
Veterano de Mayo del 68, líder campesino y el rostro más visible del movimiento antiglobalización, José Bové critica el nuevo orden internacional, regido, según él, por las compañías multinacionales, y aboga por una reforma de las instituciones internacionales para regular el comercio y los flujos financieros
José Bové, el rostro más conocido de la protesta antiglobalización por el destacado papel que tuvo en la revuelta de Seattle, en diciembre de 1999, sabe que su popularidad en Francia es también aquello que mayor recelo provoca entre propios y extraños. Inventor de acciones espectaculares, como el sabotaje contra McDonald’s en Millau, la localidad al sur de Francia donde reside, o la destrucción de transgénicos en Brasil, José Bové está acostumbrado a llamar la atención y a menudo a hacerse detener allí donde va. Es una referencia de un movimiento sin rostros en momentos cruciales, como el de la movilización contra la cumbre del G-8 que se celebra la próxima semana en Génova,
Pregunta. ¿Cuál será el mensaje que dará el movimiento de protesta contra el G-8 en Génova?
Respuesta. Vamos a decir que los siete u ocho países más ricos del planeta no tienen ningún derecho a decidir en nombre de los demás países y ciudadanos. Y mucho menos, a sacrificar este planeta en beneficio exclusivo de sus multinacionales. La reunión del G-8 se produce tres meses antes de la próxima cumbre de la Organización Mundial de Comercio, frente a las costas de Qatar, y pocos meses después de la llegada de Bush al poder, así que los países más ricos tratarán de ponerse de acuerdo en Génova sobre la forma de repartirse el mundo y liberalizar aún más el comercio y la economía. Lo que es una muestra de desprecio absoluto hacia la pobreza y deterioro del medio ambiente que están generando, sobre todo después del rechazo de Estados Unidos a los acuerdos mínimos sobre medio ambiente de Kyoto. Al ser la última cumbre importante que se producirá en tierra firme antes de Qatar, Génova será la ocasión para que la sociedad civil exprese su rechazo. Por ello, se espera que sea la mayor concentración desde Seattle, con más de 100.000 personas.
P. Desde Seattle, en diciembre de 1999, a Génova, la próxima semana, venimos asistiendo a un reguero de manifiestaciones contra instituciones económicas internacionales. ¿Aparte de llamar la atención de la opinión pública, qué han hecho ustedes en concreto para dar alguna respuesta a los problemas de la globalización económica?
R. Seattle fue la emergencia de una toma de conciencia ciudadana y civil. Fue la primera manifestación multitudinaria organizada a nivel mundial para plantear los problemas de fondo que hoy afectan a la humanidad, a nivel económico, ambiental, social, cultural, y decir que los derechos del hombre deben pasar por delante de la lógica del mercado y del beneficio de las empresas. El segundo logro de Seattle fue poner en evidencia la falta absoluta de democracia con la que funcionan las instituciones económicas internacionales, así como la falta de transparencia con la que toman sus decisiones los cuatro o cinco países más poderosos, imponiendo su voluntad al resto. Hoy estamos en la fase de elaboración de un programa, a partir de la extensión y profundización del debate a todas las regiones y continentes.
P. Okupas europeos, indígenas del Amazonas, sindicalistas norteamericanos, agricultores franceses, ¿cómo puede articularse tanto grupo heterogéneo en una fuerza cohesionada y consistente?
R. Esta diversidad sólo refleja la complejidad del mundo en el que vivimos. Pensar que un solo grupo o movimiento puede hoy representar la totalidad es ilusorio. Por ello el debate se organiza a partir de las preocupaciones concretas y experiencia que aporta cada colectivo. Tenemos programadas numerosas reuniones sectoriales y regionales para tratar sobre agricultura, medio ambiente o los temas específicos que preocupan a África, Asia, América Latina, con objeto de encontrar la forma de armonizar los derechos de los pueblos del Norte y del Sur y llegar al segundo encuentro de Porto Alegre, el próximo año, con propuestas concretas.
P. En el último foro económico de Davos, en Ginebra, se le invitó junto con otras organizaciones del movimiento antiglobalización a participar en un encuentro con los empresarios y Gobiernos allí reunidos. ¿No era una buena ocasión para exponer sus planteamientos?
R. Era una trampa que sólo tenía como propósito hacer creer a la opinión pública que estaban dispuestos a discutir sobre los problemas que planteamos. Así que dijimos: ‘Si nos quieren en Davos, bien, nos tendrán, pero no sólo a uno, sino a todos’. Y nos recibieron con balas de goma y lacrimógenos, como todo el mundo sabe.
P. ¿No han dado los poderes políticos y económicos alguna muestra de que están dispuestos a ceder en sus planteamientos?
R. Desde hace dos años, los organismos internacionales, como la OMC y el Banco Mundial, dicen que quieren mejorar las cosas. Pero cuando miras sus actuaciones te das cuenta de que no es más que retórica y que no han hecho nada por invertir la dinámica de la liberalización económica.
P. Las manifestaciones antiglobalización han estado marcadas por los enfrentamientos con la policía. Entre los participantes crece el temor a que la represión creciente de que son objeto, con disparos de bala en Gottemburgo, pueda ocasionar algún muerto. ¿Existe ese peligro en Génova?
R. Es verdad que los Estados han endurecido su postura y que las policías de todo el mundo se reúnen y colaboran para controlar y reprimir la protesta. Pero no hay que asustar. Eso forma parte de la lógica del amedrentamiento para conseguir que las gentes se queden en su casa. No creo que un Gobierno que ha sido tan cuestionado por la presencia de ministros fascistas, como el italiano, y que, por tanto, está tan necesitado de hacerse una imagen demócrata de cara a Europa, se atreva a ir tan lejos, y mucho menos en Génova, una ciudad con una larga tradición contestataria. La prueba es que han terminado por permitir el acceso de los trenes a la ciudad.
P. La violencia que los más radicales del movimiento antiglobalización han utilizado para atraer la atención de los medios de comunicación, ¿no se ha vuelto contra ustedes?
R. Sí. No creo que sirva de mucho emprenderla con los coches o con los escaparates. Me parecen mucho más efectivas las estrategias no violentas a las que se adscribe la gran masa del movimiento. Lo que no quiere decir pasivas. En Seattle, por ejemplo, fueron las cadenas humanas las que bloquearon el acceso de los delegados de la cumbre de la OMC a sus hoteles. Los grupúsculos radicales deben comprender que la estrategia del enfrentamiento violento es la que sirve a la policía. Su objetivo es desacreditar a los que cuestionan la liberalización, y para ello no hay mejor manera que fomentar las acciones de provocación, entrando así en la dinámica de provocación-represión. Ello les permite que la atención se focalice en los incidentes en lugar del debate y cuestiones de fondo que plantea la protesta. Al tiempo que sirve a los Gobiernos y policías para decir a los ciudadanos: ‘No se acerquen ustedes a esas manifestaciones porque los organizadores no controlan la situación’. Ahora bien, dicho esto, no hay que perder de vista que la verdadera violencia no es romper cuatro escaparates, sino la que hoy ejerce un sistema económico y político que mata todos los años a 800 millones de personas en el mundo.
P. ¿Las acciones que usted ha protagonizado contra el McDonald’s de Millau, o la destrucción de plantas de transgénicos en Francia y en Brasil, en las que ha participado junto a los Sin Tierra, no fomentan la violencia?
R. Una cosa es la violencia, y otra, acciones consideradas ilegales. Estamos metidos en un combate en el que cada situación determina las armas a utilizar. Tanto el desmantelamiento del McDonald’s como el arrancar los cultivos transgénicos fueron acciones anunciadas de antemano, hechas a la luz del día y con la cara descubierta. Al igual que la ocupación de tierras de los campesinos brasileños o de los que nos establecimos en el Larzac para luchar contra la presencia militar a finales de los años setenta; el que no sean acciones legales no quiere decir que no sean legítimas.
P. ¿Se aprovechó usted del antiamericanismo que ya existía en Francia o fue su acción contra McDonald’s la que puso a la opinión pública francesa contra las empresas americanas?
R. La OMC es la que ha permitido que Estados Unidos tase con un 100% los productos agrícolas europeos, como el roquefort, en represalia porque Europa no acepta la carne hormonada norteamericana. Lo que es como decir a los consumidores franceses: ‘Si no coméis mierda, os castigamos comercialmente’. Sobre todo cuando está tan probado el efecto cancerígeno de las hormonas y en medio de una serie de crisis alimentarias originadas precisamente por la industrialización y concentración empresarial en el sector agrícola. Es lo que hace que todo el mundo pueda identificarse con nuestra acción contra MacDonald’s. Por ello, ha creado ejemplo no sólo en Francia, sino en muchos otros países, como la India o el mismo Estados Unidos. La prueba de que todo el mundo entendió que no íbamos contra el pueblo norteamericano, sino contra una multinacional abanderada de la industrialización y la comida basura en todo el mundo, es que el 30% de la fianza que nos impusieron a los condenados por el desmantelamiento de McDonald’s fue aportada por agrupaciones de pequeños campesinos norteamericanos.
P. ¿Las empresas y Gobiernos europeos son mejores?
R. No, todas funcionan con la misma lógica. Además, Europa es hoy la principal impulsora de la nueva ronda de la OMC en Qatar y partidaria de ampliar la liberalización a nuevos sectores, como el de los servicios. Tratan de favorecer así a multinacionales como Vivendi, que trata de introducirse en el control a nivel mundial de recursos naturales básicos, como el agua. Lo que terminará por arrastrar a los demás servicios, como hospitales, educación, medio ambiente, dando al mercado un poder de decisión sobre servicios y recursos que ahora dependen del control político. Lo que será una catastrofe. Tratan de tapar la incapacidad para construir una identidad europea con una agenda de negociaciones económicas en favor de sus empresas más larga que nadie. Y más que nadie, el representante del Gobierno socialista francés y negociador europeo ante la OMC, Pascal Lamy.
P. Ante este panorama político, ¿no ha pensado usted en presentarse a las elecciones francesas, tal como le piden muchos de sus seguidores, siguiendo el ejemplo de su colega Ralph Nader en Estados Unidos?
R. Se ha demostrado que hoy poco puede hacerse desde los Estados para enfrentarse al mercado. Por ello me parece mejor seguir trabajando en la construcción del movimiento a nivel internacional. Para mí, lo que hoy pasa en Italia o España es tan importante como lo que pasa aquí, en Francia.
P. Sin embargo, la imagen que se tiene de usted está vinculada con el mismo proteccionismo francés, que lleva a los agricultores franceses a quemar los camiones españoles.
R. Todo lo contrario. Confederación Campesina es la única que, como sindicato, se ha opuesto siempre a este tipo de acciones, que encontramos aberrantes. Llevamos tiempo trabajando con los pequeños campesinos españoles afectados por la misma dinámica de concentración industrial. Hoy son los viveros al sur de la Península los que producen a precios más competitivos que el norte, gracias a producir fresas y verduras más tempranas y a los salarios más bajos de los inmigrantes. Pero mañana son las empresas francesas, que ya se están instalando en el campo marroquí, las que competirán con ellos, de forma que veremos a los españoles quemando camiones procedentes de Marruecos. Hay que terminar con esta lógica, que sólo favorece la concentración de capital y no desarrolla para nada la soberanía alimentaria de los países ni la calidad. La agricultura no puede estar en manos sólo de los intereses de las grandes empresas y sometida a las reglas del beneficio. Es un bien políticamente estratégico para los países.
P. Entre los que dicen que hay que cambiar por completo el actual modelo político y económico y los que piensan que sólo hay que introducirle correctivos, como derechos sindicales internacionales o tasaciones del capital especulativo, como la tasa Tobin, ¿dónde está usted?
R. Yo digo que hay que andar con las dos piernas. Por otra parte, no hay tanta diferencia de fondo. Todos estamos de acuerdo en que el sistema no funciona y que, por tanto, hay que cambiarlo. Yo creo que son necesarias instituciones internacionales para regular el comercio o los flujos financieros, pero si las que existen son incapaces de cambiar, hay que sustituirlas por otras. Para mí, es importante la tasa Tobin, en cuanto tiene de pedagogía y permite visualizar a ojos de la mayoría la cantidad de dinero que especula con los bienes de las gentes. Pero creo que es necesario ir más allá y cuestionar el fondo y lógica, tanto del sistema económico como tecnológico. Por ello es tan importante el debate sobre la alimentación y los transgénicos.
P. ¿Por qué es usted tan reacio a los transgénicos? Kofi Annan ha hecho un llamamiento para que la gente se deje de prejuicios si quiere terminar con el hambre en el mundo. Hasta su padre, un investigador agrícola, ha dicho que los que queman hoy transgénicos se parecen a los que en la Edad Media quemaban a las brujas.
R. Es evidente que las palabras de Kofi Annan sólo reflejan la enorme presión que están ejerciendo las multinacionales del transgénico para conseguir su liberalización de cara a la próxima ronda de la OMC, en Qatar. En cuanto a mi padre, es verdad que en principio no es contrario a los transgénicos, pero habría que leer su artículo en Le Monde diciendo que él no es un especialista sobre el tema y explicando cómo sus palabras fueron distorsionadas por Newsweek.
P. ¿El protagonismo que le dan los medios de comunicación no le pone a usted en contradicción con un movimiento que precisamente desconfía de todo protagonismo y liderazgo?
R. Sé que es así. La originalidad de este movimiento es que no ha sido creado por los partidos políticos, sino por movimientos sindicales y ciudadanos de base, y que se estructura de forma horizontal, sin jerarquías, y por tanto de forma diferente a la lógica de estado y de los partidos. Pero yo no he buscado la fama. Ni busco hacer carrera. Ha sido la propia trascendencia de los acontecimientos en los que he participado, como Seattle, los que me han colocado ahí. Yo lucho desde hace más de veinte años en Confederación Campesina, fui de los primeros que se manifestaron contra el GATT en Ginebra a finales de los años ochenta, cuando la gente todavía no sabía lo que era. Y sé que mi representatividad se limita al papel para el que he sido elegido en el sindicato, como portavoz para las relaciones internacionales con otros sindicatos. Por ello digo que hay personas representativas que encarnan el movimiento, como puede ser mi caso, pero sin liderazgo. Trato de que nada de lo que digo distorsione ni me aleje de las decisiones y discusiones que tienen lugar en la base. Además, como ha comprendido Marcos, la batalla de hoy se libra en el terreno de la opinión pública.
Veterano de Mayo del 68, líder campesino y el rostro más visible del movimiento antiglobalización, José Bové critica el nuevo orden internacional, regido, según él, por las compañías multinacionales, y aboga por una reforma de las instituciones internacionales para regular el comercio y los flujos financieros
José Bové, el rostro más conocido de la protesta antiglobalización por el destacado papel que tuvo en la revuelta de Seattle, en diciembre de 1999, sabe que su popularidad en Francia es también aquello que mayor recelo provoca entre propios y extraños. Inventor de acciones espectaculares, como el sabotaje contra McDonald’s en Millau, la localidad al sur de Francia donde reside, o la destrucción de transgénicos en Brasil, José Bové está acostumbrado a llamar la atención y a menudo a hacerse detener allí donde va. Es una referencia de un movimiento sin rostros en momentos cruciales, como el de la movilización contra la cumbre del G-8 que se celebra la próxima semana en Génova,
Pregunta. ¿Cuál será el mensaje que dará el movimiento de protesta contra el G-8 en Génova?
Respuesta. Vamos a decir que los siete u ocho países más ricos del planeta no tienen ningún derecho a decidir en nombre de los demás países y ciudadanos. Y mucho menos, a sacrificar este planeta en beneficio exclusivo de sus multinacionales. La reunión del G-8 se produce tres meses antes de la próxima cumbre de la Organización Mundial de Comercio, frente a las costas de Qatar, y pocos meses después de la llegada de Bush al poder, así que los países más ricos tratarán de ponerse de acuerdo en Génova sobre la forma de repartirse el mundo y liberalizar aún más el comercio y la economía. Lo que es una muestra de desprecio absoluto hacia la pobreza y deterioro del medio ambiente que están generando, sobre todo después del rechazo de Estados Unidos a los acuerdos mínimos sobre medio ambiente de Kyoto. Al ser la última cumbre importante que se producirá en tierra firme antes de Qatar, Génova será la ocasión para que la sociedad civil exprese su rechazo. Por ello, se espera que sea la mayor concentración desde Seattle, con más de 100.000 personas.
P. Desde Seattle, en diciembre de 1999, a Génova, la próxima semana, venimos asistiendo a un reguero de manifiestaciones contra instituciones económicas internacionales. ¿Aparte de llamar la atención de la opinión pública, qué han hecho ustedes en concreto para dar alguna respuesta a los problemas de la globalización económica?
R. Seattle fue la emergencia de una toma de conciencia ciudadana y civil. Fue la primera manifestación multitudinaria organizada a nivel mundial para plantear los problemas de fondo que hoy afectan a la humanidad, a nivel económico, ambiental, social, cultural, y decir que los derechos del hombre deben pasar por delante de la lógica del mercado y del beneficio de las empresas. El segundo logro de Seattle fue poner en evidencia la falta absoluta de democracia con la que funcionan las instituciones económicas internacionales, así como la falta de transparencia con la que toman sus decisiones los cuatro o cinco países más poderosos, imponiendo su voluntad al resto. Hoy estamos en la fase de elaboración de un programa, a partir de la extensión y profundización del debate a todas las regiones y continentes.
P. Okupas europeos, indígenas del Amazonas, sindicalistas norteamericanos, agricultores franceses, ¿cómo puede articularse tanto grupo heterogéneo en una fuerza cohesionada y consistente?
R. Esta diversidad sólo refleja la complejidad del mundo en el que vivimos. Pensar que un solo grupo o movimiento puede hoy representar la totalidad es ilusorio. Por ello el debate se organiza a partir de las preocupaciones concretas y experiencia que aporta cada colectivo. Tenemos programadas numerosas reuniones sectoriales y regionales para tratar sobre agricultura, medio ambiente o los temas específicos que preocupan a África, Asia, América Latina, con objeto de encontrar la forma de armonizar los derechos de los pueblos del Norte y del Sur y llegar al segundo encuentro de Porto Alegre, el próximo año, con propuestas concretas.
P. En el último foro económico de Davos, en Ginebra, se le invitó junto con otras organizaciones del movimiento antiglobalización a participar en un encuentro con los empresarios y Gobiernos allí reunidos. ¿No era una buena ocasión para exponer sus planteamientos?
R. Era una trampa que sólo tenía como propósito hacer creer a la opinión pública que estaban dispuestos a discutir sobre los problemas que planteamos. Así que dijimos: ‘Si nos quieren en Davos, bien, nos tendrán, pero no sólo a uno, sino a todos’. Y nos recibieron con balas de goma y lacrimógenos, como todo el mundo sabe.
P. ¿No han dado los poderes políticos y económicos alguna muestra de que están dispuestos a ceder en sus planteamientos?
R. Desde hace dos años, los organismos internacionales, como la OMC y el Banco Mundial, dicen que quieren mejorar las cosas. Pero cuando miras sus actuaciones te das cuenta de que no es más que retórica y que no han hecho nada por invertir la dinámica de la liberalización económica.
P. Las manifestaciones antiglobalización han estado marcadas por los enfrentamientos con la policía. Entre los participantes crece el temor a que la represión creciente de que son objeto, con disparos de bala en Gottemburgo, pueda ocasionar algún muerto. ¿Existe ese peligro en Génova?
R. Es verdad que los Estados han endurecido su postura y que las policías de todo el mundo se reúnen y colaboran para controlar y reprimir la protesta. Pero no hay que asustar. Eso forma parte de la lógica del amedrentamiento para conseguir que las gentes se queden en su casa. No creo que un Gobierno que ha sido tan cuestionado por la presencia de ministros fascistas, como el italiano, y que, por tanto, está tan necesitado de hacerse una imagen demócrata de cara a Europa, se atreva a ir tan lejos, y mucho menos en Génova, una ciudad con una larga tradición contestataria. La prueba es que han terminado por permitir el acceso de los trenes a la ciudad.
P. La violencia que los más radicales del movimiento antiglobalización han utilizado para atraer la atención de los medios de comunicación, ¿no se ha vuelto contra ustedes?
R. Sí. No creo que sirva de mucho emprenderla con los coches o con los escaparates. Me parecen mucho más efectivas las estrategias no violentas a las que se adscribe la gran masa del movimiento. Lo que no quiere decir pasivas. En Seattle, por ejemplo, fueron las cadenas humanas las que bloquearon el acceso de los delegados de la cumbre de la OMC a sus hoteles. Los grupúsculos radicales deben comprender que la estrategia del enfrentamiento violento es la que sirve a la policía. Su objetivo es desacreditar a los que cuestionan la liberalización, y para ello no hay mejor manera que fomentar las acciones de provocación, entrando así en la dinámica de provocación-represión. Ello les permite que la atención se focalice en los incidentes en lugar del debate y cuestiones de fondo que plantea la protesta. Al tiempo que sirve a los Gobiernos y policías para decir a los ciudadanos: ‘No se acerquen ustedes a esas manifestaciones porque los organizadores no controlan la situación’. Ahora bien, dicho esto, no hay que perder de vista que la verdadera violencia no es romper cuatro escaparates, sino la que hoy ejerce un sistema económico y político que mata todos los años a 800 millones de personas en el mundo.
P. ¿Las acciones que usted ha protagonizado contra el McDonald’s de Millau, o la destrucción de plantas de transgénicos en Francia y en Brasil, en las que ha participado junto a los Sin Tierra, no fomentan la violencia?
R. Una cosa es la violencia, y otra, acciones consideradas ilegales. Estamos metidos en un combate en el que cada situación determina las armas a utilizar. Tanto el desmantelamiento del McDonald’s como el arrancar los cultivos transgénicos fueron acciones anunciadas de antemano, hechas a la luz del día y con la cara descubierta. Al igual que la ocupación de tierras de los campesinos brasileños o de los que nos establecimos en el Larzac para luchar contra la presencia militar a finales de los años setenta; el que no sean acciones legales no quiere decir que no sean legítimas.
P. ¿Se aprovechó usted del antiamericanismo que ya existía en Francia o fue su acción contra McDonald’s la que puso a la opinión pública francesa contra las empresas americanas?
R. La OMC es la que ha permitido que Estados Unidos tase con un 100% los productos agrícolas europeos, como el roquefort, en represalia porque Europa no acepta la carne hormonada norteamericana. Lo que es como decir a los consumidores franceses: ‘Si no coméis mierda, os castigamos comercialmente’. Sobre todo cuando está tan probado el efecto cancerígeno de las hormonas y en medio de una serie de crisis alimentarias originadas precisamente por la industrialización y concentración empresarial en el sector agrícola. Es lo que hace que todo el mundo pueda identificarse con nuestra acción contra MacDonald’s. Por ello, ha creado ejemplo no sólo en Francia, sino en muchos otros países, como la India o el mismo Estados Unidos. La prueba de que todo el mundo entendió que no íbamos contra el pueblo norteamericano, sino contra una multinacional abanderada de la industrialización y la comida basura en todo el mundo, es que el 30% de la fianza que nos impusieron a los condenados por el desmantelamiento de McDonald’s fue aportada por agrupaciones de pequeños campesinos norteamericanos.
P. ¿Las empresas y Gobiernos europeos son mejores?
R. No, todas funcionan con la misma lógica. Además, Europa es hoy la principal impulsora de la nueva ronda de la OMC en Qatar y partidaria de ampliar la liberalización a nuevos sectores, como el de los servicios. Tratan de favorecer así a multinacionales como Vivendi, que trata de introducirse en el control a nivel mundial de recursos naturales básicos, como el agua. Lo que terminará por arrastrar a los demás servicios, como hospitales, educación, medio ambiente, dando al mercado un poder de decisión sobre servicios y recursos que ahora dependen del control político. Lo que será una catastrofe. Tratan de tapar la incapacidad para construir una identidad europea con una agenda de negociaciones económicas en favor de sus empresas más larga que nadie. Y más que nadie, el representante del Gobierno socialista francés y negociador europeo ante la OMC, Pascal Lamy.
P. Ante este panorama político, ¿no ha pensado usted en presentarse a las elecciones francesas, tal como le piden muchos de sus seguidores, siguiendo el ejemplo de su colega Ralph Nader en Estados Unidos?
R. Se ha demostrado que hoy poco puede hacerse desde los Estados para enfrentarse al mercado. Por ello me parece mejor seguir trabajando en la construcción del movimiento a nivel internacional. Para mí, lo que hoy pasa en Italia o España es tan importante como lo que pasa aquí, en Francia.
P. Sin embargo, la imagen que se tiene de usted está vinculada con el mismo proteccionismo francés, que lleva a los agricultores franceses a quemar los camiones españoles.
R. Todo lo contrario. Confederación Campesina es la única que, como sindicato, se ha opuesto siempre a este tipo de acciones, que encontramos aberrantes. Llevamos tiempo trabajando con los pequeños campesinos españoles afectados por la misma dinámica de concentración industrial. Hoy son los viveros al sur de la Península los que producen a precios más competitivos que el norte, gracias a producir fresas y verduras más tempranas y a los salarios más bajos de los inmigrantes. Pero mañana son las empresas francesas, que ya se están instalando en el campo marroquí, las que competirán con ellos, de forma que veremos a los españoles quemando camiones procedentes de Marruecos. Hay que terminar con esta lógica, que sólo favorece la concentración de capital y no desarrolla para nada la soberanía alimentaria de los países ni la calidad. La agricultura no puede estar en manos sólo de los intereses de las grandes empresas y sometida a las reglas del beneficio. Es un bien políticamente estratégico para los países.
P. Entre los que dicen que hay que cambiar por completo el actual modelo político y económico y los que piensan que sólo hay que introducirle correctivos, como derechos sindicales internacionales o tasaciones del capital especulativo, como la tasa Tobin, ¿dónde está usted?
R. Yo digo que hay que andar con las dos piernas. Por otra parte, no hay tanta diferencia de fondo. Todos estamos de acuerdo en que el sistema no funciona y que, por tanto, hay que cambiarlo. Yo creo que son necesarias instituciones internacionales para regular el comercio o los flujos financieros, pero si las que existen son incapaces de cambiar, hay que sustituirlas por otras. Para mí, es importante la tasa Tobin, en cuanto tiene de pedagogía y permite visualizar a ojos de la mayoría la cantidad de dinero que especula con los bienes de las gentes. Pero creo que es necesario ir más allá y cuestionar el fondo y lógica, tanto del sistema económico como tecnológico. Por ello es tan importante el debate sobre la alimentación y los transgénicos.
P. ¿Por qué es usted tan reacio a los transgénicos? Kofi Annan ha hecho un llamamiento para que la gente se deje de prejuicios si quiere terminar con el hambre en el mundo. Hasta su padre, un investigador agrícola, ha dicho que los que queman hoy transgénicos se parecen a los que en la Edad Media quemaban a las brujas.
R. Es evidente que las palabras de Kofi Annan sólo reflejan la enorme presión que están ejerciendo las multinacionales del transgénico para conseguir su liberalización de cara a la próxima ronda de la OMC, en Qatar. En cuanto a mi padre, es verdad que en principio no es contrario a los transgénicos, pero habría que leer su artículo en Le Monde diciendo que él no es un especialista sobre el tema y explicando cómo sus palabras fueron distorsionadas por Newsweek.
P. ¿El protagonismo que le dan los medios de comunicación no le pone a usted en contradicción con un movimiento que precisamente desconfía de todo protagonismo y liderazgo?
R. Sé que es así. La originalidad de este movimiento es que no ha sido creado por los partidos políticos, sino por movimientos sindicales y ciudadanos de base, y que se estructura de forma horizontal, sin jerarquías, y por tanto de forma diferente a la lógica de estado y de los partidos. Pero yo no he buscado la fama. Ni busco hacer carrera. Ha sido la propia trascendencia de los acontecimientos en los que he participado, como Seattle, los que me han colocado ahí. Yo lucho desde hace más de veinte años en Confederación Campesina, fui de los primeros que se manifestaron contra el GATT en Ginebra a finales de los años ochenta, cuando la gente todavía no sabía lo que era. Y sé que mi representatividad se limita al papel para el que he sido elegido en el sindicato, como portavoz para las relaciones internacionales con otros sindicatos. Por ello digo que hay personas representativas que encarnan el movimiento, como puede ser mi caso, pero sin liderazgo. Trato de que nada de lo que digo distorsione ni me aleje de las decisiones y discusiones que tienen lugar en la base. Además, como ha comprendido Marcos, la batalla de hoy se libra en el terreno de la opinión pública.