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En un bar, no muy al uso ya de antaño, o que más bien es una habitación
conformada por algo parecido a un mostrador sombreado por una luz
eléctrica de baja efusión, tres jóvenes piden unos botellines; beben
agarrando estos con sus manos visiblemente destrozadas de heridas y
cortes. Las uñas ennegrecidas , con alguna que otra naciente tras la
última herida. Los tres saben perfectamente de donde vienen, los tres
compañeros tienen sueños parecidos y los tres hermanados conocen
perfectamente quien es el que impide que estos se realicen.. Don
Saturnino, el propietario del taller de cerrajería general, y para
ventanas, cristales y puertas en particular. Les hace trabajar catorce
horas diarias, y es su jefe quien se lo lleva “crudo”; el único que le
pone algún freno es el “Marce”, el encargado, el que sabe solucionar
todos los problemas y que además te enseña cómo hay que trabajar.
Antonio, el que parece más listo y el más preparado, porque está
completando un curso de mecanografía y contabilidad por la noche en el
Instituto Central Nacional de Enseñanza (llamado El Nacional, que se
añadió hace treinta años y está a punto de desaparecer en seis ), es el
primero que abandona el taller de tortura, para sentarse en la Oficina,
junto al despacho de Don Saturnino. Ahora es quien le lleva los papeles
y las Cuentas. Está sorprendido de la cantidad de cosas que hay que
preparar, y menos mal que todo se lo ordena la gestoría Medina, además
de las órdenes de Don Saturnino. Empieza a entender lo que es la
denominada ingeniería financiera, fraude a la Seguridad Social,
liquidaciones de I.T.E., que son inventadas, al igual que las ventas son
ocultadas y fingidas. Pero al que se le dice la verdad es al señor
Rodríguez del Banco Popular.
Pedro, es el que mejor trato tiene, es guapo y parece mejor dispuesto.
Don Saturnino ha notado que cuando va con él a visitar a los clientes,
obtiene buenos contratos. Aparenta que sabe de todo, aunque sus
trabajos, siempre los tiene que repasar el “Marce”, porque no están bien
acabados. Parece como si terminar fuera más importante que hacerlo bien.
El encargado le tiene bajo presión y vigilancia, están todo el día a
voces y tirándose patadas, ya que el “Marce”, tiene también sus
defectos, el pulso y la vista parece que empiezan a fallar. Sólo su
paciencia y su amor por el trabajo bien realizado, le salva de algunos
errores que antes los veía y ahora no.
Carlos, reconoce haber aprendido todo de “Marce”, la forma de andar, la
forma de fumar y hasta la fórmula de arreglar los problemas. Está
condenado y ungido con el “tú serás el encargado en cuanto me jubile”.
Tienes unas manos y una paciencia, que me recuerdan a las mías y a mí de
hace treinta años. Todas estas palabras, le animan a seguir imitando al
encargado, hasta en la forma de beberse los botellines. También ha
heredado un gusto por el Partido y por CCOO, que el “Marce” le ha
inculcado cuando, de vez en cuando, cambia el botellín por el anís del
Mono y se pone filosófico trascendental .
En las primeras elecciones, dos de ellos votaron al PCE y uno al PSOE, y
hablaban de sus líderes con cariño y respeto. De los franquistas y
centristas, hablaban con sorna y desprecio. Lo que se oía en aquel
maldito bar, era la expresión, “Ya veréis cuando ganen los míos”. Pero
acontecimientos más terribles, vinieron a perturbarles. Según Antonio,
las cuentas de la Empresa, no salían bien. El Banco, apretaba más a Don
Saturnino y este por culpa de la competencia, estaba bajando los
precios, de forma que se perdía dinero. Pedro que es más impulsivo, ya
le ha amenazado varias veces, con irse con la música a otra parte, que a
él no le faltan ofertas y como no tiene hijos, pues que nada, que cuando
quiera, le prepare la cuenta, que se marcha. Carlos les mira con
desesperación, dos hijos, una suegra y una cuñada soltera, en un piso de
San José de Valderas, de 60 metros cuadrados y sin ascensor. ¿Cómo va a
pagar las letras del piso, si Don Saturnino cierra?. Antonio dice, que
Don Saturnino, aguantará hasta que le llegue la Jubilación. Como el
taller es personal y no ha constituido ninguna sociedad, él sabe de
buena tinta, que en cuanto cumpla los 65 años, cierra el negocio y los
pone a todos en la puta calle, sin indemnización alguna, por jubilación
de empresario.. Antonio, busca ayuda en la botella, para intentar
explicar a su mujer que ese piso en Alcobendas, era un sueño erótico,
pero irrealizable. Lo que ellos no saben es que el más débil es Pedro,
su agresividad es cobardía y su mujer ya le ha puesto las maletas en la
puerta de la calle y alguna noche ha tenido que dormir en el coche, en
ese maldito Simca 1.000, con palanca-lanza de cambio.

Han pasado veinte años desde que Don Saturnino cerro por jubilación, los
tres amigos, después de un tiempo juntos, han emprendido caminos dispares.
Carlos tiene un taller con tres ecuatorianos, un árabe y dos polacos.
Todos están mal, sin papeles y por eso puede dar ofertas interesantes.
Se ha liado con una colombiana quince años más joven. Su mujer y sus
hijos, sólo hablan con él, el día de Reyes para pedirle más dinero, más
regalos y si pueden hablar con la hija de su amigo Antonio, el concejal,
para poder ir estas vacaciones a la isla de Formentera, aprovechando la
campaña que tiene el Ayuntamiento de Acompaña a un mayor y te salen las
vacaciones gratis.
Pedro murió lamentablemente en un accidente aéreo, por Filipinas. Fue el
que más dinero ganó, el que más se corrompió, con la droga y el sexo. Su
mujer le abandonó por un profesor de tenis brasileño y éste se dedicó a
tirarse todo lo que tenia faldas. Los políticos empezaron a desconfiar
de él y se alejaron, excepto los viejos pervertidos, que viajaban con él
a Filipinas. Fue el que convenció a Antonio, para que entrara en el
Ayuntamiento de Alcobendas, con un partido independiente y que sonara
muy rojo y muy de Alcobendas. después pactó con el PSOE, luego con el
P.P. y ahora, dicen las malas lenguas de la calle Génova, que puede
llegar al Senado.
Antonio, vive una historia de conveniencia, con su mujer y su hija.
Verdaderamente, hace tiempo que se lió con su secretaria y todos saben a
lo que están jugando, nadie, por ahora, ha sacado los pies del tiesto.
Tiene sus asuntos sucios, tales que, entre otras muchas otras, como que
todas las puertas, ventanas y cristales, hay que comprarlos al taller de
su amigo Carlos, sin discutir precios, plazos y pagos.
De vez en cuando, Carlos toma el camino del Taller de Don Saturnino, en
la calle Vizconde de Matamala y busca entre las torres de pisos, algo
que le recuerde el polígono Industrial, que era cuando empezó a
trabajar. Sus manos y uñas, son el recuerdo vivo de lo que era y se
encuentra escondido trás un buen traje, una buena peluquería y el
Mercedes que le regaló Pedro, una noche de juerga, después de un
pelotazo en la Comunidad, gobernada por el P.P. y naturalmente corrupta.
En un bar atendido por dominicanos, casi en la antigua plaza de Manuel
Becerra, pide Anís del Mono, la chica joven y mulatona, no sabe si la
está insultando o si no puede quitar los ojos, de sus enormes tetas.
Aclarado el tema del anís, sólo tienen Chinchón, le vale, para el dolor
de alma, para brindar por sus amigos y por “Marce”, el único que siguió
votando al PCE. Ellos votan al P.P., eso sí, con anís del Mono.

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