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Suele decirse que las ciudades crecen hacia el poniente. Madrid no en lo que toca a la ciudad material pues, para mí al menos, la espiritualidad si crece hacia el poniente. Desde la baranda de piedra de la Plaza de la Armería veo, proyectarse una fantástica ciudad sobre el ocaso. Está inflamada, llena, alta y por sus inmensas avenidas veo sombras familiares que han sido y que serán. Este Madrid posible del poniente será el de mis respetos y mis ponderaciones, el Madrid en que podrá elevarse la única cúpula de la idea pura dorada por el sol que se despide para volver.
Frente al cielo carminoso que el arco corta y eterniza en la visión como un gran cuadro clásico, mi amigo invisible y yo miramos la lejana sierra azul y el verdor cobrizo de la Casa de Campo, y El pardo por donde silba, yéndose, el tren.
El Madrid posible –digo a mi amigo señalando un mar crepuscular de bellezas acumuladas.
Luego, lentos, ya melancólicos, volvemos al Madrid imposible.
Juan Ramón Jiménez

De entre las ciudades capitales pocas debe de haber tan habitual y
pertinazmente calumniadas y menospreciadas como Madrid. Lanzar diatribas
contra ella parece en algunos, si no casi manía, si cuando menos una
afición curiosa y desahogante de extrañas y ocultas pulsiones. En el
mejor de los casos, y aún a regañadientes, suelen reconocerle como única
virtud la transparencia azul y pálida de su cielo, una alabanza que, sin
embargo, entraña en realidad de nuevo la negación. Como esos defensores
de localidades poco afortunadas que, al verse acorralados y no dar en
ellas con nada merecidamente destacable, recurren al encanto de los
alrededores, quienes de una ciudad sólo salvan su cielo incurren en
nueva condena, puesto que el cielo, como los alrededores, es lo ajeno,
lo que está fuera de ella, la no ciudad. Hecha capital por decisión de
un monarca reconcentrado y esclavo de la simetría, Madrid ha padecido
desde ese mismo momento fundacional no sólo las contradicciones e
inconvenientes objetos que su ubicación natural tuviera o pudiera tener,
sino también y principalmente, el de ser convertido para toda nuestra
tradición crítica y la abundante cosecha de nuestros descontentos en
símbolo de un estado insuficiente y una Historia que, en palabras de
Jaime Gil de Biedma, siempre acaba mal.

Con la nueva Restauración, y su necesidad para asentarse de un reparto
de poder entre las élites provinciales, se hubiera podido creer que
Madrid estaba condenada a convertirse en un lugar secundario, centro
disminuido de un Estado políticamente vegetativo. De que no ha sido así
hay pruebas abundantes, y de entre ellas las más obvias se encuentran en
los gritos de alarma (Madrid se va) que de entre algunas de aquellas
élites vuelvan a salir desde hace un tiempo, además, cómo no, del
arrecio de insultos y acusaciones por unas supuestas culpas que
desaparecerían o aminorarían su tono en cuanto la ciudad renunciase a
unas pretensiones que al parecer no se merece. Otras sí que parecen
merecerlas, Madrid no. Al margen de esas disputas, es lo cierto que
tradicionalmente la ciudad no ha sabido, o no ha podido, proyectarse
hacia el exterior con una imagen convincente que, si no acallara, por lo
menos dificultara las fabricadas por sus contrarios. De Benito Pérez
Galdos a Baroja y de Valle-Inclán a Cela o Luis Martín Santos, el Madrid
recreado por la literatura tiene poco de atrayente, con su cortejo de
miserias y fracasos, expresión a su vez no sólo de una realidad
hiriente, sino también y a la vez del desajuste social en que vivían
esos autores. En este sentido, la burguesía galdosiana del “quiero y
no puedo” sería portavoz y encarnación no solamente de su clase, sino
también de la propia ciudad, que intentaba cumplir con un papel para
cuyo desempeño carecía de recursos suficientes. Y si de la literatura
pasáramos al cine aún peor lo tendríamos, siempre, y hasta ahora mismo,
anclado en un costumbrismo pobretón y redundante.

De París se ha dicho que es una ciudad inventada y elevada a la
categoría de mito por los grandes novelistas y folletinistas franceses
decimonónicos. Pero es que detrás, respaldándoles, había una sólida
continuidad histórica que iba desde una espléndida Edad Media al hecho
decisivo de la que es la Revolución por antonomasia. Al menos hasta la feliz fecha de octubre de 1917, en otro lugar y otra modernidad no menos esplendorosa, Petrogrado, o la ciudad de Pedro el Grande, donde se ubica la Estación de Finlandis, punto de llegada y de partida del nuevo siglo, el XX (1917-1989), que ya se nos fue. Madrid, en cambio,
y por referirnos a lo más inmediato, pasó de ser brevemente “capital
de la gloria” a ser durante decenios centro y referente de un poder ominoso.

En dirección contraria a esos lastres largos e inertes quiere orientarse
/el nuevo Madrid, escapando conscientemente de unas imágenes tópicas y
casticistas cuya función identificadora se ha demostrado estéril y hasta
contraproducente. Como toda elección, la suya es significativa, y, como
también suele ser lo habitual, la intención originaria y motriz se
localiza tanto o más en lo descartado que en lo elegido. Si bien puede
encontrarse una línea de continuidad histórica, que sin embargo no tiene
su arranque de más allá de los últimos años del siglo XIX y los primeros
del XX, no es el pasado lo destacable, lo que se subraya, sino lo nuevo
o lo que será novedad, y aun si es pasado, el tratamiento que se le da
le confiere un aire de intemporalidad. El proceso que desde Atocha
conduce a la parte alta de la Castellana quiere representar no sólo un
ciclo largo y fluctuante de acumulación y concentración urbana, política
y económica, sino sobre todo una idea de ciudad tan distinta que acaba
tornándose en la negación de la otra, de la crónicamente asumida.

A la ciudad estática, amurallada por tapias y tópicos, se opone en el nuevo Madrid, la urbe abierta, sometida a una mutación constante, una ciudad
regida por la velocidad, señoreada por las máquinas, hecha y deshecha en
movimiento acelerado por ellas y para ellas, como esa enorme grúa que al
modo de guillotina asoma por detrás de la vieja estación de Príncipe
Pío. Transformación permanente que toma la realidad fantasmagórica,
huidiza e inaprensible. Mundo en el que la quietud supone vacío, muerte.
Abstracción creciente que alcanza su acabada formalización en el plano
general urbano del nuevo Madrid, sólo cuadrículas, rectas que se cortan, y
círculos expansivos de un campo gravitatorio de fuerzas impersonales e
ineludibles como las leyes físicas. La ciudad, renunciando al halago y
la complacencia, ensimismada y desentendida, ya sólo aspira a imponerse.

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