iu1.jpgim1.jpgimages1.jpgEn el artículo aparecido el pasado viernes 23 de mayo 2008 en La Jornada Jalisco, Jorge Rocha plantea reflexiones interesantes sobre lo que sucede actualmente con la izquierda, tanto a nivel nacional como internacional. En varias de ellas coincido plenamente, pero en otras discrepo. A sabiendas de que Jorge es un gran conocedor del tema, me arriesgo a plantear algunos puntos de debate con el mejor ánimo de contribuir a la comprensión en común. Concuerdo con el hecho de que los partidos de izquierda, particularmente el PRD en México (pero también muchos otros en América Latina, África y Europa occidental), no agotan el pensamiento de la izquierda. Es real, desde inicios del siglo XX, particularmente en la década de los 30, los partidos de izquierda comenzaron a consolidar una estrategia institucional que los separaba de distintos movimientos populares: un amplio espectro de pensamiento, desde el anarquismo, el sindicalismo, hasta los movimientos revolucionarios de liberación nacional, quedaron fuera de su estrategia; si bien formaron alianzas en diversos momentos. Por espacio de unos 40 años y hasta las grandes movilizaciones de clases medias y urbanas que se dieron en 1968, prácticamente todos los partidos de izquierda obtuvieron éxitos importantes por la vía de su asimilación a los sistemas de partido, gobernando durante algunos periodos dentro de los propios países del bloque capitalista (esto se puede decir, incluso para el caso nacional). Pero su éxito dependió, precisamente, de aprender a jugar un rol de estabilización para el sistema. Los partidos de izquierda fungieron como el ala moderada de los movimientos revolucionarios; su contribución fue intercambiar las vías institucionales (electorales principalmente) frente a una reacción social que era más radical y con propuestas más desintegradoras.

En ese sentido, el partidismo de izquierda encabezó las demandas sociales por la ampliación de los servicios públicos (empleo, educación, salud, vivienda, etcétera) y más allá, capitaneó las exigencias de una soberanía estatal efectiva y el derecho de los pueblos a un desarrollo económico nacional. Así, estos partidos de alguna forma monopolizaron lo que hoy entendemos como “la izquierda”, pero a costa de asimilarse a propuestas liberales como el keynesianismo; aun cuando mantenían la línea de protesta contra la acumulación capitalista (no olvidar el importante papel crítico que jugaron las teorías de la dependencia y del desarrollo endógeno, promovidas por sectores de la izquierda partidista en América Latina, con el afán de que los países del tercer mundo potenciaran sus capacidades internas y fortalecieran a sus sociedades frente a la explotación de los países desarrollados). La idea era que, por la vía institucional y por la ampliación de los servicios estatales, algún día la revolución llegaría a todos los pueblos: lo que la izquierda partidista había iniciado, según su propia interpretación, era la toma de una parte del pastel que prometía el socialismo (incluso el socialismo revolucionario), pronto tomarían el pastel completo por la vía institucional y el socialismo se haría realidad.

Pero esta situación ha cambiado, durante el periodo 1968-1989 presenciamos el descenso de la izquierda concentrada en partidos políticos. El fin del bloque socialista fue también el fin de los equilibrios de poder en el mundo moderno (es decir, el fin de los pactos políticos estabilizadores del sistema capitalista) que se dieron entre conservadores, liberales y socialistas, cuyos efectos sentimos hasta el día de hoy. Esto coincide con lo que Jorge Rocha también menciona: la crisis de los partidos de izquierda es la crisis de todo el espectro político e ideológico que hemos conocido y que va de derecha a izquierda, pasando por el centro liberal. Todo está en crisis porque el capitalismo, ahora plenamente globalizado, en su afán de acumulación incesante, ha generado la peor situación de exclusión y marginación en la historia humana, a la vez que ha provocado la mayor concentración de riqueza en pocas manos de la que tengamos memoria histórica (50 millones de las personas más ricas del mundo, suman el mismo ingreso que 2,700 millones de las personas más pobres, en cifras globales). Por lo tanto, la izquierda partidista ya no puede responder a la multiplicación de demandas sociales que rebasan no sólo a las ideologías modernas y al Estado, sino que se contraponen a la lógica con que se construye la economía mundial. El sistema se encuentra sobrecargado y ha aparecido el neoliberalismo como nueva fuerza transnacional que articula a las elites del poder global. Pero si la izquierda partidista, que monopolizó por muchos años el discurso de izquierda a nivel mundial, está en crisis, ¿no es esto una crisis de la izquierda en general?

Primer punto de debate: ante la pregunta anterior, Jorge argumenta que no hay crisis general de la izquierda, que plantearlo así es una exageración que no corresponde a la realidad, ya que existen diversos movimientos de la izquierda no partidista, actuando en distintas partes del planeta. Al respecto, diría lo siguiente: unas y otras izquierdas (partidistas y no partidistas) están vinculadas entre sí; la prueba es que por muchos años las fuerzas moderadoras de la izquierda partidista lograron contener a las otras corrientes más revolucionarias (si bien no totalmente, sí con una fuerza suficientemente efectiva); lo que me parece que está sucediendo es que, una vez quitado el dique moderador de la izquierda partidista, las otras corrientes se están abriendo paso en cascada, de tal modo que avanzamos a un escenario de confrontación más profundo entre las fuerzas que apoyan el sistema de acumulación global y las fuerzas contrasistémicas, que buscan desintegrar al primero. El problema es que, en medio de este proceso, las izquierdas no partidistas han perdido gran parte de su discurso ideológico y por lo tanto de su estrategia e identidad a manos de las estrategias partidistas de la propia izquierda. Esto es una crisis histórica: el vacío de proyecto ideológico, y esto está más allá de que existan movimientos nuevos centrados en la justicia social.

El asunto es de matiz y de prospectiva en el tiempo, Jorge señala: “no podemos hablar de una crisis de la izquierda, más bien estamos frente a un replanteamiento de objetivos y formas de hacer política, estamos ante un diálogo que incorpora y afina el pensamiento de izquierda a través de su confrontación con otras corrientes de pensamiento asociadas a movimientos sociales poco visibles hasta hace algunos años, como el movimiento indígena por ejemplo, o procesos sociales de nuevo cuño”. Pero para ninguno de esos procesos sociales de nuevo cuño, que propone Jorge, hay claridad de pertenecer a una identidad histórica llamada “izquierda”. Varios de los ejes sobre los que la izquierda construyó su análisis ya no son capaces de aportar una estrategia común: la lucha de clases, por ejemplo, no describe la multiplicidad de demandas y sentidos alrededor de los cuales se agrupan los movimientos de nuevo cuño (indígenas, ambientalistas, consumidores responsables; movimientos de género, de culturas alternativas e incluso movimientos civilizatorios no occidentales), que si bien tienen como constante las demandas de justicia y la crítica al sistema, se sienten fuera de la izquierda histórica. En el planteamiento de Jorge Rocha, parecería que la izquierda está frente a un momento de ajuste (si bien severo, pero al fin y al cabo un ajuste), lo cual le da posibilidades de reconstitución en el tiempo.

Pero me parece muy difícil que las estructuras construidas en el tiempo por la izquierda (en sus dos vertientes históricas más concretas, como lo fue el llamado socialismo real, principalmente soviético y la propia estrategia partidista en Europa, África y América Latina) puedan reconstituirse dialogando con los movimientos de nuevo cuño. Preveo más bien una ruptura entre ambas, que en muchos sentidos no es deseable (sobre todo por la parte violenta que podría desatar), pero en otros sí (ya que develaría las injusticias más profundas que vivimos y desde este entendimiento podrían surgir alternativas nuevas). Quizá el asunto está en que el discurso por la justicia sigue permaneciendo con la izquierda histórica, y me parece que sobrevivirá dentro de los movimientos de nuevo cuño (ya que ésta fue la base más elemental que dio origen a la ideología socialista); pero las estrategias que surgirán –y que surgen ya– no son sólo un ajuste, sino que marcan una distancia, la cual quiebra con la experiencia histórica de la izquierda. ¿El resultado de esto se llamará “izquierda” o “nueva izquierda” por efecto de algunos pensamientos básicos en común? Quizá sí, tal vez no, pero me parece que, necesariamente, será diferente a lo que hoy nombramos como “la izquierda”.

Quedan en el tintero algunos otros puntos de debate, como el de la relación entre la democracia y la izquierda, que también enumera Jorge Rocha: relación compleja y tensa por ambos lados de la hebra. Sólo adelanto que tal parece que la democratización en distintas partes del mundo también ha contribuido al declive de la izquierda partidista y, por lo tanto, a la crisis histórica de la izquierda (¿suena esto raro, cuando se supone que la izquierda partidista es democrática?). Mientras tanto, seguimos en el debate, que bien hace falta para distanciarnos de “las masacres mediáticas” sin contexto, de las cuales es objeto la izquierda, como bien lo describe Jorge.

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