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Epílogo”.

! Cortesanas,
Bandidos, también brindáis

Alegre el corazón, he subido hasta el monte
Desde donde se observa la ciudad por entero,
Hospital, purgatorio, celda, infierno, prostíbulo;

Donde todo lo atroz como una flor florece.
Tú bien sabes, Satán, patrón de mis angustias,
Que no subí allá arriba para llorar en vano.

Mas cual viejo lascivo con una vieja amante,
Embriagarme quería de esa enorme ramera
Que me rejuvenece con su encanto infernal.

Ya duermas todavía en los lienzos del alba,
Pesada, oscura, enferma, o ya te pavonees
Con los velos nocturnos bordados de oro fino,

¡te quiero, ciudad infameplaceres
Que el profano ordinario no llega a comprender.

Charles Baudelaire

Desde la línea de cimas ascendente Guadarrama-Navacerrada-Somosierra,
cual muro almenado de pequeños asentamientos, algunos fantasmales, otros
aún habitados, hasta la cota del renombrado ampulosamente “Cerro de los
Ángeles”, ubicado unas decenas de kilómetros más al sur, y siendo este
accidente la atalaya de su corazón regional, remansa -ciertamente no, ya
no es así, y este es precisamente el tema que interesa y ocupa a este
escrito- la Villa de Madrid, capital de las Españas desde 1561, si bien,
todo hay que decirlo, con alguna interrupción de ida y vuelta. Ni aún
eso siquiera, Villa de Madrid, sigue siendo exacto, ya que
indubitativamente. Madrid sólo puede aspirar y atribuirse la categoría de
ciudad, de gran urbe, con todos los “atributos” personales y vitales
–ensanche urbano, revolución industrial, centro financiero, foro de
decisiones políticas y jurídicas de ámbito nacional e internacional,
foco de irradiación e influencia cultural y de creación artística, es
más, aquello que parece mucho más accesible pero, sin embargo, mucho más
arduo de alcanzar, crear e imponer su mitología propia, su épica local
transcendente, capaz de proyectarse al resto de los lugares, centros y
personas.

Otras ciudades supieron y pudieron conseguirlo con antelación en
momentos históricos más gloriosos, Roma, París, Londres y, más cercano
en el tiempo, Nueva York. Ningún ciudadano ignora en la actualidad lo
propio de cada una de estas ciudades, aun sin haber hollado camino
alguno, cercano o de paso.

Madrid forma ya parte, finalmente, de esa red de sitios sin lastres
agobiantes, con magnífico porvenir. Aun así y todo sería imperdonable
olvidarse de lo más personal y vivo, de aquello que compone la sangre y
carne de ese cuerpo que es la ciudad; el pueblo de Madrid, sus gentes,
sus menestrales, sus hacedores, sus moradores, aquellos que la sustentan
con sus quehaceres diarios, afanes permanentes. Ha ya muchos lustros que
conquistaron, no ya el derecho, sino el reconocimiento, de gran pueblo
ante el mundo, tempranamente en los albores del siglo pasado, por su
actuación histórica en momentos críticos y agónicos. Hechos generalmente
impuestos por deficiencias crónicas y ajenas a su cuerpo, hasta el
propio presente por la vitalidad actual, aunque sean tiempos más
adormecidos. En este punto no es preciso reivindicar nada, Madrid anda
sobrada desde el 2 de mayo de 1808.

Esto mismo, ni más ni menos, tan difícil de captar en su universalidad y
fusionándose en su particularidad, intenta mostrar, reflejar,
aprehender, encerrar en definitiva de forma viva y sintiente, las
formas arquitectónicas que se yerguen en su geografía herida, cual almenas modernas.
De manera significativa se puede partir de un lugar –el emplazamiento de la
estación de Príncipe Pío, primera estación madrileña de ferrocarril y
punto de partida de la primigenia línea de hierro mesetaria- y
desplazándose en sentido contrario a las agujas del reloj, se llega a la Castellana, en su extensión hacia el norte, ahí donde el centro financiero señorea la ciudad.
Madrid no gira ya sobre un centro, antaño foro de la Villa,
sino sobre ese eje sur-norte, Atocha-Castellana, de concepción moderna
de gran ciudad, que se expresó en el llamado “Madrid se va”,
ciertamente, pero es que se va sobre sí misma, permaneciendo sobre sus
pies, sus fundamentos. Como resumen y síntesis final,
más conceptual, global, refleja esa idea; plano de sus cimientos –el
metro- de sus miembros –las entradas y salidas de la ciudad- y de sus
alas para despegar, que a su vez va girando sobre sí mismo, en su vuelo y
desarrollo.

Cual obra fáustica permanentemente destruida y reconstruida, Madrid, por
fin alcanza tal categoría como realidad perceptible para propios y
extraños y se proyecta así, que en definitiva es la única forma moderna
de ser, vivamente, como expresa la rotunda “todo lo sólido se desvanece
en el aire” plasmado por el mayor genio nacido en el seno de la
Humanidad (Karl Marx). Retomando la idea inicial, Madrid ciudad, sin ser
identificada plenamente, es, sin embargo, reconocible en algún espacio,
si bien se confundiera con cualquier otra ciudad en el discurrir
cotidiano de sus habitantes, en el tráfago de éstos, en su vida diurna y
nocturna. En definitiva el pulso constante de ese gran estómago y
también corazón que lo es, y palpita. MADRID.

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