“Cuatro años de ignominia. Una más”.
Días atrás, un periódico de tirada nacional decía que la invasión de Irak por los americanos – apoyada por los británicos – se olvidaba de los españoles. Pues allí estuvimos y posiblemente debido a esa bravuconada se produjo en nuestro suelo el mayor atentado contra victimas civiles de Europa, si exceptuamos las guerras civiles a las que somos muy afines desde el principio de nuestra civilización.
Fuimos millones de españoles los que nos movilizamos contra lo que parecía una locura y un latrocinio. Pero nada, el que manda, manda hasta que las elecciones le ponen en su sitio y luego vienen las lamentaciones y las mentiras y los “yo no sabía” porque nadie sabía y ….este bollo no es mío.
Más de dos millones de iraquíes desplazados, aproximadamente 100 muertos diarios en lo que llaman eufemísticamente: “atentados”, más de 3000 muertos entre los soldados americanos (hispanos, negros, sin papeles…), otros tantos entre las tropas auxiliares (Centro América, Australia, Inglaterra…) y 600.000 iraquíes.
Todo esto ¿por qué?, ¿para qué?, si los que poseen la fábrica de los billetes pueden comprar las cosas, ¿para qué matan y expolian? Que alguien lo explique. Y sobretodo, que se lo explique a los padres y hermanos de los asesinados en Irak, hoy por los sunníes y mañana o ayer, por los chiíes o por sus vecinos, como en cualquier guerra civil, que se lo explique a esos potenciales “terroristas” que hoy son huérfanos o lo serán mañana y que ven que los que causaron esta guerra están calientes en casas blancas o en palacios lujosos o dando conferencias por todo el mundo.
Pero es igual, siempre cae la tostada del lado de la mantequilla, siempre caen los mismos en todas las guerras y siempre se enriquecen los hijos de los que se enriquecieron con la anterior guerra. Fabricantes de “armas de destrucción masiva” que no dudarán en utilizarlas (Hiroshima, Nagasaki) para lo que haga falta, pero que impedirán a los demás tenerlas o serán excusa para robarles el petróleo, la cultura o las vidas.
Eso si, en nombre de Dios. Ese Dios que con un solo acto de contrición a última hora de su existencia les perdonará (Vaticano dixit) y podrán ir al cielo a sentarse a su diestra y así por toda la feliz eternidad. O ese otro Dios que premia a sus guerreros con un cielo repleto de huríes y arroyos de leche y miel si se dejan matar o morir por unas suras más o menos acertadas y adecuadas al modo de vida en el desierto de hace 1400 años. Dios invocado por ambas partes y en directo. Por un lado Bush diciendo que Dios estaba con Estados Unidos y por otro lado del televisor Sadam explicando a los suyos que Dios les ayudaría para matar al demonio occidental. La misma televisión que diariamente nos ofrece a los occidentales un amasijo de hierro y huesos y humo y coches calcinados y sangre y llantos.
¿Dónde estará el Dios verdadero? ¿Por qué permite la muerte de tantos inocentes? ¿Por qué permite la desolación y el hambre, las enfermedades que se les caen encima a los pobres de siempre?
Hace más o menos 2800 años, sin armas de destrucción masiva, Agamenón y Menelao reunieron un ejército del mundo griego de entonces y se fueron a saquear a la ciudad más próspera de la antigüedad: Troya.
El motivo que Agamenón puso sobre la mesa para el inicio de aquella guerra fue que Paris, hijo de Príamo, secuestró a la bella Helena, esposa de Menelao y se la llevó a la ciudad que abría y cerraba el estrecho de los Dardanelos y cobraba portazgo a todo chisme navegante que lo transitaba y era una ciudad rica y poseedora de mucho oro, bien abastecida y en la ruta del comercio de cereales centroeuropeos y Oriente Medio, donde hace unos años los Estados Unidos han instalado un portaaviones en tierra, repleto de armas de destrucción masiva, que se llama Israel y que para vararlo tuvieron que usurpar los terruños de los filisteos, que sino eran muy ricos, al menos eran suyos desde tiempos inmemoriales, en la Ruta de la Seda y en la confluencia de todos los oleoductos y gaseoductos actuales.
Casualidad.

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