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Stanley Kubrick apenas dirigió una docena de películas en casi cincuenta años de carrera cinematográfica, convirtiéndose así en uno de los autores menos prolíficos (exceptuando a nuestro Víctor Erice) y, sin embargo, más aclamados de la historia del cine. Una de sus primeras películas fue “Senderos de gloria” (‘Paths of glory’, 1957) que con el paso del tiempo ha devenido en una de sus más perdurables propuestas. Debido a su temática – crítica al estamento militar francés durante la I Guerra Mundial – la película tuvo un disperso y arrítmico estreno mundial (en Francia no se estrenaría hasta 1975, en España hasta 1986) que de forma indirecta contribuyó a su aura mítica y alto prestigio crítico.

Cuando hace años (con horror compruebo: veinte) se estrenó la película en España y la fui a ver al cine (era años de movimientos tipo ‘OTAN de entrada no’ y otros eslóganes incumplidos) no me pareció para tanto, creía estar ante uno más de los muchos falsos mega-prestigios del exilio y la distancia. Ahora cuando la he revisado en DVD he cambiado por completo de opinión: es una de las grandes películas de todos los tiempos, imprescindible, imperecedera, un estudio pavoroso de la crueldad humana, de la falta de empatía, del abuso de autoridad y la sinrazón bárbara de las castas y gremios dirigentes. Encarnado en este caso por el estamento militar.

Primera Guerra Mundial. Francia, 1916. El alto Estado Mayor establece la importancia estratégica y propagandística de la toma de una colina (llamada ‘Colina de las Hormigas’ – y no de forma irónica porque es un episodio real). Ante el señuelo de un ascenso inminente, el general responsable de lanzar el ataque vence su inicial resistencia a lo que intuye una empresa estéril. A su vez pasa la orden al coronel al mando de las tropas que deberán realizar el ataque suicida, quien se acabará doblegando pese a su frontal rechazo a la maniobra. El no por anunciado menos estrepitoso fracaso tendrá como colofón una farsa de consejo de guerra donde se juzgará a tres soldados como escarmiento individual de la supuesta cobardía de todo el regimiento, con la pena de muerte como correctivo ejemplarizante para mejorar así la moral de la tropa.

Los que han aclamado esta película como un paradigma del cine pacifista o antimilitarista le han hecho un flaco servicio, porque la película no sólo es eso, sino que es mucho más. Sobre todo es un estudio sobre las relaciones de poder: quién lo detenta, cómo hace uso o abuso de él, cuáles son los objetivos personales que persiguen, cuales son las justificaciones sociales, políticas o patrióticas tras las que se escudan, etc. Una radiografía de la marrullería del mando en su sentido más amplio y descarnado, ejemplarizado aquí en ‘la jerarquía militar’ y su total desconexión con las personas que forman su equipo: la tropa, es decir, las personas a su mando. Ahora no son los militares los que disponen sobre la vida de los demás, sino los políticos, pero no todo el mundo hace esa analogía y se queda en la superficie: ese antimilitarismo fallero y buenista que critica blanda y cobardemente al árbol caído pero no a los que actualmente detentan el poder.

Stanley Kubrick traslada aquí de forma magistral esa compleja realidad de forma clara, directa y concisa, con una capacidad de ir al grano que fue perdiendo con el paso de los años y las megalomanías presupuestarias. “Senderos de gloria” sirve de catálogo de las mejores virtudes de su director (la perfección del acabado formal y técnico, la creación del contexto exacto e ineludible en que se mueve y vive cada uno de sus personajes, la seducción y coquetería visual de sus imágenes), pero también deja entrever algunos de los defectos que acabarían por devaluar algunas de sus posteriores incursiones (la ampulosidad y grandilocuencia de las imágenes, la falta de sutileza de los diálogos, el excesivo formalismo cerebral en detrimento de las emociones, el concepto antes que la historia, etc.). Pero el conjunto es excelente, extraordinario. Pocas veces se ha visto mejor retratada la cafre guerra de trincheras como en este filme. Ni mejor representado el brutal contraste entre la exquisita vida de los dirigentes y la enfangada realidad de los dirigidos.

Mención singularizada merece todo el gran reparto y muy especialmente un admirable Kirk Douglas (alma financiera del proyecto al producirlo), el untuoso, corrupto y sibilino Adolphe Menjou, George Macready en una repugnante e inhumana composición como la encarnación del mal, la arbitrariedad y el despotismo, hasta llegar a un Ralph Meeker mártir. La fotografía de Georg Krause, tema siempre mimado por Kubrick, se incrusta en la retina y deja la indeleble huella de habernos hecho visualizar el infierno terrenal.

Se podría hablar largamente de esta película que merece con toda justicia el por lo general inflacionario calificativo de Obra Maestra. De imprescindible visión, muy recomendable, muy necesaria, sencillamente genial. Obligatoria en toda videoteca y circunstancia.images8.jpgimages8.jpgimages8.jpgimages8.jpg

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