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Si tomamos un pedazo de algodón y lo pasamos por una
superficie sucia, obtendríamos una especie de maraña
de finos hilos blancos manchados de negro y gris. Más
o menos, lo que viene a ser una ceja del señor
Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid. Y para no dejarle
el rostro asimétrico, coloquémosle otro algodón
manchado sobre sus intrigantes ojos, lo cual no tiene
por qué resultar ofensivo para el alcalde, porque si
quisiéramos fabricar un muñeco de trapo, utilizaríamos
dos pedazos de algodón como cejas. Esto viene a
propósito de un lema que se repite por toda la ciudad,
en carteles fijos y móviles, como son los camiones
verdes de la consejería de medio ambiente o como se
llame ese departamento: “Madrid limpio es capital”.
Porque es la capital del Estado. Algo así habrán
dilucidado los creativos de la campaña de publicidad
con que sorprendieron a los ciudadanos, hace unos
años, no recuerdo cuántos. Pero el mensaje no ha
calado, la ciudad sigue sucia. En parte, la culpa la
tienen, según se mire, la ex ministra de Sanidad,
Elena Salgado, o la presidenta de la Comunidad de
Madrid, Esperanza Aguirre, por prohibir aquella fumar
en espacios públicos y por desafiar ésta tal
prohibición. Las calles se han convertido en
ceniceros. Y no solamente en ceniceros, sino en
orinales: en las zonas donde la juventud organiza sus
botellones, quedan manchas de orines en los muros;
alrededor de los estadios de fútbol, los orines de la
hinchada dejan un olor penetrante que dura uno o más
días.
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Madrid se va convirtiendo en una ciudad para coches.
Los peatones no tienen ningún derecho. En teoría, sí,
pero en la práctica no, porque es imposible caminar
por Madrid sin que te pegues un leñazo por culpa de un
agujero en la acera. Aceras imposibles, cada vez más
estrechas, la mayoría en obras, y las que no, con un
suelo irregular, taladradas por conducciones de agua,
gas, teléfono, señales de tráfico, que quedan cerradas
con cubiertas de metal colocadas de cualquier manera,
torcidas la mayoría, con las baldosas rotas alrededor,
grietas, tramos destruidos como si hubiera pasado por
encima un tanque. Los alcorques, unos convertidos en
papeleras o en ceniceros, están descuidados y muchos,
huérfanos de acacias, tan importantes para
contrarrestar la contaminación. Los jardines, algunos,
son un reflejo de que un día fueron inaugurados y
nunca más nadie se ocupó de ellos; por ejemplo, en la
parte norte de los juzgados de Plaza de Castilla, tal
vez lo que parece un pedazo de jardín alguna vez fue
un espacio verde con flores, pero hoy es un vertedero
de envases de agua y bebidas refrescantes, cajetillas
de tabaco y colillas.

Pero, para paliar estos defectos de una ciudad
habitada por cochinos y cochinas, puesto que podemos
encontrar tanto preservativos como tampones a primera
hora de la mañana de un sábado o de un domingo,
alguien se inventó, no ya lo de colocar papeleras, que
de nada sirven si el personal abandona su basura donde
le da la gana, sino lo de poner unos camiones con unas
cerdas que absorben la basurilla de las calles,
camiones que levantan una polvareda y meten un ruido
insoportable, y que van precedidos por trabajadores
equipados con monos especiales y máscaras, que
transportan unos aparatos eléctricos con los que van
soplando aire y levantando lo que hay pegado al suelo,
como son hojas de árbol, colillas y papeles. El polvo
se conduce hacia el camión, que lo recoge con unas
cerdas que giran en círculo y sueltan agua para dejar
limpia la calzada. Pero todo vuelve a estar sucio,
incluso mugriento, al cabo de unas horas; no hace
falta pasar un algodón para comprobarlo. No sé si el
alcalde se habrá percatado de esto; yo le invito a que
se dé una vuelta por el Paseo de la Castellana, que
empiece desde el número 100 hasta la Plaza de
Castilla, tanto por la acera de los pares como por la
de los impares, y que vea cómo están los suelos: bajo
las capas de alquitrán se ve el empedrado, se ven las
vías del tranvía, se ve de todo. Y no digo que
continúe hacia el norte, porque, lo que se dice para
el peatón, el Paseo de la Castellana deja de ser tal
paseo. Por último, para que no se malogren sus
tobillos, sugerirle que se ponga un calzado todo-terreno.
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