTEXTO HISTÓRICO

El filme está enclavado en un sombrío contexto histórico, algo que rezuma de forma bastante patente en todo él: la dramática ocupación de Dinamarca por parte de las envalentonadas huestes del Führer. Fueron seguramente unos momentos muy duros para un país y por supuesto para un artista total como Dreyer, de seguro, comprometido y para nada ajeno a la trágica situación de su país, propiciada por el asentamiento de las acorazadas huestes nacional-socialistas.

COLOFÓN

Para apuntalar el artículo cinéfilo, solo diré que acudo, con ya todas mis kastañas encima, al cine de Dreyer como jamás nunca lo había hecho: tal como si fuera un sumiso cordero directo a misa. Tal como suena. Todo en su cine es de una exquisita orfebrería, tanto en decorados, vestuarios, fotografía, interpretaciones y sobre todo, la madre del cordero: temáticas.

Porque si de algo puede uno sentirse satisfecho tras visionar algún filme-capital de los que Dreyer legó a la Hª del Cine, es el del tratamiento de los temas escogidos. Nos encontramos ante un cineasta metafísico, un filósofo, muy valiente, sin temer en absoluto los chirriantes graznidos de los papagayos pusilánimes y estupidizados, a la hora de fajarse con temáticas tan controvertidas como los antes mencionados y además expuestas de forma amena, respetuosa adulta, próxima y muy asequible para el público-medio: completamente injusta la fama de difícil o cargosa del monumental director danés.

Podemos intuir por los films de Dreyer que el simple discurrir vital es sencillamente el seductor y vertiginoso misterio de la vida, en toda su filmografía además late siempre un ramalazo de inquietud existencial, de rara turbación, de extrema alarma. Y siempre la muerte como resolutiva llave, hasta purificadora, para aquel desasosegador misterio último.

Con filmes como este, la actitud íntegra de todo artista no es si no, proseguir el camino desvelado por el fascinante director escandinavo: su principal legado de Dreyer. Todo lo demás es puro humo que se disipa en el abúlico vaho de una gélida noche.

El danés santifica este joven arte de tan solo un siglo de duración, llamado Cine (con mayúsculas). Todos mis respetos y rendida admiración por una serie de films perfectos y SUBLIMES.

DIES IRAE (1943), UNO DE LOS MEJORES FILMS DE TODOS LOS TIEMPOS

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