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A este hecho, sorprendente para mí, se une otro, de distinta índole, deparado por el azar. Voy a ocupar el sillón Q mayúscula, que durante muchos años alojó a Camilo José Cela.

Conocí a Camilo José Cela en 1946 en el Café Gijón, donde yo, en una de las mesas, traducía, de la mano del insustituible Slaby-Grossmann, a un autor alemán muy sobresaliente por entonces en mi disciplina: Viktor von Weizsäcker (5) . Todos los días, sin faltar uno, llegaba Cela hacia las cuatro de la tarde. Era imposible no verle desde el momento en que, apartando con la mano izquierda el pesado cortinón de cuero acolchado de la puerta, entraba solemne, pausadamente, y se dirigía a la derecha y al fondo, hacia su tertulia. Era de los últimos en llegar. Solían estar allí José García Nieto, Víctor Ruiz Iriarte, Salvador Pérez Valiente, alguna vez Juan Antonio Garcés, Pedro de Lorenzo, Eugenia Serrano y algún que otro actor de teatro y cine. Cela no dirigía su mirada a las demás tertulias, la de Buero Vallejo, la de Ledesma Miranda, a pocos metros de la suya. Iba directamente hacia su grupo y se sentaba en el lugar de siempre. Había publicado ya La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (este último no había sido del agrado de los PP. Jesuitas de Madrid, y se lo hicieron saber en un artículo de una revista editada por ellos y que yo leí. Se titulaba, como una admonición, “Un libro que no nos gusta”).

Cela era ya, permítanme la expresión, de bronce. Pasó al bronce sin el intermedio del barro o la escayola. Era de bronce, desde luego, en su morfología, pese a ser ésta, por entonces, más bien escuálida; y lo era en su voz, una voz de bajo profundo (si hubiera sido cantante hubiera hecho a la perfección esa escena sobrecogedora de la muerte de Boris Godunov, en la ópera de Moussorsky). Su palabra, emitida además con voz tronante, resultaba, por su propia sonoridad, indiscutible. El habla, como la escritura de Camilo José Cela, eran ya contundentes, y esa es la razón de que su identidad como personaje del universo literario que le tocó vivir, y que él mismo contribuyó a configurar, alcanzara proporciones inusuales.

Un día trabajaba yo en una mesa junto a la que él ocupó al llegar. Algunos de sus contertulios se habían marchado. En un determinado momento, mirando hacia mí al tiempo que yo me enderezaba por unos segundos, me habló de esta manera: “¿Puedo preguntarle, joven, si no es indiscreción, qué es lo que hace usted tan afanosamente?”. Le dije lo que hacía. A continuación me espetó, sin duda no solo a mí, sino a una multitud imaginaria: “Me parece muy bien que trabaje. Como usted sabe —y si no lo sabe, se lo hago saber yo—, este es un país de holgazanes; aquí no trabaja ni Dios, porque el que trabaja es considerado imbécil. Siga trabajando”. No me habló más. A todo esto, debo advertir que Camilo José Cela tenía seis años más que yo, es decir, veintisiete, pero se dirigió a mí desde una mayoría de edad representada a la perfección. Luego nos encontramos bastantes veces más, en Madrid, en Barcelona, incluso en Córdoba, en donde ya vivía yo. Le seguí al principio con regularidad en su vida de escritor; luego, no tanto.

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”.

Con estas palabras, que inicia el Pascual Duarte, Camilo José Cela se inició a su vez en la literatura, y saltó directamente hacia los clásicos. Esa fue, creo yo, su vocación: ser un clásico. Lo es, desde luego, en Viaje a la Alcarria, pero también consigue serlo en una novela tan experimental en estructura y diseño como La colmena, que él mismo presentaba como “un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre”. Hay en Cela una consciente asimilación de nuestra mejor tradición narrativa, desde la picaresca y Cervantes hasta Baroja y Valle-Inclán, que fecunda su potente imaginación verbal para crear una escritura absolutamente suya, en la que nos sorprende la combinación insólita de tremendismo y lirismo, de expresionismo y melancolía.

Camilo José Cela fue un constante y compulsivo trabajador, como lo demuestra su amplia y diversa producción literaria. Seriamente comprometido con la literatura y siempre en “mantenida pelea” con ella, nunca se conformó con lo obtenido. Desde Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid, publicada en 1969, pasando por Oficio de tinieblas 5 o Cristo versus Arizona, Mazurca para dos muertos hasta Madera de boj, de 1999, hay una sostenida búsqueda de nuevos caminos expresivos para dar forma a visiones de la realidad que ya no pueden acomodarse a los viejos modelos del realismo tradicional. Cada novela parece un desafío a sí mismo, a sus facultades como narrador, pero también un desafío al propio género, a sus límites y convenciones. “La novela”, dice Cela, en Palabras para Madera de boj “es un género que no se acaba de escribir jamás y como la vida y el amor y la imaginación no se está quieta hasta la muerte”.

Tampoco sus lectores pueden vivir de rentas. El abandono de la trama cerrada, y lineal, que pone orden y argumento en el caos indomable de la vida, y su preferencia por estructuras fluidas y abiertas, siguiendo, como ha señalado Víctor García de la Concha, en el prólogo a Madera de boj, el patrón combinatorio de la salmodia o la letanía (como ocurre, por ejemplo, en su última novela), rompe nuestros hábitos interpretativos y nos obliga a ensayar otras vías de lectura y comprensión.

La calidad de la aportación de Camilo José Cela a la tradición literaria española y al patrimonio de la cultura universal quedó justamente reconocida con la concesión del premio Nobel.

Quiero añadir algo más. En la década de los cincuenta, Cela fundó Papeles de Son Armadans. Podía haber sido una revista literaria más. No lo fue por muchas razones, y una de ellas la marcó de manera indeleble. En Papeles de Son Armadans hubo por primera vez, tras nuestra bárbara guerra incivil, un lugar para la literatura del exilio, un sitio para el escritor exiliado. Los que seguimos desde el principio el itinerario de esta revista vimos este gesto con estupor: ¿podría sobrevivir?; luego, lo agradecimos. La presencia de los exiliados no fue solo un acto que enriqueció a la revista y a sus lectores. Fue, también, un destacado acto moral, y me complazco en subrayarlo.

En una obra tan extensa y varia como la de Cela cada lector puede encontrar su lugar y elegir lo que más le complace según sus preferencias. Yo me quedo con el que considero mejor, con aquel que, como con mis clásicos, cada vez que me aproximo y lo releo aprendo a sentir el mundo y los seres que lo habitan de una forma insospechada. Recuerdo ahora la impresión que me produjo la lectura de un breve relato suyo titulado “El hombre al que se le vació la cabeza”, y que se publicó, en 1995, en El Extramundi, la revista que Cela fundó y dirigió al amparo de la Fundación que lleva su nombre en Iria Flavia. Transcribo, como final de esta semblanza, un fragmento:

“La lluvia lava los cristales de las ventanas; a veces, sobre todo al principio, en vez de lavarlos, los mancha con unos churretones pálidos y grises, que parecen las arrugas que se le pintan alrededor de la boca a los hombres con la cabeza vacía. Dentro de la cabeza, igual que dentro de los montes, duerme el agua que lava la memoria y que va vaciando, poco a poco, la cabeza. Hay quien no se da cuenta, y hay quien sí. Estos son los que lo pasan peor.”

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