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Prohibieron ir a la escuela e ir a la universidad
Prohibieron las garantías y el fin constitucional
PROHIBIERON TODAS LAS CIENCIAS, excepto la militar
PROHIBIENDO EL DERECHO A QUEJA, prohibieron el preguntar
Hoy te sugiero, mi hermano, pa’ que no vuelva a pasar:

Prohibido olvidar, prohibido olvidar

Prohibido esperar respuestas, prohibida la voluntad
Prohibidas las discusiones, PROHIBIDA LA REALIDAD
Prohibida la libre prensa y PROHIBIDO EL OPINAR
Prohibieron la inteligencia con un decreto especial
Si tú no usas la cabeza, OTRO POR TÍ LA VA A USAR:

Prohibido olvidar, prohibido olvidar

Prohibido el derecho a huelga y el aumento salarial
Prohibieron ir a la calle y AL ESTADO CRITICAR
Prohibieron REÍRSE DEL CHISTE, de SU TRISTE GOBERNAR
Prohibieron el desarrollo del futuro nacional
Yo creo que la única forma de darle a esto un final es:

Prohibido olvidar, prohibido olvidar

Prohibieron los COMENTARIOS SIN “VISTO BUENO” OFICIAL
Prohibieron el REBELARSE CONTRA LA “MEDIOCRIDAD”
Prohibieron las elecciones y la esperanza popular
Y prohibieron la conciencia al prohibirnos el pensar
Si tú crees en tu bandera y crees en la libertad:

Prohibido olvidar, prohibido olvidar

Pobre del país donde lo malo controla,
donde el civil se enamora de la corrupción

Pobre del país alienado por la droga,
porque UNA MENTE QUE AFLOJA, PIERDE LA RAZÓN

Pobre del país que, con la violencia crea
que puede matar la idea de su liberación

Pobre del país que ve LA JUSTICIA HECHA AÑICOS
por la voluntad del rico o por orden militar

Cada nación depende del corazón de su gente
Y a un país que no se vende, nadie lo podrá comprar

No te olvides, no te olvides,….

Los financieros, los bancos y las agencias de rating que trabajan para ellos provocaron una crisis gigantesca. Para poder ganar más dinero influyeron de mil modos sobre los gobiernos y consiguieron que éstos y los bancos centrales cambiaran las normas legales e hicieran la vista gorda ante la acumulación ingente de riesgo que soportaban para ampliar sin cesar sus beneficios. Impusieron un modo de producir y de repartir desequilibrado e irracional, alimentando una burbuja detrás de otra. Y terminaron por quebrar y descapitalizarse. Obligaron entonces a que los gobiernos intervinieran y pusieran a su disposición billones de euros. Gobiernos, como el español, que hasta entonces incluso habían tenido superávit presupuestarios tuvieron que endeudarse. Los financieros y los bancos, con el apoyo de las agencias de rating que trabajaban para ellos, suscribieron esa deuda en gran parte con el dinero que los propios gobiernos y bancos centrales les daban para salvarlos de la quiebra y para lograr que así refluyera el crédito, cuya carencia había provocado la paralización de la actividad económica, el cierre de miles de negocios y el desempleo. Pero a los financieros, a los bancos y a las agencias de rating que trabajan para ellos solo les importa recuperar sus inversiones al coste social que sea y con la mayor seguridad y rapidez posible, así que no utilizaron esos recursos para ello sino para ganar enseguida más dinero. Se dispusieron entonces a presionar a los gobiernos y a los bancos centrales para que estos actúen con el único fin de que sus inversiones en la deuda estén seguras y puedan recuperarlas lo más pronto posible sin tener que cargar con el coste de la crisis que ellos mismos habían provocado. Y como llevan haciendo todo esto desde hace mucho tiempo tienen ya el poder suficiente como para conseguir que esa sea, efectivamente, la secuencia de los hechos una vez y otra. Si el gobierno va por otro lado las presiones se desatan. Si hace lo que les conviene, la patronal o algún gran banquero le concederá algún momento de respiro.

Esta es la historia y parece que el presidente Rodríguez Zapatero lo ha podido comprobar directa y personalmente en su inoportuna visita a la Cumbre de Davos.

Hablemos claro: los financieros, los bancos y las agencias de rating que trabajan para ellos están extorsionando al gobierno de España. Lo están llevando al terreno que ellos quieren y al que les conviene: el de la improvisación, el de la renuncia a sus propuestas anteriores y a sus compromisos electorales, al que lo separa de sus socios naturales y de su base electoral, el que lo llena de contradicciones y lo deja , no hay más que verlo, como un boxeador inexperto bamboleándose de un lado a otro de la lona.

Lo que buscan es derrotarlo fuera de las urnas haciéndole que quede a la deriva y que salten por los aires sus alianzas con los sindicatos y con el electorado para poder imponerle así políticas que saben que nunca podrían aplicarse si se tuvieran que decidir mediante una confrontación electoral democrática.

Los ciudadanos deben saber que los financieros, los bancos y la gran patronal, con la ayuda de los economistas liberales y de los organismos financieros que trabajan para ellos, no le están imponiendo al gobierno de España la salida a la crisis, como todos ellos dicen, sino la respuesta a la crisis que mantiene sus privilegios, que garantiza que puedan seguir teniendo cantidades ya inmorales de beneficio y que deja que las cosas sigan como siempre han estado. Pero esa es justamente la salida de la crisis que volvería a provocarla de nuevo.

Es sencillamente falso que para crear empleo, como dicen la patronal y los economistas liberales, haya que actuar solamente en los mercados de trabajo. Sin perjuicio de que haya que procurar que haya un marco adecuado de relaciones laborales (que no puede ser simplemente el que da todo el poder a los empleadores) lo que hay que procurar para ello es recuperar la demanda y los mercados de bienes y servicios. ¿De qué les va a servir a los empresarios que los salarios sean más bajos si luego no disponen de mercados con demanda efectiva suficiente donde puedan vender las mercancías que producen? ¿O es que quieren que España se limite a competir a la baja convertida en una economía barata al servicio del capital extranjero?

Por eso, reducir los derechos sociales, precarizar aún más el empleo, disminuir los salarios, renunciar al gasto público y social que se precisa para apoyar un modelo productivo que consolide a la economía española y a una fiscalidad más justa y que generase otro tipo de incentivos a los sujetos económicos, solo dará lugar a que los más ricos lo sean cada vez más y a que la economía española se consolide como una economía de segunda, desvertebrada, dependiente y simplemente especializada en proporcionar bienes y servicios de baja calidad. Pero así nunca se podrá conseguir que la economía española despegue y se modernice definitivamente, que disponga de un mercado interior más potente (algo que en realidad no le importa a los Adolfo Domínguez y compañía que tienen a su disposición mano de obra siempre más barata y mercados selectos en cualquier otra parte del mundo), que se reindustrialice, que genere empleo de calidad y renta suficientes para todos y que no tenga que dedicarse a actividades que destrozan nuestro medio natural e hipotecan el bienestar de las generaciones futuras. Esa no es una verdadera salida de la crisis.

La situación a la que ha llegado el gobierno es difícil, sobre todo, cuando se encuentra además con las restricciones que impone nuestra presencia en la Unión Europea. Ha renunciado a tener un proyecto económico propio al convertir al partido que lo sostiene en una claque en lugar de servirse de su organización como fuente de pensamiento y de propuestas alternativas. Y ha puesto el diseño y la ejecución de la política económica en manos de personas que explícitamente defienden y proponen las medidas que reclaman la patronal empresarial y bancaria. Así, y cediendo a la extorsión de los mercados, será muy difícil que cuente con el apoyo de los sindicatos y perderá lentamente el de todos los ciudadanos hasta el punto en que la situación puede llegar a ser insostenible.

El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero necesita el apoyo de los ciudadanos que no queremos una España de resabios franquistas, incapaz de convivir plenamente con las libertades civiles y controlada por los mismos grupos oligárquicos de siempre. Pero no es lógico que reclame ese apoyo gratuitamente y mientras pone en marcha políticas que en realidad solo benefician a estos grupos.

En una situación tan delicada como la actual, sería necesario que los ciudadanos supieran quién ha provocado de verdad la crisis y por qué, quién ha puesto las bases para convertir a la economía española en un espacio productivo tan débil y vulnerable y por qué, y qué se logra de verdad con unas medidas políticas o con otras. Con la fuerza de su propio partido, de otros que sin duda podrían y deberían apoyarle en ese camino, de los sindicatos y del más directo de los propios ciudadanos, el Gobierno podría estar entonces en condiciones de proponer un equilibrio diferente a la sociedad española, un pacto de rentas frente a una situación excepcional, y tratar así de hacer frente de otra forma a las dificultades derivadas de la actual conformación y equilibrio de poderes en la Unión Europea, algo que nos está resultando muy desfavorable por su propia naturaleza y por nuestra falta de proyecto propio.

Hace unos meses escribía Nicolás Sartorius que lo que se necesita es “modificar la dirección de la historia de España en términos económicos” y que ello “exige un nuevo contrato y unas nuevas reglas. Un contrato donde se especifique lo que cada parte debe aportar -y no realidades frente a promesas- y nuevas reglas que impidan, en lo posible, que se repita dentro de un tiempo el mismo desastre, acrecentado” (EL PAIS 28-10-2009).

En un esfuerzo de ese tipo, que naturalmente ni sería fácil ni tampoco apoyado gratuitamente por nadie, el gobierno de Rodríguez Zapatero podría encontrar un nuevo y decisivo impulso. Si no lo hace, es fácil adivinar lo que va a ocurrir.

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Ningún imperio ha sido eterno, ni siquiera aquellos míticos de la antigüedad que creyeron haber nacido para no morir nunca y de los que hoy sólo queda el vestigio del esplendor perdido. Sin embargo, hay algo en común a todos ellos, algo que apenas ha variado desde que el mundo es mundo y los imperios, imperios: Antes, mucho antes de que los fisiócratas franceses formulasen su célebre “laissez faire, laissez passer”, de que Adam Smith y sus seguidores hablasen del libre mercado y la mano invisible que lo mueve, los desalmados que conducían países con pretensiones imperiales habían puesto en práctica los verdaderos principios que desde siglos, como si de una ley física se tratara, han regido la dinámica de los campeones del capitalismo: “Yo a usted no le compro nada, me lo llevo; usted me lo tiene que comprar todo a mí, de buena gana o por la fuerza de mis cañones”. Todas las leyes, normas, pensamientos y doctrinas que a lo largo de la historia han servido de fundamento al liberalismo económico, se fundan en esa sencilla y despótica frase que nada tiene que ver con la libertad y sí, por el contrario, con el derecho de los más poderosos a vivir de y sobre los que no lo son tanto.
Se habla últimamente mucho de Haití debido al devastador terremoto que ha llenado sus ciudades y campos de sangre y escombros. Nos sentimos solidarios, estremecidos ante las imágenes que muestran los informativos, como si ese país, uno de los más pobres del planeta, no hubiese vivido terremotos peor que este desde que, como dice el maestro Galeano, decidió optar por la libertad allá por 1804. Fue Francia, la antigua metrópoli, la patria de la revolución burguesa, el asilo de perseguidos, quien impuso al pequeño país caribeño tras su independencia el pago de una compensación por daños de ciento cincuenta millones de francos, pago que los haitianos no pudieron cancelar hasta la tercera década del siglo XX, cuando ya los norteamericanos habían ocupado el país, lo habían convertido al monocultivo azucarero abocándolo a la ruina y habían expoliado hasta el último rincón de la última casa de los negros libres. Haití es un ejemplo clarísimo de hasta que punto puede llegar el capitalismo en su codicia, en su avaricia, en su desprecio hacia la vida: Desde hace mucho tiempo, los haitianos, de cuya pobre dieta es parte fundamental el arroz que antes cultivaban y ahora no, han de comprar ese alimento al amigo americano, siempre dispuesto a enviar al séptimo de caballería dónde sea menester. Es la ley del más fuerte, la ley del sistema en el que vivimos desde que el mundo es mundo, poco más o menos. Y no es que los haitianos sean más tontos, más peleones, más idiotas que los que habitan en la parte norte del continente, no, es que cometieron el tremendo error de ser el primer país de América Latina, encima un país habitado por esclavos negros, que decidió ser libre. Desde entonces, con especial empeño, Francia primero, Estados Unidos después, como en tanto lugares del mundo, no han parado de castigar a sus habitantes con terremotos de mucha mayor intensidad que el actual.
Pero todo, tiene su cara y su cruz. Como decíamos al principio, no hay imperio eterno, todos tienen su principio, su apogeo y su periodo de decadencia mientras nace otro sustituto que aplica con más ventaja las normas de la casa. Si durante más de setenta años nos ha tocado sufrir el imperialismo yanqui –me gustaría que alguna vez alguien fuese capaz de evaluar las víctimas de esa hegemonía porque estoy seguro superarán a las de la Segunda Guerra Mundial-, ahora, cuando el capitalismo y los capitalistas campean ufanos y a la velocidad de la luz por todo el orbe, ya sabemos quien tomará el relevo si es que no lo ha tomado ya. Se dice que el capitalismo es un sistema perfecto porque es el que más ha durado y no se atisba competidor. Puede ser, pero también lo es que no tiene patria y que, teniendo a la codicia y la ambición humana como únicos motores, hace caer a los triunfadores del momento en la ceguera de la soberbia. Me explico, no se trata de que el capitalismo se esté derrumbado debido a la actual crisis, lo que sí está haciendo es cambiar su lugar de ubicación. Con los ojos cerrados en su afán por disminuir costes (derechos) y maximizar beneficios, los países desarrollados, y dentro de ellos sus poderosos oligarcas, han ido desplazando sus centros de producción hacia una nación pobre y atrasada como China. Primero fabricaban baratijas, luego cachivaches, más tarde algún juguete, después televisiones, ordenadores, componentes electrónicos de todo tipo, hasta llegar al día de hoy en que lo fabrican absolutamente todo, hasta tal extremo de que en plena crisis China se permite crecer un 8,7 por ciento tal como habían previsto las autoridades económicas del país.
¿Es que esa civilización milenaria durante siglos despreciada por Occidente, de repente ha regresado al antiguo esplendor imperial? ¿Tal vez, por arte de magia, los chinos, que han sufrido siglos de miseria y explotación castrante, se han tornado diestros en todas las áreas del saber y la producción? No niego, porque no lo sé con certeza, que los chinos comiencen a vivir mejor que en tiempos pasados o que estén más preparados que hace décadas, pero lo que si puedo afirmar es que China es hoy por hoy el foco al que acuden los capitalistas de todo el mundo para sacar más rendimiento a sus inversiones, que el modo de producción chino se aproxima mucho al esclavista, que no hay otro país en el mundo que pueda ofrecer tanta mano de obra barata, que aunque nominalmente sea un país comunista, sus trabajadores apenas tienen derecho a otra cosa que al trabajo, que los dueños del dinero -sin saber o a sabiendas de las consecuencias funestas de su avaricia: Corren el riesgo de quedarse sin consumidores, de provocar una retracción del consumo como nunca se ha conocido-, han decidido que la única manera de competir con China es imitándola en todo, por supuesto también en salarios y derechos sociales, que estamos asistiendo a un relevo y que sólo subsistirán al terremoto asiático aquellos países que sean sede de muchas grandes transnacionales.
Europa y Estados Unidos se enriquecieron sometiendo a la pobreza a países como Haití, a continentes como África, hoy, en la era de la globalización, cuando la única libertad global garantizada es la del movimiento de capitales, pueden haber dado los primeros pasos hacia su declive histórico: La actual crisis económica, que partió de una sensacional estafa planetaria, puede no ser una enfermedad pasajera, sino el síntoma que avisa de otra mucho más grave: La decadencia. El dinero, como la Inglaterra de Lord Palmerston, no tiene amigos ni enemigos, sólo intereses. China, tampoco.

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Querido Matías Vegoso:

Reconozco que éstos no son buenos tiempos para la izquierda. Yo me había hecho cierta ilusión con el giro de parte de Latinoamérica, el triunfo de Obama y algunos otros guiños de la historia. Pero es claro que la derecha no va a permitir el menor avance en la justicia, la equidad y la dignidad. Ni siquiera ha permitido echar por la borda a los grotescos militarcitos hondureños, y poco ha tardado en maniatar a Obama. Es cierto que llevamos las de perder mientras siga llamándose democracia a un régimen que permite a los más ricos gastar todo lo que quieran en campañas políticas cuando sabemos que esas campañas dejaron hace rato de ser confrontaciones de ideas para convertirse en confrontaciones de millones.

Cuando uno piensa en los últimos coscorrones a Obama, en los últimos desmanes de la derecha española contra los inmigrantes y con los corruptos, en el comportamiento escandalosamente cínico de los bancos y financieras, en el increíble descaro con que exigen la impunidad de los crímenes los Berlusconi, los militares brasileños, los jueces españoles o la “justicia” mexicana, no puede uno dejar de preguntarse cómo funciona una cabeza reaccionaria. Algo he leído sobre eso, por ejemplo en Lakoff, por ejemplo en Hirschmann, que te recomiendo, pero creo que no nos vendrían mal más estudios de sociólogos serios y sobre todo más reflexión sobre la cuestión. Es difícil no caer en la imagen del negociante-tiburón, abismalmente egoísta y desalmado, dispuesto a todos los crímenes con tal de enriquecerse. Tal vez existan personas reales así (¿Berlusconi?), y en todo caso el arquetipo no deja de tener sentido, pero creo que hay que intentar más bien imaginar el funcionamiento de un prototipo más general y comprensible. Pienso entre otras cosas que esa mentalidad es una mentalidad de clase. Antes de acusarme de criptomarxista (o nostálgico de Stalin, quién sabe), deja que me explique un poco.

Casualmente he releído un poco estos días a Victor Serge y he visto varios reportajes y documentales sobre guerrilleros, anarquistas, revolucionarios. Es evidente que la lucha de clases tal como se manifestó hasta la época de la guerra fría ya no es de estos tiempos. Pero ¿significa eso, como tantas veces te he oído decir, que han desaparecido las clases? ¿Te parece a ti que una señora madrileña del barrio de Salamanca y su criada ecuatoriana son de la misma clase? ¿Que un bolero (limpiabotas en español de España) de la Alameda en México y Carlos Slim son de la misma clase? ¿Que Cristiano Ronaldo es de la misma clase que un premio Nobel de biología? Lo que ha desaparecido es la lucha, pero no las clases. El proletariado (perdón, pero así se llama) ha dejado de luchar, la burguesía no. Cuando echa uno la mirada a las luchas obreras de la primera mitad o más del siglo XX, se ve claramente que se trata de un conflicto de clases. La violencia revolucionaria de entonces, incluso si te parece equivocada, tienes que reconocer que se realizaba en nombre de la clase proletaria y de una exigencia moral. ¿Leíste el otro día en El País Semanal la historia del anarquista Sabaté, que roba en una urgencia 4 000 pesetas a un comerciante pero poco después desvalija un banco y va a devolverle al comerciante sus 4 000 pesetas? ¿Quién haría hoy algo así, proletario o burgués, fundamentalista o terrorista, neonazi o separatista? Hoy las luchas sociales o incluso la violencia social, si no las ejercen individuos o grupúsculos, las ejercen otra clase de colectividades: religiones, civilizaciones, “identidades”… ¿Te acuerdas de cuando hablábamos de “conciencia de clase”? A los elegantes de hoy les parece ridículo hablar de esa “conciencia”, pero no de la “conciencia” (que a veces se llama “orgullo”) cristiana, u occidental, o vasca, o gay.

Tal parece que la “conciencia” de clase del proletariado se ha esfumado, sustituida por la “conciencia” de otras colectividades. ¿Y la de la burguesía (o como se llame ahora)? Pienso que la “conciencia” de la burguesía tradicional era la de una clase histórica. Esa clase se sentía justificada por haber derribado a la aristocracia y haber tomado la iniciativa en su lugar. El burgués de la sociedad industrial y colonialista se creía justificado por una superioridad no de “sangre” (o sea hereditaria) o de naturaleza (raza, digamos), sino justamente de clase. El negociante de entonces tenía derecho al lucro, al rédito, a la explotación de la mano de obra, a la sumisión de las colonias por el hecho puro y fundamental de pertenecer a esa clase, de ser en la única realidad válida, la realidad histórica, gente bien y gente civilizada. Y era una verdadera oligarquía, o sea que el verdadero poder, que sólo en parte coincide con el poder formal, le pertenecía. Bueno, pues yo creo que también esa burguesía perdió su “conciencia de clase”, sólo que no se quedó sin ninguna como el proletariado, sino que tenía otra de repuesto. La oligarquía de hoy puede salirnos a veces con que lleva la democracia y la modernidad al mundo, pero todos sabemos que bromea y ni ella misma se atrevería ahora a decir que es civilizadora o ejemplar. Los valores que enarbola son la libertad y la seguridad, pero hay que ser de veras oligofrénico además de oligárquico para no ver que cuando dicen libertad quieren decir impunidad (otra vez Berlusconi) y que la seguridad que proponen es la del gangster que siembra primero la violencia para después vendernos la seguridad. En realidad no hay más que una justificación en serio (una ideología) en la nueva oligarquía: el derecho del más astuto, versión social de la supervivencia evolutiva del más apto y que se funda, por supuesto, en la evidencia científica de ese principio, llamada en su versión metafísica “la lucha por la existencia”. Curiosamente, nuestra oligarquía es mucho menos histórica y mucho más naturalista que la de nuestros abuelos: la “lucha por la existencia” es un concepto mucho menos sutil y elaborado que la “lucha de clases”.

Puede pensarse también que esta situación es en parte resultado de las acciones de la propia oligarquía. La descolonización fue seguramente algo inevitable para ella misma: es difícil creer que si hubiera podido seguir beneficiándose sin mayores riesgos de esa situación hubiera permitido que cambiara. El crecimiento de las clases medias y el ascenso de la pequeña burguesía supongo que le resultaron también inevitables por la necesidad de ampliar el mercado. Es claro que esos dos hechos quitaron hierro a la lucha revolucionaria. Además la descolonización, realizada como siempre con total impunidad, dejó en la quiebra a esas nuevas naciones y contribuyó en gran medida a la nueva lucha (o guerra), la de “civilizaciones” (o religiones). Finalmente –lejos de mí negar tal cosa–, la transformación de la revolución en totalitarismo en los países del “socialismo real” y su derrota en la guerra fría ahogaron indudablemente muchas ilusiones. La “conciencia de clase” del proletariado iba asociada con su lucha; si la lucha ha cesado la “conciencia” se ha esfumado. Pero no la de la oligarquía, que tiene nuevas luchas y hasta guerras que ganar. Como te digo, sólo la oligofrenia puede obnubilar a un jerarca para dejarle creer que su proyecto es democrático y justo, pero en cambio la mayor lucidez del mundo le permite ver con toda claridad que los derechos del ciudadano siguen siendo como siempre el enemigo en su lucha de clases (y si no, pregúntale a Obama). Habrá que suponer que, además de oligárquicos y oligofrénicos, nuestros jerarcas son también esquizofrénicos.

Pero bueno, para decirlo en conclusión con más seriedad, creo que el reaccionario medio no es necesariamente ese millonetas sanguinario y voraz de las caricaturas, pero sí pienso que es alguien que se niega obstinadamente a ver la realidad, adoctrinado por una ideología que él mismo inconscientemente solicita y conscientemente propaga, sin duda por la desgarradora imposibilidad de confesar y confesarse que ni en Dios, ni en la naturaleza, ni en la historia puede fundar su derecho a aumentar su tajada a costa –no hay otra manera– de la tajada del prójimo. Pues tú sabes tan bien como yo que lo que está rigurosamente prohibido a la conciencia, de clase o no de clase, es exclamar “¡Porque me da la gana!”.

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El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.
Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor.. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.
Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.
Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.
De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:
–¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?
–El anterior.
–Pues, que se restablezca.
Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.
Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.
Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.
En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.
La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.
Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia.. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.
Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.
Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.
Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.
En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares..
Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

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En el año 1960, el juicio de Dayton fue llevado al cine en blanco y negro por Stanley Kramer en una película titulada La herencia del viento, Inherit the Wind (aunque quizás hubiera sido más apropiada la traducción del título que se usó en Sudamérica ‘Heredarás el viento’), protagonizada por Spencer Tracy, en el papel de Henry Drummond (nombre supuesto de Darrow en el film); Fredric March en el papel de Matthew Harrison Brady (nombres supuesto para Bryan); Gene Kelly en el papel del periodista progresista E. K. Hornbeck (nombre que se le dio en la película por H. L. Mencken); Dick York como Bertram T. Cates (nombre supuesto que encubría a Scopes) y Claude Atkins como el reverendo fundamentalista que lleva a los tribunales al profesor Cates.

El guión, fue escrito por Nedrick Young (que originalmente lo firmó como Nathan E. Douglas debido a sus problemas para hacerlo con su nombre original por estar incluido en las listas negras elaboradas en Hollywood por la influencia del senador McCarthy) y Harold Jacob Smith, sobre la base de la obra de teatro de Jerome Lawrence y Robert E. Lee.

La película de Kramer va más allá de los hechos históricos. Probablemente el juicio a Scopes fuera muy diferente a como podemos verlo en la pantalla. Resulta sintomático que todos los nombres hayan sido cambiados. Así pues el hecho del pasado resulta una mera excusa; es el sobre que contiene lo verdaderamente importante, el mensaje. El del peligro de los fanatismos, y el de la fina barrera que existe entre la libertad individual, las ideas y la ley de los pueblos.

La película fue y es, sin duda, un film impactante. Sobre el respeto a los sucesos de Dayton, desde la perspectiva más histórica, en el film y en la obra de teatro fueron cambiados los nombres de personas y lugares, y en muchas escena (quizás demasiadas) hubo algunas exageradas concesiones a la agilidad narrativa y al dramatismo, como hacer de Scopes el novio de la hija del pastor fundamentalista que lo ataca, detener a Scopes durante su clase, quemarlo en efigie, etc. De hecho, Scopes parece ser que nunca estuvo en la cárcel ni tenía novia, ni le fueron a detener mientras daba clase. Darrow tampoco llegó sólo al pueblo ni Bryan era el estrambótico fundamentalista que se puede ver en la película.

Desde el mismo comienzo de la película Kramer introduce cánticos religiosos para crear una atmósfera áspera, identificando religión y fanatismo, y describiendo a todo un pueblo en contra de un individuo. De un modo singular, el defensor de la fe Harrison Brady resulta ser un hombre bastante cabal, alejado del oscurantismo del reverendo Brown, quien repudia a su hija por estar prometida al hombre que enseña el pasado del hombre sin mencionar a Dios. Con todo, acosado en el juicio por el temperamental y astuto Drummond, Brady se revelará como un ídolo mesiánico con pies de barro.

El hecho real. «El Juicio del mono» o «El Estado contra Scopes»

En el viejo Mississippi, en 1925, la localidad de Dayton se vio turbada por un juicio (el juicio del «Mono») que marcó época: el del Estado contra John Scopes, al que se encontró culpable a John Scopes de enseñar la teoría de la evolución de Charles Darwin en una clase de ciencia en una escuela secundaria, en contra de lo que establecía una ley del estado de Tennessee que prohibía la enseñanza de toda otra explicación que no fuera el creacionismo. Se creó una batalla, amparada por los medios de comunicación y las manifestaciones populares, entre ciencia y religión, y por cada uno de los bandos lidiaron dos de las más lúcidas mentes de aquel entonces: Clarence Darrow y William Jennings Brian. Existen versiones muy contradictorias sobre los hechos. Unos dicen que fue un juicio amañado desde la prensa y la política para poner en cuestión el Butler Act, otros que los ciudadanos de Dayton se pusieron de acuerdo para levantar un escándalo y dar popularidad al municipio. El Butler Act establecía que era ilegal en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee, «la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores».

Someramente, éstos son los hechos históricos.

John Scopes, un profesor de escuela secundaria, fue acusado el 5 de mayo de 1925 de enseñar la evolución utilizando un capítulo de un libro de textos que estaba basado en ideas inspiradas en el libro de Charles Darwin El Origen de las Especies. John Scopes no podía entender su situación. Estaba preso por enseñar ciencia, que era su trabajo. Tampoco entendía que, con su arresto, los líderes locales buscaran atraer la atención sobre Dayton y tentar a algún empresario a invertir en un pueblo que cada vez tenía menos habitantes. La Asociación de Libertades Civiles Norteamericanas (ACLU) ofreció pagar los honorarios del defensor y eligió a H.G. Wells, el escritor de ciencia ficción autor de La máquina del tiempo y otros relatos fascinantes. Pero a Wells no le interesó. En realidad, el defensor surgió después de que se conociera quién iba a ser el fiscal. Las autoridades del pueblo consiguieron que William Jennings Bryan, un fundamentalista religioso, tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, asumiera la acusación a pesar de que no ejercía el derecho desde hacía 30 años.

Cuando se supo de que actuaría Bryan, hubo un abogado que se propuso para la defensa. Era Clarence Darrow, de 70 años, el abogado más famoso del país. George Rappleyea, propietario de varias minas en la región, convenció a un grupo de empresarios de Dayton, que entonces era un pueblo con 1756 habitantes, que la atención pública que generaría tal juicio aportaría publicidad para Dayton.

Una joven de unos 20 años estaba parada en la puerta de la Corte con un bebé en su brazo derecho y un cartel en el izquierdo que decía: «Scopes, arderás en el infierno». Había más carteles, algunos con la figura de un mono y la cara de Darrow. Uno de ellos permaneció siempre en la puerta del tribunal: «Lea su Biblia todos los días». Una señora vestida con una camisa de volantes blancos, abotonada hasta el cuello, y una falda larga y negra, cantaba una canción religiosa al frente de otras 50 mujeres. Hacía un calor insufrible y casi todos se defendían del sol con diarios, cartón o abanicos. Había puestos de limonada y de comidas. Llegaron periodistas hasta de Hong Kong. Fue la prensa la que bautizó el caso con el nombre que lo identificaría para siempre: «El juicio del mono». Desde muchos meses antes de su inicio, gentes de todos los EE.UU. habían estado siguiendo lo que se estaba aprobando en Tennessee con atención, dándose cuenta de lo que estaba en juego y, poco a poco, los dos bandos enfrentados, los que defendían y atacaban la evolución, fueron juntando fuerzas para tratar de ganarlo. Incluso se llegaron a enviar reporteros desde la Institución Smithsoniana un mes antes para fotografiar a los protagonistas de los acontecimientos, a medida que éstos se iban sucediendo, e ir captando el ambiente que se iba viviendo en la ciudad.

Scopes fue enjuiciado el 24 de abril. Durante la mañana, unas 1.000 personas fueron entrando a la sala del tribunal para asistir al juicio. Alrededor de 300 se quedaron de pie. El juez John Raulston golpeó con su martillo para acallar los murmullos. El calor era tan insoportable adentro que se permitió a los hombres estar en camisa. Los procedimientos empezaron con una oración, bajo la firme protesta de Darrow. La presentación de Bryan, de inflamada aunque aburrida oratoria, era rubricada a cada pausa por un sonoro «amén» del público. Darrow volvió a protestar y el juez debió pedir mesura.

El caso para la fiscalía era muy claro. Con el testimonio de los alumnos probó que Scopes enseñaba la teoría de Charles Darwin, y que esto constituía una violación a la ley de Tennessee. En este tramo, Darrow sólo le preguntó a un alumno si le parecía que su profesor enseñaba cosas perversas o malas. El chico dijo que no. Los científicos que la defensa propuso como testigos dirían que la ley era injusta pues no se podía tomar a la Biblia, que es un texto religioso, como si fuese un libro de ciencias. Pero Darrow tuvo serios problemas cuando el juez rechazó esos testimonios por impertinentes.

Darrow decidió entonces dar batalla en el terreno de sus oponentes y llamó como testigo al mayor experto en la Biblia que se encontraba presente, es decir al propio fiscal. Bryan, confiado, aceptó. (ver diálogo). Darrow pidió un veredicto inmediato. El final fue transmitido por radio a todo el país. En 8 minutos, el jurado declaró a Scopes culpable, lo multó con 100 dólares y una fianza de 500 dólares, que pagó Paul Patterson, propietario del Baltimore Sun. Por primera vez las noticias sobre un juicio se retransmitían diariamente por radio a todos los EEUU gracias a la WGN, la primera emisora de radio inaugurada en Chicago.

Darrow apeló, pues buscaba que un tribunal superior dijera que la ley antievolución era inconstitucional. Cinco días después, el fiscal Bryan se recostó a dormir una siesta de domingo y murió. La diabetes lo había vencido. El 14 de enero de 1927, la Corte del estado redujo la multa a un dólar y evitó pensar el asunto en profundidad. Dijo: «No es conveniente prolongar este caso tan extraño». La ley no se aplicó más.

«Solo porque la gente ve tantas cosas en la tierra y en el cielo de los cuales no conocen la causa creen que las deidades están trabajando allí. Si solo pudieran ver que nada puede ser creado de nada, entonces avanzarían un paso más hacia la respuesta que buscan: Esos elementos eternos se han vuelto todo lo que es, sin interferencia de los dioses»

Lucrecio, «De rerum natura». Escrito alrededor del año 60 AC

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Hace cuatro años escribí este artículo. Ahora mi alma tiembla de nuevo pensando otra vez en tanto sufrimiento. Haití: el infierno es este mundo Cuando escribía estas líneas se calculaba que más de mil setecientas personas habían muerto en Haití a causa de las lluvias. Las organizaciones internacionales de ayuda que trabajan allí estiman que las muertes se multiplicarán cuando se extiendan las infecciones. Es lógico que esto último ocurra en un país que apenas si tiene sistema sanitario. En 2002, el gasto en salud per capita fue de 56 dólares, cuando en España fue aproximadamente de 1600. Sin que ocurran las desgracias de estos últimos días, la esperanza de vida sana en Haití es de las más bajas del mundo: unos 43 años, mientras que en España es de más de 72 años. La mortalidad infantil fue de 139 por cada 1000, cuando en España es de poco más de 4. En nuestro país tenemos unos 4 médicos por cada 10.000 habitantes, en Haití hay 0,2. ¿Alguien puede extrañarse entonces de que las lluvias, por suaves que fueran, se conviertan en una auténtica masacre? Para colmo, el Fondo Monetario Internacional impuso recortes en los gastos sociales y la deuda externa (a veces para pagar créditos que ni siquiera llegaron a Haití) es económicamente extenuante. Sólo para hacer frente a los intereses se dedica el doble que lo que se gasta en sanidad. Como siempre que ocurren estas cosas, la tendencia general es a pensar que se trata de una desgracia natural más que cae sobre territorios o naciones que por su intrínseca miseria y pobreza están siempre condenados al sufrimiento y a la necesidad. Esto es cierto en el caso de Haití pero sólo desde un cierto punto de vista. Es verdad que hoy día Haití es el país más pobre del hemisferio norte. De sus ocho y pico millones de habitantes se calcula que unos 3,8 no disponen de ingresos suficientes para sobrevivir y que 2,4 están en situación de insuficiencia alimentaria crónica. El 50% está desempleado y un 52% en situación de pobreza. Los que trabajan no están en mejores condiciones. En la capital, Puerto Príncipe, el 92% de los empleos son informales; en el conjunto del país un 60%. Las imágenes que vemos del país son las de un territorio miserable, sin riqueza alguna, lleno de suciedad y hambre. Por eso a mucha gente le resulta sorprendente saber que Haití no fue siempre un país pobre ni muchísimo menos. Todo lo contrario. Cuando era colonia francesa proporcionaba a Francia más ingresos que todas sus demás colonias juntas. Allí florecían las artes y era la colonia más rica del mundo. Su ciudad emblemática, Cap Français (ahora Cap Haitien), era conocida como el París del Nuevo Mundo. La dominación española había sido tan desastrosa y cruenta que despobló el país casi por completo y los franceses lo repoblaron con esclavos negros. En 1789 las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad estallaron en la metrópoli y los esclavos tuvieron la ocurrencia de creerse que eso iba también con ellos, los negros. Después de levantamientos y revueltas en 1804 se abolió la esclavitud. Antes incluso que en Inglaterra, que lo hizo tres años más tarde aunque, por cierto, con tan escasa convicción que hubo de reiterar la abolición en 1832. Este año se ha cumplido, por tanto, el segundo centenario de su independencia, de la proclamación del primer jefe de estado negro de la historia moderna. Se ha celebrado con sangre. A partir de entonces comenzaron los grandes dramas de Haití. La igualitaria y revolucionaria Francia no le reconoció la independencia y le exigió altísimas compensaciones. Estados Unidos la combatió desde el principio y decretó sucesivos bloqueos y embargos. El por otro lado tan reputado Thomas Jefferson dijo que había que confinar la peste en aquella isla . En 1915 fue invadida por Estados Unidos que en 1918 obligó a cambiar su Constitución porque prohibía vender tierras a los extranjeros. Cuando lograron cobrar las deudas de sus bancos los norteamericanos dejaron Haití en manos de dictaduras sangrientas y miserables, como la de los Douvalier padre e hijo, durante la que murieron asesinadas centenares de miles de personas. En Haití ha habido 42 presidentes y de ellos 29 han sido asesinados y sólo 2 han sido elegidos legítimamente. Como dice Eduardo Galeano, a Haití, los marines siempre regresan, como la gripe . Con los marines llegaron además las políticas neoliberales. Ya con Douvalier se obligó a que desaparecieran las defensas comerciales y eso permitió que Estados Unidos colocara allí sus excedentes agrícolas. Era lo que buscaban. Cuando era colonia, Haití producía mucho para proporcionarle ingresos a la metrópoli, ahora importa el 70% de los alimentos que consume. Ha pasado de ser productor y gran exportador a convertirse en el cuarto importador mundial de arroz, sobre todo procedente de Estados Unidos. Eso es lo que provocó que la población que trabajaba en el campo, un 70% del total, se arruinara casi por completo. Las empresas norteamericanas utilizan su mano de obra baratísima en industrias de embalaje y de poco valor añadido, en las llamadas maquilas, que son verdaderos antros de explotación y muerte. Según un informe del National Labor Comitte de Estados Unidos, más de la mitad de las plantas maquiladoras están contratadas por firmas como Sears, Wal-Mart o Disney que pagan menos de la mitad de lo estipulado, exigen jornadas semanales de hasta 70 horas y contratan habitualmente a niños. No respetan el medio ambiente y los ecosistemas están destrozados. Aunque el nombre de Haití significa tierra de montañas hoy día sólo le queda un 3% de su antigua superficie forestal. Mientras tanto, y según el ex embajador en La Dominicana, desde Haití sale un 40% de la cocaína que se consume en Estados Unidos, en operaciones procedentes casi siempre de Colombia y de las que los servicios secretos deben tener buen conocimiento. El Washington Post llegó a publicar el nombre de los militares y matones implicados en el tráfico. Quien quiera entender lo que ocurre en Haití debe analizar, pues, la naturaleza y vinculaciones de los circuitos internacionales del crimen y la droga. Y los poderes que hay detrás de todo ello. Es materialmente imposible resumir en unas líneas la historia de infamias, saqueos, crímenes y desgracias que jalonan la historia de este hermoso país, de la perla que encandiló a Colón y que ahora sufre de nuevo. Aquellos esclavos creyeron que el sueño de la libertad estaba escrito también para los negros y sus amos blancos no se lo perdonaron nunca. Crearon un infierno donde se matan entre ellos y en donde, además, los destroza una lluvia que en lugar de apagarlas aviva las llamas.

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Todo esto está muy bien, pero no todos son iguales. Me gustaría que alguien hiciera un estudio bien sistematizado sobre el importe del chollo y la ideología política, seguro que el chi cuadrado mostraba que el porcentaje de ladrones era significativamente mayor en el PP, seguido de los nacionalistas de derachas, del PSOE y, al final, los pocos de izquierad verdadera que hay . Me gustaría saber cuánto ha ganado en el parlamento, por ejemplo, José Antonio Labordeta. Personalmente, pienso que, sin exageraciones, un político activo debe estar bien pagado y tener incompatibilidad absoluta con actividades privadas, así como prohibición total y efectiva de cobrar por dos o más cargos. La jubilación debería ser a los 65 años, calculando, como para los españoles de a pie, la media de los últimos quince años y, naturalmente, sin sobrepasar la pensión máxima, de la que yo disfruto y sobre la que sólo pienso que España dejaría de ser una mierda si fuese capaz de que todo el mundo tuiviese mi pensión. Los que dejasen e cargo político con menos de 65 años, volverían a su puesto de tratajo previo por ejemplo Ansar aser inspector de hacienda) con el sueldo correspondiente. Se prohibiráin absolutamente los chollos, en alguna manera relacionados con le cargo político ostentado. Probablemente, las cosas irían mejor y habría menos “vocaciones” políticas y sería mucho más difícil mantener la “disciplina de partido”, que es otra de las grandes normas antidemocráticas en nuestro país. Si alguien que, por ejemplo, no fuese un facha en el PP (lo cual es difícil, claro) hubiese votado a favor de la ley de aborto, ya sabe que, a partir de la siguiente legislatura le sacan de las listas y se acabó el chollo.
Todo esto es consecuencia de la “ejemplar” transición, que consistió en cambiar un poquito para que nada cambie. Los “neosocialistas” (al estilo Felipe González , hijo de lechero facha sevillano y ex-miembro de la OJE falangista), que nada tenían que ver con mi padre ni con Pablo Iglesias y a quienes los Billy Brand y compañía tanto promovieron, se dieron cuenta de que iban a empezar a chupar del bote y claro…
Por todo eso, sólo admitiría como democrático:
1.- Golpe de estado de izquierdas para cargarse toda esta farfolla.
2.- Contratación de un ejército extranjero, del tipo de los Gurkas de Nepal que tan bien arreglaron el tema de las islas Falkland (vulgo Malvinas), cepillándose a los gilìpollas argentinos que, haciendo el caldo gordo a los generales criminales, defendieron la argentinidad de esas inhabitable width=’100%’s islas.
3.- Guerra civil cortita, pero sangrienta.
4.- Ganar la guerra, reinstaurar la II República y, aplicando las leyes legítimas de la misma, hacer juicios sumarísimos, para condenar, incluso a muerte, a los múltiples fascistas del Estado Español.
5.- Aplicación de nuevo de la Constitución de 1931, mucho más avanzada que el bodrio de 1978, que permite que los curas sigan dominando la enseñanza, entre otras cosas.
Al final seríamos alrededor de diez millones menos y, parafraseando a Alfonso Guerra, al país, de una vez para todas, no lo iba a conocer ni la madre que lo parió.
Este es mi sueño, tan legítimo como el de Martin Luther King.

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INTRO

Una vez más visitamos el cine que juega serio, el fundamental, siempre además ameno, y esta vez de procedencia europea: ya habrá tiempo para el norte-americano, asiático o el ibero-americano.

En esta ocasión volvemos a unos de los grandes artistas del delirante último siglo, felizmente ya transcurrido: el danés CT-Dreyer. Reconozco que como gris y perseverante cinéfilo de kasposo videoclub urbano, ha sido de auténtico pecado no haber visitado antes las obras más emblemáticas de este maravilloso, ascético y simpar artista total. Puedo hasta confesar que no sólo el visionado de su cine ha cambiado mi humilde forma de entender el arte, sino también la de la vida: hasta ahí llegan los tentáculos artísticos y metafísicos del sublime Dreyer. Aunque más bien lo que han provocado en mí, ha sido reafirmarme en los principios e intuiciones por los que me suelo regir.

Tras soltar semejante sincera bravata, ya se puede intuir la punzante intensidad con la que los filmes de Dreyer provocan al visionarlos. Es la tónica en todo el mundo, según advierto en más de una reflexión cinéfila.

PRESENTACIÓN DEL FILM

En esta ocasión amenazo con “Dies Irae”, el Día de la Ira (de Dios): el Juicio Final.

Tras haber flipado como nunca con “Ordet”, y haber bufado como frenético vándalo por sentir auténtica vergüenza ajena con “El amo de la casa” a causa de su facilona, moña e impresentable demagogia, no pude resistirme al film antes mentado de tan estruendoso y coaccionador título.

ARGUMENTO

Edad-Media, un veterano pastor protestante aguarda la visita de su hijo, en compañía de su anciana madre y su sumisa joven cónyuge, desposada en segundas nupcias. Pero esta edulcorada y angélica postalita jamás puede auspiciar nada bueno, más si cabe en un film de Dreyer. La sorpresiva irrupción en la escena de una fugitiva bruja, compinche de akelarres de la finada madre de la joven esposa, desata todo el odio que soterradamente bullía en el interior de aquel, en teoría, modélico hogar.

PRIMERA TEMÁTICA: LA RELACIÓN FAMILIAR

Otra vez surge como protagónica penitencia la vida familiar en el arte de Dreyer: es su obsesión. Más si cabe atendiendo a su no grata primera biografía. Es tal su obcecación con el tema familiar, que en todos los filmes de su autoría que he podido visionar, se halla siempre latente semejante delicado asunto. Tiranteces, incomprensiones, y sobre todo, traiciones se dan lugar en las siempre tensas relaciones familiares: lógicamente nuestras vergüenzas al aire siempre provocarán rechazo por muy estrechos lazos que unan o hayan unido.

SEGUNDA TEMÁTICA: LA RELIGIÓN

Y ligada a éstas, la religión como mascarón de proa de una sociedad, en este caso cristiana-protestante, que Dreyer, sin dejar lugar a cualquier duda, nos la presenta como una autentica fábrica de crear monstruos, tal como no ceja de repetir en todas las escenas donde aparecen los infantiles coros religiosos que, como inmaculados testigos, observan silentemente cómo se va desarrollando el mundo a su alrededor con tanta barbacoa humana oficiada y a la que tan tétricamente cantan, sellada además con todas las bendiciones de un rutilante jurado cristiano. Así, con estos germinales mimbres estas criaturas conformarán su intransferible mundo futuro de inmundas miserias de una resignada e imposible redención.

TERCERA TEMÁTICA: LA BRUJERÍA

Otro tema-estrella de los muchísimos controvertidos que Dreyer toca, además mojándose, es el de la brujería, presentándonos dicha temática con una de las escenas más bellas de la Hª del cine: el momento de la huída de la artera bruja. Ralentizando el ritmo y suspendiendo todo en un bucólico y compasado letargo, vacía la secuencia de personajes mientras los gritos de alerta de la acechante patrulla inquisitorial se van aproximando, impregnándolo todo de una embelesadora y sosegada voluptuosidad.

Se trata de una escena de una belleza extrema, propia de un poeta, pues hay que recordar siempre que todo filósofo es poeta.

La sibilina bruja se nos revela como pieza esencial en todo el trascurso del film pues su alargada sombra se proyecta como fatal brújula en el discurrir de los destinos de los personajes. Sobrenaturalmente interpretada, descifrando de forma sutil toda su hipocresía y astucia, se escuda en su innegable debilidad física de anciana, para evitar a toda costa cualquier acto de punitivo ajusticiamiento. Todo es teatro oficiado por su parte:

“El mal tiene poder”

Al tratar estos temas resulta imposible no venirse a la mente la irresistible Celestina, a las inolvidables trota-conventos del Medievo español, sin olvidar jamás la estupefacta metamorfosis, otra horripilante Verschwandlung tanto física como mental, que cualquier jovencita inexorablemente sufrirá, encarnando metafóricamente esta turbadora mutación en la imperecedera y extraordinaria figura de La Celestina: de grácil y sensible flor, a bruja despiadada y calculadora. Ambas con un flanco débil que siempre las derrotará: la gracia.

Dreyer, como ya he comentado antes, no duda en mojarse en varios momentos del metraje en un tema tan controvertido como puede ser la brujería, como en los espeluznantes comentarios de la parte final:

“Siento cómo la muerte por las noches tira de mis sabanas centenares de veces”

Dreyer no sólo no evita toparse con el delicado tema de la brujería, es que no duda en ningún momento de que no exista.

CUARTA TEMÁTICA: LA MADRE

Otro tema radical del film, La-madre, siempre encima de sus vástagos, protectora e influyente, aún tratándose de un reverenciado pastor veterano, momento en el que no se nos puede ocultar cierta comicidad sugerida.

La relación madre- hijo: mucho más fascinante que la que puede mantener con la hija. Tal como se subraya en filmes tan dispares en autoría, género y tiempo como White Heat, Notorious o Roma. El vástago resulta ser la fallida prolongación fálica de la progenitora: la revancha ante una sociedad que la postró. Útero, cordón umbilical, seno, crianza: imposible ya separarles. Por esta razón el hombre siempre buscará en su mujer a su madre: sólo podrá hallarse plenamente a gusto con una semejante a la que le concibió y crió.

Así sólo ella, otra perspicaz bruja pero no emboscada por el mal, será la única que sacará la cara por su hijo en el juicio de la Inquisición. Ni el aturrullado vástago (encarnado por aquel maravilloso loco de “Ordet”), subyugado por la sugestiva carne, ni la atormentada esposa pueden dar la talla: únicamente la que nos engendra nos puede verdaderamente querer. Este es el contundente veredicto de Dreyer.

QUINTA TEMÁTICA: EL FINADO

Y como suele ser habitual en el inolvidable autor danés aparece otra adusta escena final con un muerto expuesto, de siempre tan imponente como espeluznante impacto: sacarse bravamente las vergüenzas delante de los difuntos, presentes en su tumba, tal como pudimos sobrecogernos en “Lejos del mundanal ruido”, “Molly Mc-Guire” o en la misma “Ordet”.

Dreyer resulta ser tan sádico como fundamental, por eso nos es tan imprescindible aunque sea duro, implacable e inmisericorde. Nos hace hasta un favor.

SEXTA TEMÁTICA: LA LUJURIA

Pero el soterrado tema fundamental de todo el film resulta ser la lujuria. Tal como se sinceró el pastor a su cónyuge:

“Jamás pensé en ello (el amor)”

Todo se paga. La madre ya lo anticiparía en el comienzo del film:

“Esa relación tuya sólo puede provocar bochorno”

Cada tiempo tiene su edad, aunque fastidie, deprima y sobre todo, estrese. La venganza de la víctima se materializó en cuanto supo del poder del mal, especialmente de la heredada facultad que su ajusticiada madre le legó. Mártir de una situación inoportuna e injusta, poco o nada habría que reprocharle a la supuesta villana del film. Dreyer con su persistente ataque a la sociedad la está por todo momento justificando: todas son víctimas del mismo monstruo.

CONTEXTO HISTÓRICO

El filme está enclavado en un sombrío contexto histórico, algo que rezuma de forma bastante patente en todo él: la dramática ocupación de Dinamarca por parte de las envalentonadas huestes del Führer. Fueron seguramente unos momentos muy duros para un país y por supuesto para un artista total como Dreyer, de seguro, comprometido y para nada ajeno a la trágica situación de su país, propiciada por el asentamiento de las acorazadas huestes nacional-socialistas.

COLOFÓN

Para apuntalar el artículo cinéfilo, solo diré que acudo, con ya todas mis kastañas encima, al cine de Dreyer como jamás nunca lo había hecho: tal como si fuera un sumiso cordero directo a misa. Tal como suena. Todo en su cine es de una exquisita orfebrería, tanto en decorados, vestuarios, fotografía, interpretaciones y sobre todo, la madre del cordero: temáticas.

Porque si de algo puede uno sentirse satisfecho tras visionar algún filme-capital de los que Dreyer legó a la Hª del Cine, es el del tratamiento de los temas escogidos. Nos encontramos ante un cineasta metafísico, un filósofo, muy valiente, sin temer en absoluto los chirriantes graznidos de los papagayos pusilánimes y estupidizados, a la hora de fajarse con temáticas tan controvertidas como los antes mencionados y además expuestas de forma amena, respetuosa adulta, próxima y muy asequible para el público-medio: completamente injusta la fama de difícil o cargosa del monumental director danés.

Podemos intuir por los films de Dreyer que el simple discurrir vital es sencillamente el seductor y vertiginoso misterio de la vida, en toda su filmografía además late siempre un ramalazo de inquietud existencial, de rara turbación, de extrema alarma. Y siempre la muerte como resolutiva llave, hasta purificadora, para aquel desasosegador misterio último.

Con filmes como este, la actitud íntegra de todo artista no es si no, proseguir el camino desvelado por el fascinante director escandinavo: su principal legado de Dreyer. Todo lo demás es puro humo que se disipa en el abúlico vaho de una gélida noche.

El danés santifica este joven arte de tan solo un siglo de duración, llamado Cine (con mayúsculas). Todos mis respetos y rendida admiración por una serie de films perfectos y SUBLIMES.

DIES IRAE (1943), UNO DE LOS MEJORES FILMS DE TODOS LOS TIEMPOS

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Querido Matías Vegoso:

Confieso que me siento un poco abrumado por tus argumentaciones económicas. Supongo que tú también recuerdas cómo en nuestra desprevenida juventud los más dogmáticos de nuestros amigos de izquierda insistían en que la economía lo explicaba todo y era imprescindible estudiar esa disciplina. Me temo que en nuestros buenos tiempos los intelectuales estudiaban la economía mientras los banqueros la hacían. Tengo la impresión de que hoy todo el mundo habla de economía, pero no es la economía de aquellos intelectuales “comprometidos” de entonces, sino la economía de los banqueros. Nuestra manera de presentar y discutir esas cuestiones, sin que nos demos cuenta clara de ello (o sea nuestra ideología), se parece mucho más a la del FMI que a la de Raúl Castro, incluso cuando nos declaramos de izquierda. ¿No es ésa la verdadera victoria del capitalismo?

Veo aquí y allá respetables propuestas de cambiar ese enfoque, pero no veo que prosperen mucho. Vincenç Navarro nos recordó hace poco que el lema del neoliberalismo era y es crecer primero para distribuir después, mientras que ahora está claro que hay que distribuir primero porque si no, ya no se distribuye nunca jamás. Incluso algunos empiezan a preguntarse qué clase de crecimiento queremos. Pero aun ahí yo sigo viendo un lenguaje demasiado técnico que nos distrae de otras visiones más crudas de la realidad. En aquellos tiempos, nuestros intelectuales teorizaban tal vez demasiado, pero producían también una literatura denunciatoria y combativa, seguramente a su vez demasiado miserabilista y dogmática, cuya función sin embargo puede echarse un poco de menos esto días. Porque hay que acercarse mucho a lo cotidiano y sus minucias, colándose por las rendijas de la información masiva y del discurso de los expertos y profesionales, que son una y otro producto de las clases más acomodadas, para llegar a ver que el capitalismo sigue siendo la explotación inhumana que ha sido siempre.

Son muchas las otras cosas, incluyendo la misma información económica más o menos profesional, crítica o no crítica, que llenan las pantallas y las planas periodísticas, para que podamos poner un poco de atención en el desamparo de los trabajadores en nuestras “democracias”. Los “contratos basura” son la práctica habitual de los empresarios, y en los países donde los grandes sindicatos no son, como en México, ellos mismos corruptos, las grandes empresas tienen sus propios sindicatos que ellas manipulan y nadie controla. En España los inspectores acosan a las pequeñas empresas y tienen buen cuidado de no molestar a las grandes, y la ley que se supone que debe proteger ante todo al trabajador tiene mil agujeros y cabos sueltos para acabar protegiendo casi exclusivamente al patrón. El nivel adquisitivo de los trabajadores ha disminuido en los últimos veinte años lo mismo en México y España que en Estados Unidos, mientras que el de los empresarios ha aumentado vertiginosamente. ¿Y cuántos empresarios, aparte de Madoff, hemos visto en la cárcel por los desastres producidos? Es claro que esos delitos no se borran por estar legalizados, sino que es la legalidad la que se corrompe por absolverlos, y que es por lo tanto la ley lo que habría que cambiar. Y para eso, previamente, nuestra manera de ver la realidad social y el orden en que coloquemos sus jerarquías. Volver a poner un poco más en primer plano, sin temor de que nos llamen anticuados, la tan ridiculizada explotación del hombre por el hombre.

¿No te parece que en esa ridiculización se muestra esa victoria del capitalismo que mencioné más arriba? El desamparo, la humillación y la impotencia de los trabajadores aparece como un tema marginal en nuestro panorama repleto de una información que es casi enteramente o inocua o nociva. El enemigo del proletariado es el soborno, el fraude y el chantaje de los grandes capitales, pero también la inflación patológica de la prensa del corazón, de la publicidad consumista y de la idolatría de los deportes. El trabajo mismo es apenas visible como información residual. Los índices de desempleo y los programas más enunciados que aplicados para combatirlo no bastan para hacernos visualizar los pequeños dramas sórdidos de esos desempleados y de sus complementarios empleados cada vez más sometidos, inermes, a los caprichos de unos patrones cada vez más “competitivos”, o sea más ávidos de beneficio, más chantajistas ante el Estado y más impunes ante la ley. Y que para colmo lavan cada vez más el cerebro de sus asalariados para convertirlos en cómplices de sus propios explotadores. ¿Has oído hablar de las campañas de “interiorización” de los “valores” (sic) de grandes compañías como Walmart o Starbucks? Pues eso.

Ay, querido Matías, ¿qué vamos a hacer tan desarmados? Yo por lo pronto apoyar todo lo que sirva para que vuelva a verse un poco lo que hay debajo de tanta arena y pedrusco.

Tu incorregible amigo

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Pili es la propietaria de un bar en Madrid. Como es natural, quiere
aumentar las ventas, y decide permitir que sus clientes, la mayoría
de los cuales son alcohólicos en paro, beban hoy y paguen otro día.

Va anotando en un cuaderno todo lo que consumen cada uno de sus
clientes.

Esta es una manera como otra cualquiera de concederles préstamos.

Muy pronto, gracias al boca a boca, el bar de Pili se empieza a
llenar de más clientes.

Como sus clientes no tienen que pagar al instante, Pili decide
aumentar los beneficios subiendo el precio de la cerveza y del vino,
que son las bebidas que sus clientes consumen en mayor cantidad. El
margen de beneficios aumenta vertiginosamente.

Un empleado del banco más cercano, muy emprendedor, y que trabaja de
director en la sección de servicio al cliente, se da cuenta de que
las deudas de los clientes del bar son activos de alto valor, y
decide aumentar la cantidad del préstamo a Pili.

El empleado del banco no ve ninguna razón para preocuparse, ya que
el préstamo
bancario tiene como base para su devolución las deudas de los
clientes del bar.

En las oficinas del banco los directivos convierten estos activos
bancarios en bebida-bonos, alco-bonos y vomita-bonos bancarios.

Estos bonos pasan a comercializarse y a cambiar de manos en el mercado
financiero internacional. Nadie comprende en realidad qué significan
los nombres tan raros de esos bonos; tampoco entienden qué garantía
tienen estos bonos, ni siquiera si tienen alguna garantía o no. Pero
como los precios siguen subiendo constantemente, el valor de los
bonos sube también constantemente.

Sin embargo, aunque los precios siguen subiendo, un día un asesor de
riesgos financieros que trabaja en el mismo banco (asesor al que por
cierto despiden pronto a causa de su pesimismo) decide que ha
llegado el momento de demandar el pago de las deudas de los clientes
del bar de Pili.

Pero, claro está, no pueden pagar las deudas. Pili no puede
devolver sus préstamos bancarios y entra en bancarrota. Los bebida-
bonos y los alco-bonos sufren una caída de un 95% de su valor. Los
vomito-bonos van ligeramente mejor, ya que sólo caen un 80%.

Las compañías que proveen al bar de Pili, que le dieron largos
plazos para los pagos y que también adquirieron bonos cuando su
precio empezó a subir, se encuentran en una situación inédita. El
proveedor de vinos entra en bancarrota, y el proveedor de cerveza
tiene que vender el negocio a otra compañía de la competencia.

El gobierno interviene para salvar al banco, tras conversaciones
entre el presidente del gobierno y los líderes de los otros partidos
políticos.

Para poder financiar el rescate del banco, el gobierno introduce un
nuevo impuesto muy elevado que pagarán “los abstemios”.

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Es sabido de todos que la mayoría de los títulos nobiliarios europeos provienen del uso de la fuerza por parte de los más desaprensivos contra aquellos que no concebían el asesinato dentro de sus parámetros de conducta ni de sus métodos de ascenso social. Partiendo del ejemplo más cercano, pero que en buena medida es aplicable a todos los países del “viejo continente”, la mayoría de los aristócratas peninsulares lograron tal condición matando campesinos que no podían pagar los impuestos por ellos determinados, matando moros por razones económicas, políticas y religiosas, judíos, indios, negros, holandeses, protestantes o cualquier cosa que se moviera y no llevase el sello de los monarcas más católicos que en el mundo han sido. Eso, antes y después de la unión de reinos que tuvo lugar tras el matrimonio de Isabel y Fernando el espíritu impera.
La mal llamada reconquista, que no fue otra cosa que una sucesión secular de guerras y paces entre los hombres más poderosos de la Península para ampliar su poder sin hacer asco a ningún tipo de alianzas de conveniencia, sirvió para seleccionar a los señores de la guerra, quienes agradecidos a sus vasallos más fieles, encontraron en la concesión de títulos nobiliarios una fórmula para fidelizar apoyos. En el siglo XIV, cuando las monarquías portuguesa, castellana y aragonesa comenzaron a tomar cuerpo al calor de la consolidación de sus conquistas, tal concesión se fue haciendo más selectiva recayendo en muchas ocasiones en miembros de la propia familia real, hijos, hermanos, sobrinos y amigos supuestamente libres de toda sospecha. Así fueron surgiendo los condados de Ribagorza, Ampurias, Prades, Urgel, Girona, Cervera, Denia, Trastámara, Alburquerque, Vizcaya, Benavente, Niebla, Carrión o Medinaceli. Era el primer paso hacia la monarquía absoluta en la que todo el poder residiría en un solo hombre apoyado en sus fieles servidores y en la protección de Dios Todopoderoso. Reyes, nobles y monjes armados establecieron un sistema impositivo tan injusto como cruel, pues todas las cargas recaían sobre quienes trabajaban, de tal modo que, gracias a la fuerza bruta, unos y otros fueron enriqueciéndose a través de los años gracias al dinero que los campesinos les entregaban por miedo, o al que les era incautado a sangre y fuego cuando se resistían o alegaban ruina.
Los guerreros de toda laya nunca se hartaban de matar y acumular riquezas en nombre de Dios, sin embargo, en las ciudades fue surgiendo una nueva clase social que intentaba escapar a la tiranía de los nobles y a los corsés que imponían a su actividad económica. Fue en las ciudades del norte de Italia y de los Países Bajos dónde apareció de forma incipiente una nueva clase social que fundaba su riqueza en la artesanía, el préstamo y el comercio. Se trataba de una clase mucho más dinámica y activa que pugnaba con la anterior por ocupar el vértice de la pirámide. Mientras que en España, los duques de Alba, la familia más noble del mundo a tenor de los títulos que detenta, apenas fue capaz de acumular otra cosa que miles de hectáreas de tierra, dinero y unas cuantas docenas de lienzos, en Italia, los Medici, los Pitti, los Visconti, los Strozzi, dedicados a la usura, al comercio de ventaja y a la explotación, construyeron fastuosos palacios que asombraron al mundo, reunieron colecciones de pintura que ridiculizan la de cualquier noble español y, a su modo, impulsaron el renacer de las artes y de otras formas de pensar y de vivir. No sería hasta la revolución francesa cuando esa burguesía urbana, enarbolando las banderas de la libertad y la igualdad, logró movilizar al pueblo, en su mayoría dedicado a labores agrícolas, para desplazar a los hombres del antiguo régimen y poner los cimientos del nuevo, en el que ellos, los burgueses, que no tardarían de unir sus fortunas a los blasones, diseñarían un nuevo modelo de Estado a su imagen y semejanza en el que la explotación, el privilegio y la ventaja estaban garantizados por el monopolio de la fuerza bruta.
El Estado burgués, con sus idas y venidas, no acabaría de consolidarse hasta bien avanzado el siglo XIX y no de forma uniforme en toda Europa. Se puede afirmar que el burgués supuso un avance respecto al régimen feudal pero en ningún caso que sirviese para superar las desigualdades ni los abusos de los más poderosos sobre quienes no lo eran. Empero, de sus entrañas salió la pequeña burguesía, una “subclase” social formada por profesionales, pequeños artesanos y comerciantes que además de ambición dineraria, tenía otras preocupaciones como la educación de los hijos, la lectura, el amor a la naturaleza o cierta preocupación por la justicia social. De ella surgieron los ideólogos de la emancipación de la clase trabajadora. Hijos de pequeño-burgueses fueron la mayoría de los socialistas utópicos, de los pensadores marxistas y anarquistas. Las luchas de los obreros por conseguir la mejora de sus condiciones laborales, por escapar a la explotación, acceder a la cultura y conseguir un mundo más justo para todos, cubren la historia del mundo occidental desde 1848 hasta 1973, y si no lograron todo lo que se propuiseron pese a la mucha sangre derramada en la batalla, no se puede negar que el mundo descrito por Charles Dickens no se parece en nada al que se organizó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial: Un obrero concienzudo de finales del XIX jamás pudo pensar en tener un salario medianamente digno, escuela y sanidad gratuitas, una pensión en caso de accidente o jubilación, vacaciones pagadas o una jornada laboral de cuarenta horas.
Tras las catástrofes de las dos guerras mundiales, en la última de las cuales se incluye la guerra civil española, todo parecía encarrilado. Vencida o apartada la nobleza baturra, la burguesía codiciosa e insaciable vio asomar las orejas del lobo soviético y pareció comprender que la única manera de evitar la expansión del comunismo acceder a las peticiones de los trabajadores de sus países con la intención de crear una amplia clase media que se apartase de las veleidades revolucionarias anticapitalistas: Un sistema que accede paulatinamente a todas nuestras demandas y que nos permite vivir mejor no es tan malo como lo que había antes y además es susceptible de ser mejorado. Con el tiempo, esas clases medias fueron acomodándose, es decir dejaron de saber en qué lado de la barricada estaban, incluso pensaron que ya no había barricadas, perdieron el espíritu crítico y de su interior dejó de salir cualquier idea progresiva diferente a la de su interés personal o familiar. Fue ese el caldo de cultivo, en el contexto de la crisis del petróleo de 1973, que marca el nacimiento de una nueva era que llega a su cenit con la caída del imperio soviético, hecho que propició la vuelta al poder absoluto de alta burguesía, una clase en la que se amalgamaba la vieja nobleza baturra con los descendientes de los primeros burgueses y los defensores a ultranza del neoliberalismo, una clase que muchos creyeron desaparecida dadas las conquistas obtenidas por los trabajadores pero que estaba al acecho, durmiente, esperando la ocasión para recuperar el tiempo perdido, cancelando todos aquellos logros sociales que le fueron arrancados a la fuerza por “desarrapados” que nunca tuvieron la delicadeza de respetar las normas sacro-santas en inmarcesibles que rigen el libre mercado.
Hoy, quien parece dormida es la difuminada clase trabajadora. Dividida en cien mil castas, en tantas como individuos hay, temerosa de perder lo que ya ha perdido, incapaz de cualquier gesto solidario masivo, de dar una respuesta contundente a quienes han apretado el acelerador de la explotación y no están dispuestos a soltar la presa de sus fauces, los trabajadores de todas las clases yacen narcotizados por una droga de efectos destructores: El individualismo soberbio, inculto y cretino. No se pueden esperar muchas cosas, mas no estén tan seguros quienes ahora cantan de nuevo victoria al contemplar que en el campo de batalla no hay enemigo alguno: Quizá, en su codicia enfermiza y destructora, no se hayan parado a pensar cuantas patadas en el hocico aguanta un perro, quizá esos cabrones que disponen las leyes del abuso y la injusticia no sospechen que del abuso y la injusticia nacen las revoluciones que dan la vuelta a la sartén. Es cuestión de tiempo, puede que de poco tiempo: No hay dinero ni armas suficientes para detener a un pueblo oprimido que despierta del letargo y, al contemplarse y contemplar a los que le rodean, decide asaltar los palacios de invierno, y de verano.

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Ha vuelto a ponerse sobre el tapete de la actualidad, con la figura de Kerensky, el triunfo o fracaso de la tónica socialista. Se ha repetido estos días en todos los tonos que, considerada como fatal e inevitable la bancarrota del capitalismo, la implantación del régimen socialista constituye etapa inmutable del ciclo que habrá de recorrer la Humanidad. Se ha dicho, para dar mayores visos de verosimilitud, que el socialismo está ya virtualmente implantado, y que es un hecho, y nos será posible luchar contra palabras o teorías, pero no contra los hechos. Y creemos interesante salir al paso de esta afirmación por lo que ella envuelve de equívoca para la masa trabajadora española, ya que frente a ella nosotros hemos mantenido y mantenemos la nuestra de fracaso del marxismo y muerte total de los principios socialistas, que no quiere decir de los partidos, aunque éstos se resientan precisamente por falta de contenido ideológico inspirador.

Creemos nosotros, y en ello estarán de acuerdo buena parte de los que nos lean, que se acabó ya el régimen individualista en el sentido feudal de encumbramiento de unos por encima de los hombros de la colectividad complaciente. Que viene el triunfo del principio colectivista, no en el sentido estatal del término, sino en cuanto tiene de fuerza motora, como que sólo permitirá la elevación y encumbramiento a las aristarquías, nuevas aristocracias eugénicas y eugenésicas (inteligentes y sanas) que sobrepasen el nivel medio, ya que nosotros no podemos entender por democracia el cortar cuantas cabezas surjan por encima del nivel.

Adulteración del socialismo.

Pero, ¿podemos afirmar que esto signifique el triunfo de los principios socialistas? No. La adulteración visible del programa económico marxista que es norma hoy de estos partidos políticos nos permite negarlo rotundamente y afirmar, por el contrario, que en este proceso de ósmosis y endósmosis con la burguesía va despojándose el socialismo de lo que constituía eje y médula central de su actuación revolucionaria y convirtiéndose en un partido burgués más, y por ello mismo, en un partido inútil, instrumento ineficaz. Porque existe en cada nación una ideología determinada que aconseja el clima, las condiciones del terreno, de la producción, de las costumbres, y en torno a la cual se inspiran y giran todos los partidos. Tal sucede en España con el federalismo, insustituible en nosotros por todas las razones antedichas, y que ha formado con justicia y sigue formando la base programática de los demás partidos, de suerte tal que en España todos los republicanos son federales en el amplio contenido del término, y es el federalismo, en cuanto tiene de exaltación de la individualidad, la base de ese tronco anarquista de ideología tan fuertemente enraizada en la contextura ideológica del ciudadano español. Por ello, el partido socialista, como partido burgués, es completamente inútil, instrumento ineficaz, ya que es uno más en las divisiones que las ambiciones personales, que no las diferencias de ideología, forjan a diario en las huestes políticas. ¿Y podrá alguien negar que este proceso de adulteración de la solera socialista no se ha operado y se sigue operando en cuantos países cobijan en su seno partidos políticos de este colorido social? ¿Es que el hecho de colaborar –precisamente por ser una fuerza en formación, no hecha aún totalmente para tomar en sus manos y por sí la totalidad del poder político –como los demás partidos burgueses no contribuye a su adulteración? La fuerza burguesa republicana suele necesitar siempre del concurso de la fuerza obrera socialista en tanto ésta es –como hasta ahora lo ha sido y sigue siendo, donde aún no se ha ensayado por lo tardío de su desarrollo- árbol joven, aún no granado totalmente, y que no ofrece aún la sabrosa madurez de los frutos. Es entonces el injerto de sangre joven, el garantizar la prolongación por unos años de existencia de la vida harto efímera de las fuerzas republicanas cuando éstas se obstinan en mantener alejadas sus realizaciones de un fuerte contenido social indispensable.

Panorama internacional.

Y así sucede que mientras en un lado, y siguiendo las fuerzas raciales siempre supremas el conjuro de las circunstancias políticas, a veces tanto o más decisivas, fracasan inicialmente en Rusia y dan el poder a la fracción marxista revolucionaria, incapaz a su vez de implantar el tipo comunista estatal, creando tan solo un capitalismo de estado, y de destruir las clases sociales forjando un estado de opresión ejercido por la clase antaño oprimida; en Alemania conviértese en la socialdemocracia, que se niega a toda alianza con los demás frentes del proletariado, que vota a Hindemburg y constituye, en suma, la línea de defensa, última trinchera aparentemente avanzada y rebelde dentro del conservadurismo capitalista de la república alemana; en Bélgica son partidos gubernamentales, con cuyos hombres se cuenta en un momento de peligro para los intereses capitalistas, no para aprovecharse de estas circunstancias para destruirlo e implantar un nuevo tipo de economía, sino para apuntalarlo y favorecerlo; en Inglaterra, donde laboristas y tradeunions defienden el principio del nacionalismo británico y de los altos intereses financieros y capitalistas, cuando hasta sus mismo defensores, los economistas burgueses, como sir Austen Chamberlain, abandonan, que es tanto como declararse vencidos, su defensa; en Francia, donde, aun pese al alejamiento del gobierno, en que les ha mantenido, de un lado, su inicial fracaso a raíz de la guerra, y de otro, la repulsa continuada de los partidos republicanos, son, no las fuerzas de choque revolucionarias, sino los frenos a los ímpetus rebeldes, que han convertido buena parte de los núcleos obreros franceses en humildes servidores de la burguesía, acabando en ellos con la doctrina que dicen mantener como insustituible en la lucha de clases; y entre nosotros, donde necesidades de gobierno, cumplidas precisamente en el momento de su inicial floración, cuando mejor savia pudieron dar a los sectores republicanos, han contribuido a su desprestigio y su anulación ante la opinión pública, autorizando bárbaras represiones, estados de injusticia social y de prevención militarista. Partido que viene a la vida pública antes de nacer a ella, parto prematuro el suyo, que hace que la humanidad, relegándolo al olvido de un partido burgués más, pase por encima de él y mire más allá, hacia las posibilidades federales revolucionarias de la marcha o avanzada sindicalista. No está virtualmente impuesto el socialismo. No ha nacido aún a la vida por sí. Arrastra su existencia de árbol utilizado para injertos sociales al tronco carcomido de la burguesía, sin darse cuenta de que en ello se ha inutilizado y ha firmado su sentencia de muerte. Por eso, hablar de Kerensky en España provoca una sonrisa de compasión, y por eso los periódicos españoles, como los de casi todo el mundo, periódicos burgueses y de empresas, pueden incluir en sus titulares elecciones como las de ayer u otras cualesquiera, y pese a tratarse de repúblicas conservadoras, y aun de monarquías, el número de puestos conquistados por los partidos “gubernamentales”, entre los que figuran en primer lugar, y como aparente desquite a su inferioridad moral, los partidos socialistas.

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Stanley Kubrick apenas dirigió una docena de películas en casi cincuenta años de carrera cinematográfica, convirtiéndose así en uno de los autores menos prolíficos (exceptuando a nuestro Víctor Erice) y, sin embargo, más aclamados de la historia del cine. Una de sus primeras películas fue “Senderos de gloria” (‘Paths of glory’, 1957) que con el paso del tiempo ha devenido en una de sus más perdurables propuestas. Debido a su temática – crítica al estamento militar francés durante la I Guerra Mundial – la película tuvo un disperso y arrítmico estreno mundial (en Francia no se estrenaría hasta 1975, en España hasta 1986) que de forma indirecta contribuyó a su aura mítica y alto prestigio crítico.

Cuando hace años (con horror compruebo: veinte) se estrenó la película en España y la fui a ver al cine (era años de movimientos tipo ‘OTAN de entrada no’ y otros eslóganes incumplidos) no me pareció para tanto, creía estar ante uno más de los muchos falsos mega-prestigios del exilio y la distancia. Ahora cuando la he revisado en DVD he cambiado por completo de opinión: es una de las grandes películas de todos los tiempos, imprescindible, imperecedera, un estudio pavoroso de la crueldad humana, de la falta de empatía, del abuso de autoridad y la sinrazón bárbara de las castas y gremios dirigentes. Encarnado en este caso por el estamento militar.

Primera Guerra Mundial. Francia, 1916. El alto Estado Mayor establece la importancia estratégica y propagandística de la toma de una colina (llamada ‘Colina de las Hormigas’ – y no de forma irónica porque es un episodio real). Ante el señuelo de un ascenso inminente, el general responsable de lanzar el ataque vence su inicial resistencia a lo que intuye una empresa estéril. A su vez pasa la orden al coronel al mando de las tropas que deberán realizar el ataque suicida, quien se acabará doblegando pese a su frontal rechazo a la maniobra. El no por anunciado menos estrepitoso fracaso tendrá como colofón una farsa de consejo de guerra donde se juzgará a tres soldados como escarmiento individual de la supuesta cobardía de todo el regimiento, con la pena de muerte como correctivo ejemplarizante para mejorar así la moral de la tropa.

Los que han aclamado esta película como un paradigma del cine pacifista o antimilitarista le han hecho un flaco servicio, porque la película no sólo es eso, sino que es mucho más. Sobre todo es un estudio sobre las relaciones de poder: quién lo detenta, cómo hace uso o abuso de él, cuáles son los objetivos personales que persiguen, cuales son las justificaciones sociales, políticas o patrióticas tras las que se escudan, etc. Una radiografía de la marrullería del mando en su sentido más amplio y descarnado, ejemplarizado aquí en ‘la jerarquía militar’ y su total desconexión con las personas que forman su equipo: la tropa, es decir, las personas a su mando. Ahora no son los militares los que disponen sobre la vida de los demás, sino los políticos, pero no todo el mundo hace esa analogía y se queda en la superficie: ese antimilitarismo fallero y buenista que critica blanda y cobardemente al árbol caído pero no a los que actualmente detentan el poder.

Stanley Kubrick traslada aquí de forma magistral esa compleja realidad de forma clara, directa y concisa, con una capacidad de ir al grano que fue perdiendo con el paso de los años y las megalomanías presupuestarias. “Senderos de gloria” sirve de catálogo de las mejores virtudes de su director (la perfección del acabado formal y técnico, la creación del contexto exacto e ineludible en que se mueve y vive cada uno de sus personajes, la seducción y coquetería visual de sus imágenes), pero también deja entrever algunos de los defectos que acabarían por devaluar algunas de sus posteriores incursiones (la ampulosidad y grandilocuencia de las imágenes, la falta de sutileza de los diálogos, el excesivo formalismo cerebral en detrimento de las emociones, el concepto antes que la historia, etc.). Pero el conjunto es excelente, extraordinario. Pocas veces se ha visto mejor retratada la cafre guerra de trincheras como en este filme. Ni mejor representado el brutal contraste entre la exquisita vida de los dirigentes y la enfangada realidad de los dirigidos.

Mención singularizada merece todo el gran reparto y muy especialmente un admirable Kirk Douglas (alma financiera del proyecto al producirlo), el untuoso, corrupto y sibilino Adolphe Menjou, George Macready en una repugnante e inhumana composición como la encarnación del mal, la arbitrariedad y el despotismo, hasta llegar a un Ralph Meeker mártir. La fotografía de Georg Krause, tema siempre mimado por Kubrick, se incrusta en la retina y deja la indeleble huella de habernos hecho visualizar el infierno terrenal.

Se podría hablar largamente de esta película que merece con toda justicia el por lo general inflacionario calificativo de Obra Maestra. De imprescindible visión, muy recomendable, muy necesaria, sencillamente genial. Obligatoria en toda videoteca y circunstancia.images8.jpgimages8.jpgimages8.jpgimages8.jpg

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Dice el aforismo que la religión es el opio de los pueblos. Se le atribuye a Marx. Fuera quien fuera, resulta benevolente. Las religiones tienen algo de común: priman la creencia sobre la ciencia, el creer sobre el pensar, la venganza sobre la justicia, el poder sobre la ética, la doble moral sobre los principios. Tanto Italia, como España, italianos y españoles, hemos tenido mala suerte en el reparto de la lotería del cristiano-catolicismo. Fue San Pablo quien hizo de la historia o historieta de un esenio de Judea que se creyó el Mesías -anunciado por las profecías- una religión, es decir, una estructura de creencias. Constantino, emperador romano, le prestó el imperio en el 313 y Teodosio la hizo oficial en el 380, en contra de la tradición romana. Se quedó en Italia y anidó en España con Recaredo en el III Concilio de Toledo (589). Y ahí comenzó la desgracia para nuestro país. Tuvimos Siglo de Oro, principalmente en las letras y en las artes, pero no renacimiento científico. Italia le fue mejor hasta Galileo y Giordano Bruno, con los primeros científicos, matemáticos, fisiólogos, juristas, con Tartaglia, Cardano, Vesalio, Torricelli. Parecía que España estaba destinada a suceder a Italia en esto, como en las artes (1). No fue así. Los curas, es decir, la Inquisición, importada de Francia en la lucha del papado contra los albigenses a comienzos del siglo XIII, anidó en España por mor de los Católicos Reyes, y se acabó la ciencia en esta piel de toro. A Giordano Bruno lo quemaron en la hoguera. Luego Trento (1545)-1563) y la Inquisición, que ¡hasta 1834!, con el ministro Mendizábal, no acabó oficialmente. Aquí no surgió ningún Galileo, ningún Kepler, nada de un Newton o un Leibniz., y no por falta de talentos. Ya se habían apoderado del bachillerato medieval, de muchas de las cátedras en las Universidades -Cisneros y cia.- y así, hasta ahora mismo con la concertada. Felipe II fue el colaborar necesario con la prohibición en 1557 de salir a los estudiantes a otras universidades europeas no fueran que se contaminaran… intelectualmente. Ni la ley Moyano (1857), ni las múltiples constituciones, muchas de las cuales proclamaban la laicidad del Estado, pudieron con ella o con ellos. La II República luchó por ello, pero acabaron con ella, con el apoyo mayoritario de los curas, de la jerarquía.

Yo fui a un colegio de curas, como una gran mayoría de los que hemos pasado los 50, pero mis sobrinos han ido también a colegios de curas y monjas, desde donde se organizan las manifestaciones contra los tímidos avances en la enseñanza. Da igual la edad, aún los tenemos ahí, en la enseñanza secundaria. No se contentan con los púlpitos, quieren también las cátedras, además del poder secular, del brazo armado del Estado. Te hablan de la fe, pero por si acaso eso falla, te amenazan con la excomunión y las penas del Infierno, así, con mayúscula. Y si esto no es suficiente, con el castigo corporal, físico. Ahí tenemos al Sr. Bono, presidente de la máxima cámara depositaria de la soberanía popular atribulándose contra la jerarquía por su catolicismo. A mí me parece que ser católico y presidente de algo que se rige por un principio constitucional de aconfesionalidad es una contradicción, pero allá él. Esperemos que no se deje influir por los amigos de rezo y comunión. Ahora ya no disponen de la violencia del Estado, de los autos públicos de fe, de las hogueras, pero siguen amenazando como si las tuvieran. El Estado de Derecho, la neutralidad del Estado en materia de religión es una milonga para estos señores, algo que se estudia en colegios y universidades como una asignatura a aprobar, pero de ahí a llevarlo a la práctica, no: eso es pecado y está muy castigado, y ni bulas ni el dinero -ahora- pueden redimirlo. Lutero (1483-1546) se opuso a las indulgencias como objeto de compra-venta y no lograron pillarlo, se les escapó, se separó de la iglesia de Roma y fundó una heterodoxia.

Y así estamos ahora, con el Sr. Rouco, ese cura con un parecido exarcebado a un tal Paco Clavet, un artista dicen, aunque no sé exactamente de qué. Ahora dice este señor -el cura, no el artista- que no votar contra el aborto es merecedor de la excomunión. ¡Qué suerte tenemos los ateos! ¿Es posible que algún diputado pueda cambiar su voto por las amenazas de este golpista? Sí, porque pretender influir en las decisiones del máximo órgano de la soberanía nacional por encima de los votos de los españoles, yendo más allá de su propio voto, amenazar con las penas del Infierno católico, es golpismo. ¡Qué bien y cuán a sus anchas vivieron estos curas -tanto los de la jerarquía como los de las órdenes- con la dictadura franquista! Aún no se han enterado que ha llegado la democracia. No quiero ser injusto, porque no me olvido de los curas obreros, del padre Llanos, de Díez Alegría, de la teología de la liberación, del asesinado Yacuría y de tantos otros que estuvieron con el pueblo -como se decía antes- y contra la dictadura franquista. Muchas parroquias e iglesias nos sirvieron de refugios clandestinos. Pero estos son una minoría; además no mandaban ni mandan, no pueden llegar, ninguno llegó a la jerarquía máxima; no hay ningún cura simplemente progresista en la Conferencia Episcopal. El último que abrió una ventana a la pestilencia de los jerarcas de la toga fue el Sr. Tarancón y tuvo la mala suerte de que su nombre rimara con paredón: ¡Ay si hubieran podido cogerle los ancestros del P.P.! Me gusta la frase de Napoleón: cuando el enemigo se equivoca, no hay que distraerle. No hay que intentar que cambien ahora, que intenten remediar o remendar sus errores porque tampoco pueden cambiar sus consecuencias, porque tampoco pueden resucitar a quienes quemaron, amenazaron, exiliaron y destrozaron su vida con sus simples amenazas o con algo más; no se puede cambiar la historia de este país y el inmenso destrozo y lastre que supone la mera existencia de estos tipos, se vistan con sotana o con chaqueta. Que sigan así, equivocándose, hasta que las iglesias vayan quedándose vacías, hasta que las bodas canónicas sean una extrañeza, hasta que tengan que cerrarlas porque los católicos de corazón les aborrezcan por falsos y cínicos, por su pasado y su presente, hasta que vayan aumentando los que profesan otras religiones libremente y, mejor aún, los que no profesan -no profesamos- ninguna. Pero queda un inmenso problema, al menos en este país.

Ese problema es la enseñanza concertada, el mayor error de Felipe González, junto con la modificación jurídica de la contratación laboral que ha permitido -aunque no fuera el deseo- el trabajo precario, temporal, de despido gratis. Este error -el de la enseñanza concertada, y el otro también- hay que subsanarlo tarde o temprano, y mejor cuanto antes. Que los curas sigan teniendo los púlpitos, no hay problema; que sigan con su fundamentalismo, peor para ellos, pero que sigan en la enseñanza secundaria, no nos engañemos, es malo para todos nosotros, para la enseñanza en libertad, para el conocimiento científico o, simplemente, para el conocimiento; es un lastre que debemos soltar. Ya se ha visto en todas las modificaciones y supuestas modernizaciones de la enseñanza secundaria, las LOGSEs y LOEs se quedan en el tintero, cuando no en agua de borrajas, por esta maldición. Seamos franceses en esto: la enseñanza y el Estado, laicos, y los curas, a los púlpitos, de donde nunca debieron salir. Quizá tampoco debieron entrar -o subir-, pero eso es ucronía y no se puede viajar atrás en el tiempo. En cambio, se puede gobernar en el tiempo, estar, como diría Ortega, a la altura de los tiempos, y los tiempos de los ex-comulgadores que utilizan el brazo secular ha pasado. Ahora ni siquiera el P.P., con su añoranza del franquismo y su integrismo católico, lo puede resucitar. Pero aún falta el último empujón. Ahí la izquierda y los sindicatos tienen mucho tajo. Ahora ya no pueden amenazar con una nueva guerra in-civil, y además, esta vez la perderían.

(1) Recomiendo vivamente el libro “Revolución científica”, de Sellés y Solis, editorial Síntesis.

Antonio Mora Plaza es economista.

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La cibercomunidad naciente encuentra refugio en la realidad virtual, mientras las ciudades tienden a convertirse en inmensos desiertos llenos de gente, donde cada cual vela por su santo y está cada cual metido en su burbuja. Hace cuarenta años, según las encuestas, seis de cada diez norteamericanos confiaban en la mayoría de la gente. Ahora, la confianza se ha desinflado: sólo cuatro de cada diez confían en los demás. Este modelo de desarrollo desarrolla el desvínculo. Cuanto más se demoniza la relación con las personas, que pueden contagiarte el sida, o quitarte el trabajo, o desvalijarte la casa, más se sacraliza la relación con las máquinas. La industria de la comunicación vende los abracadabras que dan acceso a la Nueva Era de la historia de la humanidad. Pero este mundo comunicadísimo se está pareciendo demasiado a un reino de solos y de mudos.

Los medios dominantes de comunicación están en pocas manos, pocas manos que son cada vez menos manos, y por regla general actúan al servicio de un sistema que reduce las relaciones humanas al uso mutuo y al mutuo miedo. En estos últimos tiempos, la galaxia internet ha abierto imprevistas, y valiosas, oportunidades de expresión alternativa. Por internet están irradiando sus mensajes numerosas voces que no son ecos del poder. Pero el acceso a esta nueva autopista de la información es todavía un privilegio de los países desarrollados, donde reside el 95 % de sus usuarios[1].

El control del ciberespacio depende de las líneas telefónicas, y no resulta para nada casual que la ola privatizadora de los años recientes haya arrancado los teléfonos de manos públicas, en el mundo entero, para entregarlo a los grandes conglomerados de la comunicación. Las inversiones norteamericanas en teléfonos extranjeros se multiplican mucho más que las demás inversiones, mientras corre al galope la concentración de capitales: hasta mediados del 98, ocho megaempresas dominaban el negocio telefónico en Estados Unidos, y en una sola semana se han reducido a cinco.

La televisión abierta y por cable, la industria del cine, la prensa de tiraje masivo, las grandes editoriales de libros y de discos, y las radios de mayor alcance, también avanzan hacia el monopolio. Los mass media de difusión universal han puesto por las nubes el precio de la libertad de expresión: cada vez son más los opinados, los que tienen el derecho de escuchar, y cada vez son menos los opinadores, los que tienen el derecho de hacerse escuchar. En los años siguientes a la segunda guerra mundial, todavía se encontraba amplia resonancia a los medios independientes de información y de opinión, y las aventuras creadoras que revelaban y alimentaban la diversidad cultural. Hacia 1980, la devoración de muchas empresas medianas y pequeñas había dejado la mayor parte del mercado planetario en poder de cincuenta corporaciones. Desde entonces, la independencia y la diversidad se han ido haciendo más raras que perro verde.

En los últimos cinco años, han duplicado su mercado internacional las principales empresas norteamericanas de comunicación: General Electric, Disney/ABC, Time Warner/CNN, Viacom, Tele-Communications Inc. (TCI) y la recién llegada Microsoft. Estos gigantes ejercen un poder oligopólico[2] que en escala planetaria comparten con el imperio Murdoch, la empresa japonesa Sony, la alemana Bertelsmann y alguna que otra más. Entre todas han tejido una maraña universal. Ante este panorama poco pueden hacer las leyes jurídicas contra las leyes económicas y la economía capitalista genera concentración de poder tan inevitablemente como el invierno genera frío. No parece probable que las leyes anti-trust, que otrora amenazaban a los reyes del petróleo o del acero, puedan poner en peligro, alguna vez, a la urdimbre planetaria que está haciendo posible el más peligroso de los despotismos: el que actúa sobre el corazón y la conciencia de la humanidad entera.La diversidad tecnológica dice ser diversidad democrática. La tecnología pone la imagen, la palabra y la música al alcance de todos, como nunca había ocurrido antes en la historia humana; pero esta maravilla puede convertirse en un engaña pichanga si el monopolio privado termina por imponer la dictadura de la imagen única, la palabra única y la música única.

El negocio de informar a discreción
La guerra fría ha quedado atrás. Con ella, el llamado mundo libre ha perdido las justificaciones mágicas que hasta hace poco proporcionaba la santa cruzada de occidente contra el totalitarismo imperante en los países del este. Ahora, está resultando cada día más evidente que la comunicación manipulada por un puñado de gigantes puede llegar a ser tan totalitaria como la comunicación monopolizada por el estado. Estamos todos obligados a identificar la libertad de expresión con la libertad de empresa. La cultura se está reduciendo al entretenimiento, y el entretenimiento se convierte en brillante negocio universal; la vida se está reduciendo al espectáculo, y el espectáculo se convierte en fuente de poder económico y político; la información se está reduciendo a la publicidad, y la publicidad manda.

Dos de cada tres seres humanos viven en el llamado Tercer Mundo, pero dos de cada tres corresponsales de las agencias de noticias más importantes realizan su trabajo en Europa y en Estados Unidos. ¿En qué consisten el libre flujo de la información y el respeto a la pluralidad, que los tratados internacionales afirman y los discursos de los gobernantes invocan? La mayoría de las noticias que el mundo recibe provienen de la minoría de la humanidad, y a ella se dirigen. Eso resulta muy comprensible desde el punto de vista de la agencias, empresas comerciales dedicadas a la venta de información, que recaudan en Europa y Estados Unidos la parte de león de sus ingresos. Un monólogo de la parte norte del mundo: salvo en caso de guerra o catástrofe, y con frecuencia los periodistas, que transmiten lo que ocurre, no hablan la lengua del lugar ni tienen la menor idea de la historia ni de la cultura local. La información que difunden suele ser dudosa y, en algunos casos, lisa y llanamente mentirosa. El sur queda condenado a mirarse a sí mismo con los ojos que lo desprecian.

A principios de los ochenta, la UNESCO patrocinó un proyecto, nacido de la certeza de que la información no es una simple mercancía, sino un derecho social, y que la comunicación tiene la responsabilidad de la función educativa que ejerce. En ese, marco se planteó la posibilidad de crear una nueva agencia internacional de noticias, para informar con independencia, y sin ningún tipo de presión, desde los países que padecen la indiferencia de las fábricas de información y de opinión. Aunque el proyecto fue formulado en términos ambiguos y muy cuidados, el gobierno norteamericano se quejó ante este atentado contra la libertad de expresión. ¿Por qué tenía que meterse la UNESCO en los asuntos del libre mercado? Estados Unidos se fue de la UNESCO dando un portazo, y también se marchó Gran Bretaña, que suele actuar como si fuera colonia de la que fue su colonia. Entonces, se archivó la posibilidad de una información internacional desvinculada del poder político y del interés mercantil. Por tímido que sea, cualquier proyecto de independencia puede amenazar, en alguna medida, la división internacional del trabajo, que atribuye a unos pocos la función activa de producir noticias y opiniones, y atribuye a todos los demás la función pasiva de consumirlas”.

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Nadia Lamarkbi, periodista francesa, ha lanzado la idea en Internet: ¿qué pasaría si nuestro país se despertara mañana sin nosotros, los inmigrantes? Abrió una página de Facebook, titulado “Un día sin inmigrantes: 24 horas sin nosotros”. En el momento de escribir este artículo, los miembros han llegado a 33.000.

Lo que parecía un desahogo provocador se ha convertido en una iniciativa concreta, una acción independiente de grupos políticos, sindicatos, asociaciones, religiones, según lo estipulado en el artículo 1 del manifiesto. El día en cuestión será el uno de marzo de 2010. Ese día, en Francia (pero no sólo) irán a la huelga enfermeros, conserjes, taxistas, obreros, barrenderos, canguros, lavaplatos y cuidadores. Según los organizadores, la sociedad francesa se dará cuenta de este modo de la verdadera riqueza de la inmigración. La convocatoria se dirige no sólo a los inmigrantes, sino a todos los ciudadanos “conscientes” de la contribución de la inmigración a la economía y la sociedad francesa. Al mismo tiempo, se invita a salir a la calle a quienes “quieran acabar con los debates nauseabundos sobre la identidad francesa”.

Se están organizando en la red mediante un blog, con grupos regionales así como con un foro. Confían en que se produzca un efecto dominó. Yassine escribe en Facebook: “Francia nunca ha dejado pasar una cita con la historia, Francia no es Sarkoland, seremos muchos.” Mimoun dice: “Es la única lección que los inmigrantes pueden aportar a esta sociedad que no reconoce su utilidad”. Soraya: “No olvidemos que los trabajadores sin papeles realizan trabajos más ingratos. Todos los segmentos de la población deben movilizarse, empezando por los más necesitados”.

Este día llegará exactamente tres años después de la entrada en vigor en Francia del “Código de entrada y residencia de extranjeros”, una ley severamente contestada, ya que representa “una visión utilitarista además de selectiva de la inmigración, basada en criterios económicos” . Una jornada que también tiene un precedente histórico en los Estados Unidos: el 1 de mayo de 2006. Cientos de miles de personas de origen hispano boicotearon todas sus actividades: el trabajo, la escuela, los consumos. En Ls Ángeles salieron 600.000 a la calle; 300.000 en Chicago; hubo manifestaciones desde California hasta Nueva York. El lema era: “si paramos, se pararán los Estados Unidos”.

El eco de los sin papeles franceses también ha llegado a Italia, y gracias a Facebook se está extendiendo como un reguero de pólvora. Ya ha más de mil miembros, pero el efecto dominó de las redes sociales, permitirá que se alcancen cifras superiores, visto que la iniciativa está prevista para dentro de tres meses. Quienes deseen participar, pueden clicar el siguiente URL: http://www.facebook.com/group.php?v=wall&ref=search&gid=208029527639 # / group.php? V = pared & ref = nf & gid = 208029527639.

Fuente: http://it.peacereporter.net/articolo/19208/Un+giorno+senza+immigrati

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En el carné de identidad iraquí 283.678 tan sólo se aprecia el diminuto rostro de un bebé. Shukriya y Jassem decidieron ocultar su terrible condición cubriendo el cuerpo de la pequeña con una toalla. El documento asegura que Fatma, la menor de los seis hijos de la pareja iraquí, nació el 27 de abril del 2006. «Los otros nacieron antes de la guerra [del 2003] y ninguno antes ha tenido problemas de salud», explica la madre de la pequeña.

Cuando los doctores del hospital de Faluya le hicieron la pertinente ecografía le anunciaron que iba a tener trillizos. «Vieron tres cabezas», dice Shukriya.

Pero el día de la cesárea la esperanza de la mujer mudó a pesadilla. Los doctores extrajeron primero un monstruo sin vida. Un cráneo casi sin cuerpo, unido sólo a un pingajo de carne. Después se encontraron con Fatma. Tenía dos cabezas. Carecía de paladar y mostraba un agujero en el corazón.

En sus repetidas visitas a los centros hospitalarios de Faluya, Shukriya descubrió que el caso de su hija no era único. Que en la ciudad iraquí estaba naciendo un inexplicable número de bebés deformes o afectados por raras anomalías congénitas. Fue la misma conclusión a la que llegaron los doctores del Hospital General de Faluya y por ello comenzaron a documentar con fotografías estos extraños padecimientos.

Crónica ha tenido acceso a decenas de estas instantáneas, imposibles de publicar por su crudeza. Son imágenes que reflejan lo que semeja ser «un gran desastre», en expresión entresacada del estudio que ha realizado al respecto la ONG Centro de Conservación del Medio Ambiente de Faluya. Fotos de criaturas con un solo ojo, con dos cráneos, hinchadas y con los intestinos fuera (una inusual condición llamada exomphalos), con parte de la columna vertebral al aire libre (espina bífida), repletos de escamas o sin alguna de sus extremidades.

«Las jóvenes de Faluya están aterrorizadas por la posibilidad de tener un hijo ante el incremento del número de bebés nacidos con deformaciones grotescas». Éste era el mensaje que lanzaba la misiva que envió el pasado día 12 de octubre a la Asamblea General de Naciones Unidas un grupo de activistas y expertos internacionales liderados por la ex ministra de Asuntos de la Mujer de Irak, Nawal Al-Samarrai, para llamar la atención sobre lo que está ocurriendo en la villa árabe.

Septiembre: 75%, deformes

El documento ofrecía una angustiosa estadística que Samarrai atribuyó a cifras recopiladas en el citado Hospital General de Faluya. Según estos guarismos, en septiembre nacieron en dicho centro 170 bebés, de los cuales el 24% falleció en menos de una semana. Un 75% de los recién nacidos que murieron fueron catalogados como «deformes». Remontándose a agosto del 2002, el escrito contabilizaba 530 nacimientos, seis muertes en los primeros siete días de vida y sólo un caso de deformidad.

«Empezamos a oír hablar de este problema durante el Gobierno de Iyad Allawi (junio 2004-abril de 2005), pero nunca se hizo nada. En varias ocasiones intenté que se ayudara a las familias afectadas pero los ministros tenían miedo de los americanos», precisa Samarrai, que renunció a su cargo en febrero. «No nos cabe duda de la relación que existe entre estos bebés deformes y el uso de armas como el fósforo blanco y el uranio empobrecido. Es sólo un ejemplo de los crímenes de guerra que cometieron los americanos y por eso le hemos pedido a la ONU que se abra una investigación internacional», asegura.

De Vietnam a Faluya

La guerra golpeó Faluya como un ciclón. El ejército estadounidense se empleó a fondo en abril y especialmente en noviembre y diciembre del 2004 en una batalla calle por calle que los expertos equiparan sólo a los feroces combates que libraron en la ciudad vietnamita de Hue en 1968.

Según las estadísticas locales, casi 36.000 de las 50.000 viviendas de la ciudad fueron arrasadas o sufrieron graves daños, además de 60 colegios y 65 mezquitas.

«Cuando volvimos, los gatos y los perros estaban gordísimos debido a la cantidad de carne humana que habían comido», recuerda Ismail Abdul Karim, presidente de la ONG local Alakhiyar, otra de las agrupaciones que están intentado quebrar el silencio informativo que se ha creado en torno a los bebés deformes.

Desde un primer instante los residentes de Faluya denunciaron que las fuerzas estadounidenses habían usado todo tipo de armas devastadoras: desde uranio empobrecido (conocido por las siglas DU) a fósforo blanco.

Sólo un año más tarde y después de que la RAI italiana ofreciera imágenes concluyentes sobre dicha práctica en el documental Faluya: la masacre oculta, Washington admitió haber utilizado fósforo blanco pero «sólo contra enemigos combatientes», explicó el coronel Barry Venable, portavoz del Pentágono.

«El fósforo blanco es una munición convencional, no es un arma química. No es ilegal ni está prohibida», clamó este militar.

A cinco años de aquella fecha todavía es fácil descubrir habitáculos reducidos a escombros en las calles de esta población sita 70 kilómetros al oeste de Bagdad. La ciudad que antaño albergó a 600.000 personas continúa cercada por muros, alambradas y controles. Cualquier visitante -incluido el reportero de Crónica- debe obtener un permiso para acceder al interior. Ello no ha impedido que se reactive la violencia en los últimos meses ni el retorno de la desquiciada acción de los suicidas.

Campo de lápidas

El símbolo del pavoroso legado que ha dejado este conflicto en la población es el llamado «cementerio de los mártires». El antiguo estadio de fútbol de Faluya que, al igual que pasó en Sarajevo, tuvo que ser usado como necrópolis durante las ofensivas del 2004.

Los sepultureros del improvisado camposanto recuperan de su memoria acontecimientos más próximos. Se acuerdan perfectamente de Fatma. «Sí, tenía una cabeza muy grande», rememora Jamsa Mohamed Saleh. El empleado del recinto deambula entre las hileras de tumbas y comienza a señalar las pequeñas lápidas que marcan las que están dedicadas a infantes. Hay docenas de ellas. «Desde hace dos años no dejan de llegar niños. Enterramos entre 30 y 50 al mes. La mayoría nacen ya muertos. Llevo trabajando aquí desde 1989 y nunca había visto algo igual. Dicen que son las armas que usaron los americanos», apunta.

Su compañero Kamel Yassem Mohamed se encarga de lavar los cuerpos siguiendo la tradición del Islam. «Muchísimos son bebés deformes», asevera.

Desbordados por un fenómeno que no comprenden, los padres de las víctimas decidieron reunirse el año pasado en un colegio local. «Hicimos un llamamiento y aparecieron 350 niños», relata Ismail Abdul Karim. En una grabación que se realizó sobre aquella protesta se aprecia al grupo de afectados bajo una pancarta que reza: «Niños incapacitados víctimas de las operaciones militares». También se pueden ver varias de las criaturas. Uno de los chiquillos muestra unas piernas reducidas a muñones que semejan aletas.

La pequeña Tiba Aftan llora desconsolada bajo el agobio que le produce el tumor que tiene en la cara. Durante sus primeras semanas de vida, Tiba parecía ser un bebé sano. Pero su madre relató a la cadena de televisión Al Yazeera cómo su hija pasó de ser una entrañable recién nacida a un ser desfigurado.

«Tres días después de su nacimiento me di cuenta de que tenía unas pequeñas arterias sobre el ojo. La gente decía que era sólo una marca de nacimiento», explicó. Cuando Aftan tenía un mes de vida, las ramificaciones comenzaron a crecer y extenderse. Surgieron como una masa de color violeta y aspecto turbador que le cubrió medio rostro. «Los médicos me dijeron que no había cura, que tenía un tumor en los vasos sanguíneos», añadió la madre. Afta tuvo suerte. Tras deambular por múltiples hospitales pudo trasladarse a Jordania donde los doctores le extirparon la protuberancia.

Agujeros en el corazón

Son incontables los casos de niños que no han sido tan afortunados. Basta con realizar una visita al nuevo y flamante hospital de Faluya, uno de los escasos proyectos de reconstrucción que parecen haberse materializado en Irak desde la invasión estadounidense. Aquí, doctores como Ali Abdel Hamid reconocen no comprender el incremento de bebés que nacen con trastornos incompatibles con la vida.

«Las anomalías congénitas ocurren en todos los países, pero en Faluya el número es asombroso. El problema más común ahora es lo que llamamos enfermedades cardíacas hereditarias. Los bebés nacen con los dos ventrículos del corazón comunicados por un agujero. Es algo habitual en el resto del mundo pero también lo es que ese agujero se cierre cuando el bebé crece, pero aquí no pasa eso. Los niños se nos mueren. Los agujeros en el corazón son enormes. Ayer murió otra niña de esa misma dolencia. Antes de la guerra teníamos tres o cuatro de este tipo al mes; ahora es la misma cifra pero por semana», denuncia el facultativo.

Hamid acompaña al periodista en un recorrido por las habitaciones del hospital, donde se multiplican los casos de pequeños afectados por estos defectos.

Con sólo 29 días de vida, Sharaf Sabah ha tenido que ser operada de espina bífida. Cerca de ella descansa Malak Ahmed, que nació hace cinco jornadas. Su cráneo parece abombado. «Le está supurando el cerebro. Se le está llenando de líquido», aclara la doctora Samira Telfah Abdel Gani.

En otra habitación se encuentra Hudeifa Udei, un bebé que vino al mundo hace sólo 48 horas. Tiene las piernas contrahechas, como si fueran las extremidades de un sapo. «Si preguntas a cualquier experto o lees libros de medicina, te dicen que estas deformaciones son producto de la contaminación del medio ambiente. Pero no tenemos pruebas definitivas sobre la relación que tengan con las armas que usaron los estadounidenses», dice Abdel Gani.

En urgencias

Desde hace días Samira es la encargada de certificar con fotografías la presencia de estas enfermedades congénitas. Tan sólo en las primeras 10 jornadas contabilizó hasta 14 bebés con deformidades. Lo normal sería encontrar de tres a cuatro casos por cada 100 alumbramientos. «La mayoría son problemas de corazón pero también hay niños con el cráneo deformado o con seis dedos», revela.

La conversación queda interrumpida temporalmente cuando los facultativos son convocados con premura a la sala de urgencias. Acaba de estallar una bomba en la ciudad. No se conoce el número de víctimas. «No tenemos tiempo de realizar una investigación formal sobre estas anormalidades porque el día a día es éste. Bombas y guerra», se apresura a decir la doctora.

Aunque también admite que no dispone de evidencias definitivas, otro doctor del hospital, Anis Ahmed, recuerda que al regresar a la ciudad en 2004, tras la arremetida norteamericana, «los propios soldados nos dijeron que no se nos ocurriera comer la comida que encontrásemos en las casas, ni beber el agua del grifo ni siquiera utilizar la ropa que habíamos dejado en los armarios. Que lo tirásemos todo. Sólo querían que bebiéramos de unos tanques de agua potable que trajeron a la villa. ¿Por qué?, me pregunto. Al llegar nos encontramos con decenas de pájaros muertos por las calles. Mi opinión es que hay un vínculo evidente entre las armas que usaron y lo que está pasando».

Las incógnitas que se plantea la población de Faluya no dejan de acrecentarse. Lo mismo que los casos de malformaciones. El Hospital de Faluya no es ni mucho menos el único centro sanitario que ha constatado la expansión de estas enfermedades infrecuentes.

El oculista Abdula Melhem revisa cada semana varios casos de recién nacidos con «párpados deformes y atrofia ocular». También», añade el doctor, «son muy comunes las cataratas, los daños en los nervios (ópticos) y hasta deformidades de toda la órbita (ocular). A veces los bebés nacen con un ojo pequeño y algunos incluso sin ojos».

Pese a que el diagnóstico de los médicos fue siempre muy sombrío, Shukriya nunca dejó de luchar por la supervivencia de Fatma. La llevó a especialistas de Bagdad y de Ramadi. Todos le explicaron que la única opción para salvar a la niña era una compleja operación imposible de realizar en Irak. «Tuve que empeñar todas mis joyas de oro [el ajuar que suelen acumular las féminas árabes para el matrimonio]. Más de 3 millones de dinares [más de 2.500 euros, una pequeña fortuna en este país]».

-¿Le explicaron los doctores la razón de esta malformación?

-Todos decían que fue a causa de las armas que usaron los norteamericanos.

-¿Recuerda algún caso parecido en la familia de sus hermanos, padres, abuelos?

-No, nunca nos habíamos enfrentado a nada igual.

El día del fin

La agonía de Fatma alcanzó su clímax en febrero. «Sufría mucho. Le empezó a crecer la cabeza. Los médicos me dijeron que se acercaba el final. Una noche vi cómo le cambiaba la cara. No podíamos ir al hospital porque habían decretado el toque de queda. Parecía que la cabeza le iba a estallar». Jassem fue el primero en darse cuenta de que al menos el padecimiento de la pequeña había concluido. Le agarró una mano y vio que ya no tenía vida. «Nos pasamos la noche rezando el Corán al lado de su cuerpo. Por la mañana, cuando se acabó el toque de queda, la llevamos a enterrar».

La foto de Fatma, la niña de las dos cabezas, cuelga ahora de algunos recintos como la sede de la ONG Alakhiyar. Se ha convertido en un emblema turbador. Sus padres coinciden con el resto de las familias de Faluya azotadas por este flagelo. Exigen respuestas. Una averiguación oficial. «Y que los americanos paguen por el sufrimiento y el dolor que tuvo que soportar Fatma», zanja Shukriya.

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“La gravísima crisis económica y financiera que está convulsionando el mundo nos trae la angustiosa sensación de que hemos llegado al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a continuación.
¿Qué hacemos nosotros, que presenciamos, impotentes, al avance aplastante de los grandes potentados económicos y financieros, locos por conquistar más y más dinero, más y más poder, con todos los medios legales o ilegales a su alcance, limpios o sucios, normalizados o criminales?
¿Podemos dejar la salida de la crisis en manos de los expertos? ¿No son ellos precisamente, los banqueros, los políticos de máximo nivel mundial, los directivos de las grandes multinacionales, los especuladores, con la complicidad de los medios de comunicación social, los que, con la soberbia de quien se considera poseedor de la última sabiduría, nos mandaban callar cuando, en los últimos treinta años, tímidamente protestábamos, diciendo que nosotros no sabíamos nada, y por eso nos ridiculizaba? Era el tiempo del imperio absoluto del Mercado, esa entidad presuntamente auto- reformable y auto-regulable encargada por el inmutable destino de preparar y defender para siempre jamás nuestra felicidad personal y colectiva, aunque la realidad se encargase de desmentirlo cada hora que pasaba.
¿Y ahora, cuando cada día aumenta el número de desempleados? ¿Se van a acabar por fin los paraísos fiscales y las cuentas numeradas? ¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios, de ingenierías financieras claramente delictivas, de inversiones opacas que, en muchos casos, no son nada más que masivos lavados de dinero negro, del narcotráfico y otras actividades canallas? ¿Y las expedientes de crisis, hábilmente preparados para beneficio de los consejos de administración y en contra de los trabajadores?
¿Quién resuelve el problema de los desempleados, millones de víctimas de la llamada crisis, que por la avaricia, la maldad o la estupidez de los poderosos van a seguir desempleados, malviviendo temporalmente de míseros subsidios del Estado, mientras los grandes ejecutivos y administradores de empresas deliberadamente conducidas a la quiebra gozan de cantidades millonarias cubiertas por contratos blindados?
Lo que está pasando es, en todos los aspectos, un crimen contra la humanidad y desde esta perspectiva debe ser analizado en los foros públicos y en las conciencias. No es exageración. Crímenes contra la humanidad no son solo los genocidios, los etnocidios, los campos de muerte, las torturas, los asesinatos selectivos, las hambres deliberadamente provocadas, las contaminaciones masivas, las humillaciones como método represivo de la identidad de las víctimas. Crimen contra la humanidad es también el que los poderes financieros y económicos, con la complicidad efectiva o tácita de los gobiernos, fríamente han perpetrado contra millones de personas en todo el mundo, amenazadas de perder lo que les queda, su casa y sus ahorros, después de haber perdido la única y tantas veces escasa fuente de rendimiento, es decir, su trabajo.
Decir “No al paro” es un deber ético, un imperativo moral. Como lo es denunciar que esta situación no la generaron los trabajadores, que no son los empleados los que deben pagar la estulticia y los errores del sistema.
Decir “No al paro” es frenar el genocidio lento pero implacable al que el sistema condena a millones de personas. Sabemos que podemos salir de esta crisis, sabemos que no pedimos la luna. Y sabemos que tenemos voz para usarla. Frente a la soberbia del sistema, invoquemos nuestro derecho a la crítica y nuestra protesta. Ellos no lo saben todo. Se han equivocado. Nos han engañado. No toleremos ser sus víctimas.

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Durante los últimos días hemos visto como los medios de comunicación convencionales mostraban su alborozo por el aniversario de la caída del muro de Berlín y el posterior derrumbe del régimen soviético. Había en la mayoría los reportajes audiovisuales, de los artículos de fondo y de opinión de las diversas empresas de comunicación una alegría, una euforia poco contenida, una ausencia de análisis crítico que, además de mostrar el encefalograma plano que se deduce de todo pensamiento único, intentaban crear la atmósfera precisa para que todos nos sintiésemos muy contentos por un acontecimiento que tiene bastantes más lecturas que las que esos medios han ofrecido a la ciudadanía con la mayor de las desvergüenzas: Aquellos hechos permitieron que muchos habitantes de la Europa del Este se liberasen del opresor sistema soviético, que pudieran comer hamburguesas, beber coca-cola, llevar pantalones vaqueros y convertirse en potenciales consumidores compulsivos, pero también que ingresasen en un sistema económico inhumano y alienante que ahora comienzan a conocer en toda su crueldad, que el capitalismo tuviese nuevos mercados y pudiese obtener mano de obra más barata, que las condiciones de vida y las libertades democráticas hayan sufrido un deterioro tan enorme como difícil de recuperar.
La revolución de 1917, perdón por el tópico, fue ideada por unos intelectuales marxistas no para que ocurriera en Rusia, sino en Alemania, el país más industrializado de Europa en aquellos años. No fue así y la revolución sucedió en el país más grande de la tierra, el país de las almas muertas, el país con más palacios del mundo y con más pobres. Pese a los tremendos obstáculos que hubo de superar, la revolución triunfó y durante décadas sembró de esperanzas los corazones de millones de trabajadores de todo el mundo que pensaron que era posible un mundo mejor, que la era de la libertad, la igualdad, la justicia social y la solidaridad estaba próxima, que la desaparición del hombre dedicado a explotar a sus semejantes era cuestión de días, que el sacrificio de siglos no había caído en saco roto. Sin embargo, el capitalismo, como era de preveer, no iba a consentir que nadie les arrebatase un territorio tan extenso y, mucho menos, que fuese el punto de partida para un cambio de sistema económico a escala planetaria. En 1918, los reaccionarios rusos y las grandes potencias mundiales declararon la guerra al nuevo régimen, una guerra que cercenó muchas vidas, que obligó al régimen soviético a cerrarse sobre sí mismo y que forzó a los revolucionarios a crear un potente ejército y una nueva policía para controlar dentro de sus fronteras las acciones de los quintacolumnistas. Comenzó de este modo a desvirtuarse por la presión bélica exterior la esencia de la revolución, pues los bolcheviques tuvieron que destinar cantidades ingentes de dinero para defenderse del exterior y cuidarse de la amenaza interior. Empezaba de ese modo y en fecha tan temprana, la guerra fría, que desde 1918 no tuvo más finalidad que eliminar cualquier tipo de alternativa al capitalismo mediante la asfixia económica propiciada por una carrera armamentística suicida, por el bloqueo económico y por la puesta en marcha de un gigantesco aparato de propaganda dedicado a ocultar todos los logros de los soviéticos, a engrandecer sus errores y a hacer lo contrario cuando se trataba de informar del sistema capitalista vigente en Occidente.
Entre tanto, mientras los revolucionarios rusos no podían llevar a cabo sus planes debido al cerco exterior, los trabajadores de los países más desarrollados vieron como sus gobiernos y sus empresarios admitían derechos económicos, sociales y culturales que hasta entonces habían rechazado con la contundencia que permite el uso indiscriminado y salvaje de la fuerza bruta. Los ataques hacia el régimen soviético, tuvieron uno de sus puntos culminantes con el triunfo del nazi-fascismo en Europa, triunfo que comenzó en España y al que nadie más que los españoles hicieron frente hasta que las grandes democracias vieron que el horror entraba por las puertas de sus casas. Fueron de nuevo los soviéticos, con veinticinco millones de muertos, quienes pusieron la carne en el asador, quienes detuvieron a la bestia para permitir que en buena parte de Europa siguiesen vigentes las democracias liberales. Acabada la II Guerra Mundial, comenzó la segunda fase de la guerra fría. La URSS se había convertido en una potencia mundial y ya no era posible mantener la discordia interior, por lo que la otra gran potencia, Estados Unidos, y sus aliados, decidieron inventar guerras periféricas e iniciar la más peligrosa competición que ha conocido el mundo: La lucha por la hegemonía nuclear. Al final, el régimen soviético, acuciado desde su nacimiento por el acoso de las grandes potencias occidentales, terminó anquilosándose y burocratizándose. La caída de muro de Berlín en 1989 fue la señal inequívoca de que el experimento ruso había llegado a su fin. El capitalismo quedaba como único sistema económico viable y su máximo exponente, Estados Unidos, se convertía en la única potencia mundial, dispuesta a hacer valer su victoria imponiendo su forma de vida, sus métodos y su manera de entender la democracia al resto de la Humanidad.
Desde la crisis económica de 1973, las democracias burguesas habían comenzado a laminar tímidamente las conquistas sociales que las luchas obreras y el triunfo de la revolución rusa habían deparado a las clases trabajadoras de Occidente. Fue el primer aviso. A finales de los setenta, Reagan y Tacher mostraron el verdadero rostro del capitalismo a una sociedad que se creía que lo conseguido hasta la fecha era intocable. Comenzaron las reconversiones masivas, las privatizaciones de los servicios públicos, la disminución de las prestaciones sociales, la liquidación por acoso, derribo y pasividad de las organizaciones obreras, el recorte de las libertades democráticas esenciales, el fomento del individualismo y el regreso a las políticas económicas más retrógradas. La caída del muro de Berlín y la posterior desaparición de la URSS marcarían el cénit de esa tendencia que desde los años noventa hasta la fecha ha conseguido paralizar cualquier proyecto de progreso social amplio y convertir un mundo injusto pero con esperanzas en otro mucho más injusto y sin esperanza a medio plazo.

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En 1991 se hundió el orden político de Somalia, país que sucumbió a una guerra civil empeorada por la intervención estadounidense. El colapso político dejó la sociedad somalí sin defensas, situación que fue aprovechada por navíos procedentes de Europa, Estados Unidos, China y otros países para verter en sus aguas grandes cantidades de residuos tóxicos y radioactivos. El abuso se hizo visible cuando, en 2005, un tsunami depositó en las playas y costas somalíes bidones corroídos y otras muestras de estos residuos. Según el enviado de las Naciones Unidas en Somalia Ahmadou Ould-Abdallah, la porquería tóxica acumulada en pocos días por la catástrofe marina provocó úlceras, cánceres, náuseas y malformaciones genéticas en recién nacidos y, al menos, 300 muertes.

Pero las desgracias no terminan ahí. Aprovechando el desgobierno, una multitud de barcos de pesca empezó a faenar en las aguas frente al país, incluidas sus aguas territoriales. En 2005 se calculó que pescaron allí unos 800 barcos de distintos países, muchos de ellos europeos y, más específicamente, españoles. Se estima que los ingresos generados durante un año por esta pesca extranjera ilegal ascendía a 450 millones de dólares. El resultado fue la rápida disminución de unas reservas pesqueras que eran el principal recurso para las comunidades de pescadores del país, catalogado como uno de los más pobres del mundo.

Hay en España quien propone que los atuneros españoles (que son sobre todo vascos) lleven militares a bordo para disuadir a los piratas. En el Parlamento vasco, los votos del PP y el PNV han hecho posible el pasado 8 de octubre aprobar una moción en esta línea. El Congreso ya lo había descartado meses antes arguyendo que la legislación española no lo permite. Francia sí lo permite, y hace tiempo que en el Índico los barcos de pesca franceses llevan militares a bordo. Pero esta diferencia es de detalle: ambos países lograron que el 10 de diciembre de 2008 los ministros de Defensa de la Unión Europea aprobaran la llamada Operación Atalanta contra la piratería somalí, y que se diera luz verde al envío de entre 6 y 10 buques de guerra para “garantizar la seguridad” en el golfo de Adén con el mandato de vigilar las costas de Somalia, “incluidas sus aguas territoriales”.

Estos hechos muestran que el colonialismo no sólo no ha muerto, sino que está tomando nuevos bríos. Y un nuevo aspecto marcado por la crisis de recursos naturales, en este caso la pesca. Las flotas pesqueras de los países ricos, compuestas por buques con capacidad para moverse por todos los mares del mundo, esquilman un caladero tras otro: son las principales culpables de la sobrepesca que desde hace años viene destruyendo la capacidad de regeneración de las especies marinas y preparando un colapso de las capturas a escala mundial. Las primeras perjudicadas son las poblaciones de los países pobres que dependen de la pesca local: ellas carecen de flotas potentes para pescar lejos de sus costas. El caso somalí es uno de los más sangrantes por las circunstancias políticas internas, pero no es el único.

España está recuperando sus blasones imperiales contribuyendo a empobrecer a uno de los países más pobres del mundo. Al hacerlo no sólo comete una injusticia, sino que practica una política sin futuro también para sus habitantes. Porque cuando ya no haya caladeros por explotar en ningún rincón del mundo, ¿qué harán nuestros marineros y pescadores? Es una indignidad aprovecharse de un país desangrado por una guerra civil y luego mandar a los soldados a defender una causa indefendible que no hace más que profundizar la tragedia de ese pueblo. Y si se quiere mirar desde otra óptica, ¿cuánto nos cuesta mantener la dotación de dos buques de guerra, un avión y 395 efectivos de la Marina española que tenemos destacados en la zona?

El caso tiene su moraleja. Un país desarrollado como España no debe, tras agotar sus propios recursos pesqueros, expandirse por los mares del mundo privando a otras poblaciones más pobres de sus medios de subsistencia, porque agrava la situación de esas poblaciones y las empuja a una resistencia que desemboca en aventuras violentas y salidas militares. La solución hay que buscarla en casa, adaptándose a unos ecosistemas dañados y gestionándolos mejor (por ejemplo, con la piscicultura como alternativa a la pesca), y adoptando medidas previsoras para que nadie se quede sin trabajo y sin fuente de ingresos. Es inquietante que se esté haciendo exactamente lo contrario: optar por la huida hacia delante y por un neoimperialismo ecológico reforzado militarmente que sólo puede redundar en un empeoramiento de la situación.

Joaquim Sempere es Profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona

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No todos los días un brasileño les da una buena y educadísima bofetada a los estadounidenses.

Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO ‘CHICO’ BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia?

Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño.

Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão “Chico” Buarque:

‘Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro.

Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.
Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero.

El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.

De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.

También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.
No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.

Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad.
De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia… cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.

Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil.

En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar, que mueran cuando deberían vivir.

Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo, pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!’,

OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y JAPÓN.

En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado.

http://www.youtube.com/watch?v=g8yasoBCJ0Q&feature=fvw

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Hacerme coincidir con Carrascal y uno de esos portavoces del PP es como para no perdonar al gobierno. “Confío mas en los jueces que en los políticos”, dijo el hombre de la corbata alucinógena; aunque no siempre fue así –el espectro de Naseiro; aquel alcalde de Valladolid, aquel Presidente de Cantabria…– es una frase para el día; los periodistas no queremos mas. Si escribiesemos para lo eterno seríamos sacerdotes. O escritores puros, que gente. Pero la derecha es siempre extremista: derecha y extrema-derecha son sinónimos. Cuando amansan a Franco en la memoria, recuerdan sus “cosas buenas” (una encuesta en la 5; mayoría para quienes le llaman dictador, para quienes creen que fue cruel), eluden el horror del franquismo en estos días; si insisten en que el crimen de Aravaca es un “arreglo de cuentas” entre “ellos”, de la “mafia de los inmigrantes”, son de extrema derecha. Cuando se junta a la forma de repudiar que las mujeres entren en el sacerdocio, si dicen que el gobierno es de izquierdas, cuando protestan de que la televisión da una película que hiere sus sentimientos, ora católicos, ora sexuales, y piden que se suspenda, es que son de extrema derecha. Convulsos.

Algunas pruebas sorpenden porque proceden del gobierno: sobre todo en inmigración, extranjería, europeísmo, pobres No veo, en cambio, que sea una cuestión de derecha o de extrema derecha el caso del Fiscal General; otro tipo de extremismo. La cara de Don Eligio, su cara, se prodiga en los informativos, y los comentarios de la derecha no son favorables; y coincido con Carrascal y el PP. Unida esta cuestión a los otros movimientos convulsos del PSOE para que no se entre en el caso Filesa, sigue sin ser cuestión de extrema derecha: es cuestión de comportamiento que hace perder la cara, incluso la de Don Eligio.

¡Con Franco no hubiera pasado!. Era otra corrupción: robaron el país entero, y a partir de ese momento no podía haber corrupción porque todo era suyo. Cuando pienso en corrupción no me preocupan los millones que se hayan (¡ah, supuestamente!) desviado en “el caso”, o los fugados de un par de prisiones: es la corrupción de querer cegar al público, o deshonrar jueces, culpar a la prensa. Lo demás es dinero: y a eso estamos acostumbrados. Nos roban desde hace siglos.

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Voy a comentar un extraordinario film al que seguí la pista desde hace lustros pero que tanto por dejadez como también, por-qué no confesarlo, cierto resquemor a adentrarme en él debido a su fama de complicada, no me hallé con las suficientes fuerzas para sacar el deuvedé del video-club o en este caso de la, confundan lo que confundan, imprescindible cosa-pública.

Tengo primero que resaltar que se trata de una película que me ha impresionado sobremanera y por eso dejo aquí mi impronta digital. Pese a la fama de ardua u engorrosa del maestro Dreyer (cuando aún no se sentía bochorno ajeno a la hora de señalar a maestros), no hay que temerle en absoluto en el momento de sacar este deuvedé en el videoclub más cercano. Se trata de un film bastante entretenido, cuya acción fluye fácilmente como mantequilla, confirmándose una vez más la pericia que los maestros creadores procedentes del mudo llegaron a alcanzar, para conseguir la imprescindible amenidad en un largo.

Todo en “Ordet” está cuidado al máximo: un decorado sencillo y escueto pero, a la vez, exquisito; unas interpretaciones excelentes, en un principio contenidas, sólo al final desatadas; un tempo de narración pausado pero ni lento ni plomizo: exacto, y un tema tan metafísico como íntimo como puede ser la fe: así de sencillo.

Dreyer juega sus bazas con taimada y sádica maestría. Nos aborda el tema de la fe justamente en el ambiente que más conmociona: el familiar. Desde el principio todo él se va pergeñando cauta y soterradamente como otro actor principal más. Es más, el anhelo de todo el film es hallar el equilibrio de la paz familiar extraviada. Y desde ahí, este despiadado de Dreyer empieza a machetear con saña pero, eso sí, aplicando un extásico bálsamo final como consuelo: el conocimiento a través del inevitable dolor.

El argumento: una familia potentada danesa, de 3 hermanos varones, vive plácidamente en su cortijo. El padre, viudo y todo un personaje, administra los asuntos del rancho; el hermano mayor, ya un pureta y buena persona, no halla la fe incluso esforzándose; el segundo varón, estudiando a Kierkegaard en la Universidad, pierde la razón, mortificando al personal con sus aterradoras proclamas pues se cree Jesucristo, y el benjamín, zangolotino y enamorao, pretende a la hija de un rival teológico de su padre. Aun así, todo el hogar gira en torno a la esforzada nuera del veterano cortijero, una de las claves del film. La entera y flemática mujer, que está en cinta, sólo espera el momento de romper aguas. A partir de ahí, la tragedia y alivio final están servidos.

Se trata de un film para gente de 32-33 años hacia adelante: se entiende mucho mejor.

Es mítica el afán de minuciosidad y lentitud a la hora de parir una obra por parte de Dreyer, pero atendiendo a la confección de este monumental film, (obviando ya decorados, montaje o dirección actoral), observo que el maestro danés, uno de los mayores artistas del siglo-XX, no anda descaminado en su método de crear: un tempo y una resolución tan milimetrados y versando además sobre temas tan sensibles, sólo pueden ser gestados artesanalmente a base de detalle y calma. El film está totalmente confeccionado para esos últimos pocos segundos de su LEGENDARIO final, uno de los momentos-cumbre de todo el arte del siglo-XX, y no me refiero sólo al 7º. Esta sobresaliente película puede equivaler a toda la cinematografía de un país. Es más, se trata prácticamente de literatura, que es lo máximo que se puede decir de un film: en este caso equivaldría a una exquisita novela-corta que remueve el interior como un torrente.

Obviamente no voy a destripar ni desarrollo ni final, porque no me considero un aguafiestas, ni incluso tan sádico como este afamado Cineasta (con mayúsculas) danés, que juega con su público como un auténtico dios: garrote y bálsamo. Pues precisamente de esto versa el film: de la fe, de las más intransferibles creencias a la hora de tratar de superar las inevitables adversidades que pone la vida. Es un final que se deja a posta muy abierto. La fe de cada uno, la que puede remover montañas y provocar milagros la elige cada cual: y eres TÚ el que escoge “La-palabra” acorde al propio sentimiento, reflexión y actuación personal. Precisamente de lo intransferible de esta decisión, de la enorme e inagotable riqueza de matices, radica su descomunal belleza: la del film y la de la misma vida.

En el largo se advierte que se tocan a posta y aunque sea de refilón, ciertos controvertidos temas como el contraste entre Ciencia y Fe, representados por el apurado médico y el veterano mandamás, una vez examinado el paciente. Cierto, la Ciencia es la base de todo, pero cuando no se puede ir más allá de sus límites, hay que recurrir a la Fe, no hay más remedio: la eterna lucha entre la cabeza y el corazón.

El inquietante actor que interpreta magistralmente al alucinao, aterrador pero cercano, enajenado pero digno, el más importante del film, suelta durante todo el metraje chinitas que despejan de par en par las claves y el nítido mensaje de esta simpar película:

“sólo tratáis de alcanzar lo que Jesús hizo después de su muerte, no la alegría que repartió en vida” (glubs, qué frase)

El loco, no tan loco, optó por Su Palabra, “Jesús”, es decir, por reproducir los milagros que realizó en vida ante supremas adversidades y así se comportó en momento tan delicado para su desestabilizada familia.

Es un personaje que acongoja tanto como apena por su desdichada locura, pero que resulta esencial, ya no sólo en la resolución de la película, decorada al final como si de un cuadro del Greco se tratara, sino en todo el conjunto de ella, como cuando percibe atinadamente ánimas traspasando paredes o le hace la promesa a la niña todo convencido: para “mirar” el mundo de otra manera, para hallar otro enfoque más renovador y humano, la única esperanza que resta es la inmaculada y aun no maleada percepción infantil.

Obviamente el emocionante final se deja, como el significado de “La Palabra”, intencionadamente abierto, pues también se trata de una clara alegoría: podría referirse perfectamente a otros logros más alcanzables como una enfermedad, meta personal, oposición o un simple amor truncado. Una vez más de ahí radica el carácter universal del film, trascendiendo al habitual plomizo y ridículo panfleto cucufato.

Una vez que se haya fácilmente visionado esta sobrecogedora película, con ese legendario desenlace, exquisitamente interpretado, fotografiado y musicalizado (justamente con violonchelo), es imposible contener el flujo de emociones y pensamientos resguardados en la mente, alcanzándose sin remisión el éxtasis emocional, intelectual y hasta espiritual, y sin titubear, podemos llegar a calificarla, lejos de los actuales filmes de macarras, frikis y demás vulgares matones, como UNA DE LAS MEJORES PELICULAS DE TODOS LOS TIEMPOS.

Y quizá, y en este punto coincido con el mensaje último del autor, nada merece la pena experimentar ni vivirse sin Fe, ni siquiera este enorme, fatigoso y excéntrico milagro llamado:

“La vida, la vida”

(El film lo visioné tranquilamente a las 2 de la madrugada, zampándome unos sabrosos raviolis: uno de mis mejores por fortuitos, momentos cinéfilos, y por tanto vitales. No dejéis escapar por nada, esta ESPELUZNANTE película: se trata de una EXPERIENCIA MÍSTICA, METAFÍSICA, es decir, intrínseca al hombre. Dreyer, un auténtico Maestro, un Artista: BRAVO)

“Ordet, La-Palabra”, de CT-Dreyer, Dinamarca, 1955, 126 minutos.

Otros filmes destacados: Gertrud, Dies irae, Vampyr, Juana de Arco, El amo de la casa, Michael.

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Hace poco más de una década nadie podía imaginar el cambio radical que la irrupción de internet tendría en nuestras vidas. Aquel invento, desarrollado fundamentalmente por grupos de jóvenes en el Valle del Silicio, apareció en un principio como una especie de alternativa al teléfono, como un nuevo medio de comunicación interpersonal que habría miles de puertas y parecía no cerrar ninguna. La cosa viene de lejos, era el comienzo de la revolución tecnológica más importante de cuantas han acaecido.
A mediados de los cincuenta se instalaron en el Valle del Silicio, muy cerca de San Francisco, una serie de institutos de investigación y pequeñas empresas dedicadas a indagar sobre las posibilidades de futuro de los microconductores de sílice. De aquella aventura que pretendía, en principio, innovar el mundo de la radio y la televisión, nacieron los ordenadores que hoy conocemos y poco más tarde ese maravilloso mundo que pone a nuestra disposición internet. Hoy el Valle del Sílice es uno de los territorios más ricos del mundo, el lugar dónde nacieron y tienen su sede la mayoría de las empresas que negocian en el sector de las nuevas tecnologías, desde pecés, hasta móviles, sistemas operativos, gepe-eses y exploradores de cualquier tipo. Finlandia y Suecia han lograron sumarse a ese tren que corre a la velocidad de la luz mediante programas educativos muy específicos, lo mismo ha ocurrido con China y algunos países del Sureste asiático, pero el resto del mundo sigue estando, en términos generales, a su merced.
Siendo grave esa dependencia casi monopolística en la que se mueven la mayoría de los países del mundo respecto a los suministradores de nuevas tecnologías de la comunicación, aparece en el horizonte otra amenaza muchísimo más peligrosa que intentaremos escenificar del modo más sencillo y sucinto. Hasta hace unos años –el capitalismo, cuando le conviene, se mueve lento pero seguro-, las grandes corporaciones mundiales no habían visto las tremendas posibilidades que les ofrecía internet para maximizar beneficios y aumentar la explotación del hombre por el hombre. Creían que sería un medio de comunicación más y que los mayores ingresos que podría deparar vendrían dados por la publicidad. Hoy, con la crisis que los druidas neoconservadores nos han metido en casa, han descubierto la inmensa utilidad que internet ha puesto en sus garras despiadadas para acometer la mayor revolución capitalista de la historia, mucho mayor que la que ocasionó la economía fabril, la irrupción del ferrocarril o el automóvil. Hace unos días acudí a una sucursal bancaria en la que trabajaba un jefecillo y un empleado –hace un año había seis trabajadores-, para hacer un ingreso a una cuenta de la propia entidad. El empleado, visiblemente mosqueado porque los papeles por cumplimentar le llegaban a la coronilla, atendió con rapidez mi solicitud. A los pocos minutos, interrumpió el proceso para comunicarme que ese día no se podían hacer determinados ingresos entre los que estaba el mío. -¿Cómo? –le digo- si vengo a pagar y en las horas que ustedes indican; -Ya, pero la Central nos ha dejado bajo mínimos y ahora ordena que los pagos como el suyo se hagan los martes y jueves de 8,30 a 10,30 en caja o bien en el cajero automático o por internet cuando usted guste. Le dije que no me lo podía creer, que iba a hacer un pago como tantas otras veces había hecho. El empleado, asintiendo, me contestó que él tampoco lo entendía pero que ahora mismo estaba mucho más preocupado, viendo por dónde marchaban las cosas, por saber si dentro de dos meses tendría trabajo o lo habrían echado a la calle por el “puto internet”.
Regreso a casa. Abro el buzón y me encuentro una carta de una conocida multinacional de la alimentación en la que se me conmina a utilizar internet para hacer mis compras, ofreciéndome todo tipo de garantías y un descuento de un tanto por ciento sí utilizo el servicio. Abro el ordenador y trato de contratar un vuelo a una capital europea. Todo correcto, menos un error que trato de corregir en línea. No lo consigo. Busco un teléfono para hablar con una persona. No hay personas. Salta la voz de un robot, una y otra vez, recomendándome utilice los servicios en línea o que, en última instancia llame a un número que empieza por 807 y que puede estragar mi mermada economía familiar durante los meses venideros. No hay nadie en el banco, no hay nadie en la compañía aérea, no hay casi nadie en el supermercado, no hay trabajadores en las gasolineras “sírvaseustedmismo”, no hay nadie en las compañías telefónicas salvo operadores ínfimamente pagados que te asedian a llamadas para que cambies de una compañía a otra exactamente igual. ¿Qué está pasando? ¿En qué macabro juego estamos colaborando?
La mayoría de los mortales hemos visto muy bien como determinados vuelos bajaban de precio en los últimos años gracias a las reservas que se hacían por internet. Aparentemente no pasaba nada, pero ya lo creo que pasaba, esas compañías de bajo costo apenas tienen empleados ni personas a las que puedas presentar una queja ante cualquier contratiempo o incumplimiento. Nosotros, muy felices, volamos por cuatro euros allá dónde nos apetece, pero miles de personas han sido despedidas, expulsadas del mercado laboral. Lo mismo ocurre con los bancos –no hay más que pasarse por la oficina más próxima para comprobarlo-, igual con las empresas de telefonía y así sucesivamente hasta que logren que todo se venda por la red a través de las imágenes y recomendaciones que nos den. De tal manera que de seguir a sí las cosas, aquel movimiento sin sentido que dejó vacíos los centros de las ciudades de pequeños comercios y rodeó la periferia de grandes centros comerciales en todo el planeta, no tendrá sentido alguno, pues esos grandes centros no serán sostenibles y habrán de ser sustituidos por enormes almacenes herméticos y por repartidores, arrojando al paro a cientos de miles de trabajadores. El mismo sistema es aplicable a casi todos los sectores productivos y por tanto puede ocasionar una hecatombe socio-laboral, con nuestra imprescindible colaboración desde nuestros terminales caseros, hasta ahora desconocida, un desastre de tal magnitud que deje en mantillas a la actual crisis en la que hace unos años nos metieron la gentuza de la ingeniería contable que domina el mundo gracias a la pérdida del sentimiento de clase de los ciudadanos amorfos de los países dónde alguna vez existió, al incremento exponencial de la estupidez humana plasmada en el rechazo al conocimiento humanístico, en la avidez de dinero y en el consumismo imbécil y suicida.
Se pueden contraponer muchos argumentos a lo dicho. Sin duda, el más fuerte es quién tendría capacidad de compra con unas tasas de paro del 40% a escala planetaria. Importa bien poco a los buitres carroñeros, siempre quedaría un 20 ó un 30% de la población para comerse lo de todos. Internet es hoy la mayor fuente de información y conocimiento que poseemos los humanos. Hasta hoy ese instrumento ha servido para que cada cual se informe y se cultive al margen de las grandes corporaciones mediáticas, como ocurre con este medio para el que escribo. Aunque hay señales que avisan de que quieren poner puertas al ciberespacio, creo que no lo conseguirán. Lo que si estoy seguro es que de continuar la tendencia actual, dentro de muy pocos años el paro de millones de personas será endémico con nuestra colaboración, de que los trabajadores llegarán a pagar por entrar en el restringido club de los que tienen trabajo y cobran, de que las grandes transnacionales de la distribución y la venta extorsionarán –como ya hacen, pero mucho más- a los pequeños agricultores, ganaderos y empresarios imponiéndoles desde su situación cuasi monopolística precios que les lleven a la ruina, de que caminamos, inexorablemente sino decimos basta ya poniendo toda la carne en el asador, hacia un nuevo modo de producción esclavista.

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Incomprensiblemente, el gobierno se ha metido en un pantanal político a causa de sus propuestas fiscales contradictorias y de los anuncios de ida y vuelta sobre la conveniencia, un día, de subir impuestos o de bajarlos, otro.

El problema no radica en la discusión abstracta sobre si subir o bajar los impuestos es o no de izquierdas que solo contribuye a confundir a los ciudadanos.

Suponiendo que en estos momentos supiésemos con certeza qué medida se puede calificar claramente o no como de izquierdas, lo cierto es que lo relevante no sería la magnitud de las tasas impositivas sino su resultado sobre el conjunto de la sociedad y sobre cada grupo social en concreto. De lo que menos se habla.

Lo peor ni siquiera es el coste electoral que sin duda lleva consigo manifestar una carencia de estrategia tan evidente y presentarse ante los ciudadanos con propuestas que cambian un día detrás de otro.

Lo que me parece especialmente grave es que no tener las ideas claras en materia fiscal es carecer de las coordenadas básicas en que puede establecer el modelo económico del que tanto estamos hablando, es como conducir a ciegas o gobernar dejando que la sociedad marche a la deriva, algo que evidentemente apenas importa a quienes tienen las espaldas cubiertas con buenas rentas o patrimonios suficientes y que, por el contrario, perjudica muy gravemente a los más débiles y desprotegidos.

Detrás de cada impuesto no solo hay más o menos recaudación, lo que en cualquier caso no deja de ser importante, sobre todo, en una coyuntura como la actual. Hay además incentivos de uno y otro signo que pueden facilitar o dificultar decisivamente la creación de riqueza y empleo y, sobre todo, hay redistribución de las rentas, es decir, más o menos justicia y bienestar. Por eso las cuestiones impositivas y fiscales en general son tan importantes y no suelen funcionar bien sino cuando van de la mano de un amplio y transparente debate social. Y por eso no es ni mucho menos una casualidad que las democracias más asentadas y fuertes del planeta sean las que más confían en los impuestos para lograr mayor progreso y cohesión social y en donde, frente a los cantos de sirena de los ricos, hay una ciudadanía más convencida de su utilidad y que no está dispuesta a renunciar a ellos porque comprueba día a día que son la base de su bienestar.

Como tampoco es casual que el predominio de la ideología desfiscalizadora de los últimos años, en realidad la cobertura necesaria para llevar a cabo políticas que favorecen a los grupos con rentas y patrimonios más elevados, haya ido de la mano en los últimos treinta años de un debilitamiento paralelo de las democracias, que cada vez hurtan más debates sobre cuestiones económicas y financieras a los ciudadanos para dejar las decisiones políticas a los mercados o, simplemente, en manos de los grupos privados con mayor poder e influencia.

Se pueden dar las vueltas que se quiera pero lo cierto es que los estudios que se han realizado en todo el mundo y en España en particular sobre los efectos de las reformas fiscales de nuestra época no dejan lugar a dudas.

Las llevadas a cabo por el gobierno de Aznar y más tarde por el de Rodríguez Zapatero han beneficiado principalmente a los perceptores de rentas más elevadas, a las del capital y, particularmente, a las procedentes de la actividad inmobiliaria.

En contra de lo que la retórica gubernamental ha podido decir, lo cierto es que en España se ha producido en los últimos años un doble proceso de distribución y redistribución de las rentas que en muy buena medida se ha podido producir gracias a los cambios fiscales regresivos que se han ido adoptando. Uno, de las rentas del trabajo a las del capital. Y otro, desde las del capital nacional al extranjero como consecuencia de la venta de activos y de las condiciones fiscales tan privilegiadas que se han establecido para llevarlas a cabo y para disponer luego de las rentas generedas.

Los trabajadores y también miles de pequeños y medianos empresarios han sido los principales paganos de unas reformas fiscales que solo una inocua justicia constitucional ha podido considerar que respetan nuestra Constitución. ¿O es que acaso los principios de capacidad económica, justicia, igualdad o progresividad de su artículo 31 pueden realmente considerarse compatibles con la conversión de España en un “verdadero paraíso para el blanqueo de capitales” (”Fraude, corrupción y blanqueo de capitales en España”. Organización Profesional de Inspectores de Hacienda del Estado, Noviembre 2007), como han denunciado expertos nacionales y extranjeros? O con la existencia de SICAV que pagan un 1% en el momento de la obtención de las rentas y un 18% cuando se reparten; de las Sociedades y Fondos de Capital Riesgo, bonificados al 99%; de las Entidades de tenencia de Valores Extranjeros, exentas de tributación en dividendos y plusvalías; con el tipo de 18% en el IRPF para las rentas de los productos de ahorro; con la tributación única del 24% para algunos privilegiados no residentes; o, en términos más generales, con el predominio de los impuestos indirectos sobre los indirectos?

En lugar de hablar en irrelevantes términos genéricos sobre la subida o bajada de los impuestos, engañando así a la gente al hacerle creer que lo hacen de igual forma para todos, lo que en España hay que poner de una vez sobre la mesa es el carácter profundamente injusto que ha alcanzado nuestro sistema fiscal. Los técnicos del Ministerio de Hacienda denuncian que el 86% de los que tienen ingresos superiores a 10 millones de euros y el 45% de los que tienen entre 1 y 10 millones eluden sus obligaciones fiscales, mientras que los inspectores denuncian constantemente que no hay voluntad política de luchar contra el fraude fiscal que es el más alto de Europa. Y que nadie se lleve a engaño, porque eso ha sucedido y sucede mientras que los gobiernos siguen subiendo la presión fiscal, aunque eso es haciendo recaer la mayor parte de la recaudación y de su incremento en las espaldas de trabajadores y pequeños y medianos propietarios y empresarios.

¿Cómo se puede consentir que solo se haya investigado el 1% de los billetes de 500 euros que circulan en España o que no haya ya un plan efectivo contra el fraude fiscal que, según los técnicos que saben llevarlo a cabo, podría proporcionar al Estado unos 25.000 millones de euros anuales?

La cuestión que tenemos por delante en términos fiscales es bastante clara. Seguir aceptando que los ricos no tienen compromisos con la Hacienda Pública o invertir las reformas de estos últimos años para avanzar hacia una mayor justicia fiscal que permita que nuestros estándares de gasto se aproximen a los de nuestro entorno y para generar incentivos a favor de quienes crean riqueza y empleo y no, como hasta ahora, de quienes se dedican a la especulación y a dar pelotazos inmobiliarios o financieros.

Naturalmente, y sobre todo después de lo que se ha venido haciendo, no será fácil invertir esa tendencia pero al menos está claro por dónde habría que empezar para que eso sea posible. Resulta imprescindible el debate social claro, transparente y fiel a la verdad para que los ciudadanos entiendan de una vez que es la derecha, que ahora se opone a cualquier medida fiscal que tome el gobierno, la que subió los impuestos quince veces durante el gobierno de Aznar y quien realmente hace que suba la carga fiscal de los más débiles.

(Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, colaborador habitual de Rebelión, editor de www.altereconomia.org y miembro del Consejo científico de ATTAC-España. Su web: www.juantorreslopez.com)

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El Reino Unido está viviendo protestas y huelgas salvajes contra la contratación de trabajadores de otros países de la Unión Europea. El enfado ha sido provocado por la concesión de un contrato por Total a la empresa italiana IREM para ampliar la refinería de Lindsey, la tercera más importante del país. Ahora bien, esta empresa, que busca salarios más bajos, ha llamado a centenares de obreros italianos y portugueses, excluyendo así a los locales. Este movimiento se ha extendido por casi todo el Reino Unido bajo la consigna “British jobs for British workers!” (”Empleos británicos para trabajadores británicos”).
Con la lógica más cruel, los trabajadores británicos caen en la trampa de la xenofobia al reivindicar la preferencia nacional para defender sus puestos de trabajo. En cuanto a los sindicatos, están divididos entre la voluntad de solidarizarse con el desamparo de los trabajadores y el rechazo a legitimar esta deriva xenófoba. Y el Gobierno británico no puede sino constatar su impotencia: cualquier intervención iría en contra de las reglas comunitarias sobre la movilidad de los trabajadores en la UE.

En otras palabras, no hay salida a la crisis si no es poniendo en duda la regulación comunitaria. La cruda realidad es que los gobiernos europeos han caído en la trampa de la estrategia ultraliberal que ellos mismos han seguido y creado. Aceptar la lógica de la desterritorialización del capital y del trabajo supone, irreversiblemente, que los salarios compitan a la baja. Lógica perversa, que consiste en jugar con las desigualdades de desarrollo económico y social, favoreciendo, de hecho, en Europa a los asalariados de los países menos desarrollados en detrimento de la posición adquirida por los más desarrollados. La ideología europeísta ha servido durante veinte años para enmascarar esta operación.

El caso de Reino Unido no es el único. En España, aumentan las tensiones tanto contra los trabajadores comunitarios (rumanos) como contra los no comunitarios a los que se pide que vuelvan a sus países después de haber explotado su fuerza de trabajo. El consiguiente repliegue nacionalista es legítimo a ojos de la opinión pública por el aumento del paro. Y esto, desgraciadamente, no ha hecho más que empezar, ya que la crisis será profunda. Los países se hunden en una profunda espiral recesiva -el FMI prevé una caída del PIB del 2% en la zona euro- con un desempleo que se disparará. Así, algunos prevén en España que en 2009 se superaran los cuatro millones de parados y tal vez los 4,5. En Francia una sola cifra resume la magnitud del seísmo: el número de horas de paro forzoso por reducción de jornada ha pasado de 200.000 en enero de 2008 a 13 millones en diciembre. Esta tendencia se da en toda Europa. La magnitud de la precariedad y de la pobreza resultante será devastadora.

Ante este oscuro porvenir, es de esperar que se produzcan tensiones sociales muy fuertes. Algunos partidos políticos irresponsables aprovecharán para sembrar el odio, la xenofobia y el nacionalismo. Es por ello urgente tomar conciencia del alcance de la amenaza y de lo que está en juego. Estamos, salvando las distancias, en una situación parecida a la de los años 30, momento de la ascensión del fascismo en Europa. Así que la pregunta clave es: ¿Cómo construir una Europa social ante la deflación de los salarios, que ha sido aceptada por las élites políticas? La respuesta dada por los movimientos sociales espontáneos es clara: la desesperación social puede llevar a explosiones muy graves.

¿Qué hacer para desactivar esta bomba? En primer lugar, hay que oponerse frontalmente a los ataques que se producirán en contra del derecho de residencia de los inmigrantes legalmente establecidos. Se trata de defender los derechos adquiridos por extranjeros que han contribuido en gran medida a la riqueza nacional. Lo que aquí está en juego es en realidad el respeto por el Estado de derecho. En segundo lugar, hay que tener la valentía de decir que la legislación comunitaria en materia de libertad de instalación de las empresas en Europa lleva consigo graves conflictos potenciales. La instauración de normas comunes y, en particular, de cláusulas en contra del dumping social (y también medioambiental) es indispensable. Sería así razonable crear una autoridad que regule la competencia interna en la zona euro, cuyo objetivo sería imponer una cláusula social y medioambiental mínima a las empresas que se instalen fuera de su país. Sería el primer paso para la creación de un tratado social europeo, que fijaría criterios de convergencia en materia fiscal y social. Construir de manera efectiva una Europa social basada en la armonización hacia arriba y no hacia abajo es la única manera de oponerse hoy a las reacciones xenófobas y al nacionalismo que amenazan a Europa.

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Los libros sagrados en general han sido hechos por visionarios, paranoicos y embaucadores. La humanidad los venera y se enseñan en las iglesias y en las escuelas.
Lisandro de la Torre 1

Provando e riprovando.
Galileo Galilei

L’ostinato rigore.
Leonardo Da Vinci

Hoy se puede entender que los verdaderos liberales se encuentren políticamente desconcertados ante el imparable recorte a las libertades individuales 2 e incluso empresariales que necesita la evolución hacia el neoliberalismo de la economía liberal. Se puede entender que los comunistas continúen políticamente anonadados por la catástrofe soviética y que los socialistas no atinen a definir si el capitalismo es reformable o los está reformando a ellos. Pero no es tan fácil comprender cómo estas corrientes, herederas directas del Renacimiento y la Ilustración, han abandonado, al menos en Argentina, el terreno en el que siempre se han movido con certeza y comodidad, aquél en el que, más allá del éxito o el fracaso en las disputas por el poder político, mayor ha sido su aporte al desarrollo de las sociedades y las instituciones modernas. Se trata del combate sistemático por la educación, entendida no sólo como el acceso de todos a la escuela y la universidad, sino también como defensa y ejercicio de la razón y denuncia de la superchería, sobre todo cuando ésta pretende erigirse en guardiana de una moral “natural”, imponer las normas de un grupo al conjunto de la sociedad y colocarse por encima de las leyes, tanto para definirlas y juzgarlas como para sustraerse a ellas.

El párrafo que encabeza este artículo no fue escrito por un energúmeno “comecuras”, sino por un ciudadano y político intachable, un apacible, democrático y cultísimo positivista decimonónico que llegó a donar terrenos de su propiedad en un pueblo santafesino fundado por él mismo para que los católicos levantaran allí su iglesia. Un día de 1937, al cabo de una conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores en la que había analizado con respeto y simpatía los infranqueables límites puestos por su propia ideología y su propia iglesia a los “cristianos sociales” –ahora “posconciliares” 3–, De la Torre se encontró con que desde la revista católica Criterio un obispo, Gustavo Franceschi, lo desafiaba a un debate. Lo que siguió fue una polémica que duró más de un mes, apasionó al país y avergonzó a la Iglesia, al punto que los artículos de Franceschi no pudieron reproducirse en el libro citado por falta de autorización.

¿Qué cosas había dicho De la Torre que enfurecieron al obispo? Por ejemplo, que “(…) es tan ilegítimo imponer creencias religiosas por la fuerza, como perseguirlas. El Estado debe ser neutral. Las teocracias fueron siempre funestas, y en cualquier parte lo es la infiltración del clericalismo en la enseñanza y también en la justicia. La revelación descalifica a la ciencia y eso no lo podemos permitir”.

El tribuno demócrata progresista (que con certeza se avergonzaría de los demoprogresistas actuales) reprochaba a la Iglesia no ya sólo los juicios a Galileo y Giordano Bruno, sino su abierto apoyo a los “rebeldes” españoles (la República enfrentaba entonces a la rebelión franquista, apoyada por la Alemania nazi y la Italia fascista) y su fariseísmo respecto a la cuestión social. Hoy, ante los furibundos ataques del Vaticano a la despenalización del aborto y al uso del condón para la prevención de la preñez y el sida; o los de la Iglesia católica argentina a la Ley de Salud Reproductiva y Procreación?Responsable aplicada por el gobierno (Vassallo, pág. 4), es realmente de lamentar la dimisión generalizada, tanto del liberalismo como de las izquierdas, frente a la necesidad de salir al cruce a la ola oscurantista.

Miedos del pasado
Hace siglos que la Iglesia católica viene oponiéndose al desarrollo científico y apoyando a regímenes reaccionarios, desde las monarquías ante la Revolución Francesa hasta todas las dictaduras en Argentina y América Latina, por no hablar de su relativamente dudosa actitud frente al régimen nazi. Que millares de católicos y muchos sacerdotes y obispos en todas las épocas y en todos los países hayan contrariado la política terrena de su propia Iglesia, muchos de ellos hasta dar la vida (sin que por cierto a la Iglesia se le moviese un pelo, como ocurrió en Argentina durante la última dictadura), y que no pocos teólogos cuestionen la doctrina, no invalida el recorrido de la institución.

Ante la evidencia histórica, una de las líneas de defensa más socorridas consiste en ubicar la cuestión en el “alto plano filosófico”, en la disyuntiva entre fe y razón, el sentido último de la religiosidad, la religiosidad como inherente a la condición humana, etc. Por necesarias, apasionantes e instructivas que resulten esas especulaciones, no es ese el punto. Después de todo, numerosos científicos de alto nivel siguen sosteniendo en nuestros días distintos tipos de fe definidos de diverso modo. La Iglesia como institución basa en efecto su poder e influencia en el sentido religioso de muchos seres humanos, cualquiera sea su sinceridad y cualquiera resulte el interés, consciente o inconsciente, detrás de la religiosidad de cada uno. Pero salvo en los primeros siglos del cristianismo, cuando aún se sustentaban ideales que hoy apoyaría cualquier progresista, la Iglesia siempre se ha constituido como poder político reaccionario: desde las amables disputas de poblado a lo Don Camilo y Peppone 4, pasando por su oposición cerrada a cualquier avance científico (porque éstos ponen en cuestión su autoridad ante la base de su poder, la feligresía), hasta las grandes guerras de religión, lo que la Iglesia disputa ante los poderes terrenales es justamente el poder. Para esto no ha vacilado nunca en mentir, conspirar, contradecirse desencadenar guerras y apoyar a los regímenes y causas más aberrantes. “Las almas sencillas aprecian en el cristianismo los sentimientos de caridad, humildad, amor, pobreza y perdón que inspira; pero no es sobre ellos que funda la Iglesia sus planes de predominio, sino más bien sobre lo que sobrecoge a los seres que temen a lo sobrenatural y a la muerte; la resurrección de los muertos, el Reino de Dios, el milagro. Y la cuestión social se involucra en ello” 5. Esto es algo que saben muy bien los curas y monjas de la “opción por los pobres”…

La modernidad, ese concepto que incorpora la noción de individuo y sus derechos; la idea volteriana de no estar de acuerdo con alguien pero disponerse a dar la vida para que ese Otro pueda expresar sus ideas, nace del “cruce entre ciencia y herejía” 6, del trabajo de aquellos que en el medioevo tardío retomaron el esfuerzo griego de razonar por sí mismos; de los que se desprendieron poco a poco, casi tan lentamente como salieron del mar los primeros organismos, de los oscuros miedos del pasado. Ellos fueron los que abandonaron la especulación abstracta fruto de la contemplación para internarse en el fatigoso, peligroso en todos los tiempos, meandro de la experiencia. Si el hombre comenzó a pensar cuando, de pie, pudo establecer comparaciones entre el estado de las cosas antes y después de que las tocaran sus manos, la voluntad de guiarse por su razón sólo comenzó a afirmarla miles de años más tarde, cuando se abrió camino en el mundo microscópico que Lucrecio había vaticinado a golpe de pura intuición poética, pero que sólo Averroes, Servet (quemado por la Inquisición calvinista) y algunos más comenzaron a explorar. Esos eran hombres que después de contemplar el cielo se abrían las venas y encontraban similitudes entre el mundo macroscópico y el microscópico. Por curiosidad de la inteligencia acabaron con los dioses, al menos con su poder total. Hasta ellos, se podía desconfiar, pero no dudar de Dios. La modernidad comienza cuando el temor que fabrica dioses empieza a ser suplantado por la noción de inmanencia y evolución, de relación naturalmente necesaria, fluido de la vida, entre los organismos, las cosas, el tiempo y el espacio. Allí cuando el hombre adquiere la certeza de su propia pequeñez, ignorancia y finitud, se convierte por fin en un individuo, liberado del terror de lo desconocido; artífice de su propio destino porque nadie está dispuesto a sufrir en la vida si ha atisbado la Nada Inminente. A comienzos del siglo XVI Leonardo dibujó un helicóptero y ¡qué importa que el hombre haya tardado varios siglos más en volar! Lo importante es que dejó de maravillarse por lo que vuela para intentar su propio vuelo.

A esa evolución se opuso sistemáticamente la Iglesia, en nombre de la fe, de su fe. Durante un debate con el cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, el filósofo Paolo Flores D’Arcais resumió el problema: “(…) una frase (…) refleja bien el pensamiento de las primeras generaciones de cristianos, un concepto que es muy claro en San Pablo: Credo quia absurdum; la fe es un escándalo para la razón. Si la fe es eso, no puede haber conflicto alguno con los no creyentes, porque una fe de ese tipo nunca tratará de imponerse; sólo exigirá que se la respete. Pero si la fe católica pretende ser el resumen y el resultado último de la razón, de lo que es más característico en el hombre (…), es inevitable que la fe caiga en la tentación de imponerse, en particular a través del brazo secular del Estado” 7.

Una vieja alianza
Es justamente lo que la Iglesia catolica ha hecho desde el fondo de los tiempos. No es necesario remitirse a las guerras o a la Inquisición. En América Latina se negó a reconocer a los gobiernos surgidos de la Independencia (Kwiatkowski, pág. 6); en la Italia de 1870 excomulgaba a los republicanos que iban a votar (ahora, más moderadamente, pregona la abstención de los católicos en el referéndum acerca de la legislación sobre la investigación en células madre, que tendrá lugar este 12 de junio); en España está llamando a los funcionarios católicos a violar la Constitución ante la promulgación de una ley que consagra el matrimonio entre homosexuales 8. No es de extrañar pues su crónica “crisis de vocaciones” y la abrumadora indiferencia de los propios católicos ante el culto y sus directivas morales. Un 78% de los argentinos se reconoce católico, pero sólo el 8% va a la iglesia una vez por semana y el 16%, una al mes 9.

Si en nuestro siglo, y a la par de los demás sectores sociales, los católicos y católicas se divorcian, hacen pareja fuera del matrimonio, fornican, abortan, fecundan in vitro y practican su homosexualidad sin complejos; si la institución se ve cuestionada en casi todas partes a causa de escándalos económicos, políticos y morales; si en definitiva la Iglesia ha perdido muy buena parte del poder de “guiar a su rebaño” (la expresión tiene miga), ¿a qué se debe que se le siga reconociendo un inmenso poder, como quedó demostrado en la casi unánime presencia de Presidentes y Jefes de Estado durante las exequias de Juan Pablo II?

La explicación más obvia es que la superstición, la ignorancia y el temor a lo desconocido siguen campeando en gran parte de la humanidad y que por lo tanto el poder de las iglesias –no sólo la católica– permanece latente, sobre todo en épocas de zozobra como la actual. Cuando el presente y el futuro se van cerrando poco a poco para las mayorías, el mundo se hace cada vez más difícil de gobernar. Y allí estaban esos monjes medievales, rodeados de los poderosos del planeta, simbolizando en ese oficio fúnebre mediático global la renovación de una antigua alianza: la del poder político y el religioso.

No es casual que sea en Estados Unidos, la única gran potencia, donde esta alianza es hoy más evidente. En casi todo el país el fundamentalismo cristiano sigue intentado eliminar la teoría de la evolución de los programas de enseñanza, con posibilidades ciertas en algunos Estados como Kansas 10. El Congreso está penetrado y literalmente asediado por el lobby cristiano, que también amplía su influencia en las fuerzas armadas y presiona contra el aborto, la homosexualidad y la investigación sobre células madre. Obediente a esos grupos, a los que pertenece y debe su elección, el presidente Bush ya ha anunciado que vetará una inminente ley sobre las células madre. Hasta la empresa Microsoft se vio “obligada” en Seattle a retirar su apoyo a un proyecto de ley del Congreso del Estado, que prohibía cualquier discriminación basada en la orientación sexual 11.

También en Rusia se afirma el poder eclesiástico: “Una exposición saqueada; afiches prohibidos; procesos; multas; presiones: obras radicales o provocadoras en el arte, la danza, el teatro o la literatura son blanco del furor de la Iglesia ortodoxa y de los movimientos nacionalistas. Los medios culturales se inquietan…” 12.

¿Qué hacer? El tema es complejo, pero parece hora de que el progresismo vuelva a transitar con fuerza la vieja senda: respetar profunda y sinceramente la fe de cada cual, pero luchar con energía en todos los terrenos contra el oscurantismo y la superchería eclesiales; sobre todo cuando las iglesias se inmiscuyen en las instituciones republicanas y en la vida de quienes no comparten sus creencias y la moral que emana de ellas.

Lisandro de la Torre, Intermedio Filosófico; La cuestión social y los cristianos sociales, Ed. Anaconda, Colegio Libre de Estudios Superiores, Buenos Aires, 1937.
La guerra contra el terrorismo (en realidad por el petróleo) liderada por Estados Unidos está acabando con los progresos de “60 años de derecho internacional”. Amnesty International, Report 2005, Londres.
Por el Concilio Vaticano II, celebrado a partir de 1962, en particular los adeptos a la Teología de la Liberación.
Don Camillo e l’onorevole Peppone, famosa película ítalo-francesa de 1955, dirigida por Carmine Gallone, con Fernandel y Gino Cervi en los papeles protagónicos.
Lisandro de la Torre, op. cit.
Paolo Flores D’Arcais, El desafío oscurantista, Anagrama, Barcelona, 1994.
La frase en latín significa “creo porque es absurdo”. El debate tuvo lugar el 21-9-00 en Roma. Ver “Le cardinal et l’athée”, Le Monde, París, 2-5-05. Puede leerse completo, en italiano, en la revista Micromega, Roma, 29-4-05. Por cierto, tanto en este debate como en el que sostuvo en Baviera en enero de 2004 con Jürgen Habermas, Ratzinger se reveló como un teólogo de fuste, a años luz de las paparruchadas del obispo Franceschi.
Trinidad Jiménez, “La Iglesia no es un poder político”, El País, Madrid, 22-5-05.
Carolina Arenes, “Cerca de Dios, lejos de la Iglesia”, Enfoques, La Nación, Buenos Aires, 8-5-05.
“The evolution of creationism”, editorial, International Herald Tribune, París, 18-5-05.
Corine Lesnes, “La droite chrétienne redouble d’activisme aux Etats Unis”, dossier, Le Monde, París, 22-5-05.
Natalie Nougayrède, “L’Eglise tape sur les doigts des artistes en Russie”, Le Monde, París, 26-4-05.

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Antes de exponer las propuestas económicas que el Consejo de Ancianos y Jóvenes Emprendedores de la Aldea Global (CAJEAG) discute en estos momentos en la ciudad suiza de Lausanne, estimamos oportuno fijar los límites de un debate que, indudablemente, tendrá repercusiones muy positivas para la reactivación de la economía mundial. Debe quedar claro que el CAJEAG, que se reúne sólo una vez al año coincidiendo con el fin de semana previo a la Virgen del Pilar, o en el posterior si tal festividad cayese en sábado o domingo, no tiene matiz ideológico de ninguna clase, abomina de la palabra política, carece de subvenciones de organismos nacionales e internacionales y desprecia tanto los juicios a priori como los a posteriori. Dicho esto, es fácil entender que el Consejo se limita exclusivamente a examinar las variables macroeconómicas mundiales que ellos mismos elaboran y guardan con todo tipo de precauciones en el complejo cibernético “Adam Smith” instalado desde hace dos años en el bunker Villa Krupp de la citada ciudad suiza. Nadie espere, pues, que en sus discusiones se hable de problemas éticos, de crisis de valores, del empobrecimiento cultural global, de hambre, de cambio climático, de justicia ni de otras zarandajas como la búsqueda de un sistema político y económico más justo, cuestiones excesivamente materialistas y mundanas que no tienen cabida en las apretadísimas agendas de estos sabios filántropos, pues su inclusión supondría una dispersión innecesaria que restaría rigor científico y eficacia tanto a los trabajos de análisis como a las decisiones a tomar.
Los miembros del CAJEAG no son elegidos por nadie. De entre los hombres y mujeres más brillantes y agresivos del panorama económico mundial, la computadora selecciona cien nombres, cincuenta jóvenes emprendedores y cincuenta ancianos de reconocida experiencia en el mundo de las grandes negocios. En una sucinta y austera ceremonia que se celebra, en vísperas de Cuaresma, en el Palacio de Congresos de la murciana localidad de Albudeite, y a la que todos los participantes acuden encapuchados y con sayo de rafia, Miss Lausanne, completamente desnuda pero con los ojos vendados, extrae diez bolas del saco de los jóvenes emprendedores, y otras diez del saco que contiene el nombre de los venerables ancianos capitalistas. Desde su fundación en 1973, los promotores del CAJEAG decidieron, tras procelosos debates, que el procedimiento para la elección de sus miembros fuese lo más aséptico posible, considerando la insaculación como el sistema más ajustado a sus pretensiones.
Hasta ahora las propuestas del Consejo no han sido vinculantes para ningún Gobierno, pero dada la competencia y sapiencia de quienes lo componen, ningún gobierno, a día de hoy, ha sido capaz de no cumplirlas a rajatabla. Aunque las deliberaciones son secretas, según fuentes oficiosas a las que hemos tenido acceso, las propuestas que con toda probabilidad aprobará el CAJEAG para terminar con la crisis y entrar en la senda del crecimiento perpetuo, son las que a continuación enunciamos:
1. Reducción de los empleados al servicio de las distintas Administraciones Públicas a un 25% del montante actual, lo que reportará un ahorro del gasto próximo a los 50 billones de euros.
2. Reconversión de ese 25 % restante en policías magníficamente pertrechados y excelentemente pagados para que no les tiemble el pulso a la hora de contener con toda la dureza necesaria la improbable, aunque nunca descartable, contestación que las medidas que a continuación enumeramos puedan provocar en determinados segmentos de la sociedad que en su ignorancia llegan a desconocer incluso que es aquello que más les conviene.
3. Supresión total de los sistemas públicos de seguridad social. Los gobiernos deben suprimir los hospitales públicos, los subsidios de paro, las pensiones del origen que sean y las ayudas a la dependencia o cualquier otro tipo de monsergas que fomenten la vagancia. Todo individuo podrá ser asistido por el médico de su elección siempre que haya trabajado lo suficiente para poder pagarle de su propio bolsillo. Todo individuo podrá sobrevivir al paro que estacionalmente le tocará vivir, si ha sido capaz de ahorrar mientras que tuvo trabajo y espera a que el mercado lo reubique. El mundo está superpoblado. Es un dispendio innecesario prolongar la vida de aquellos que por unas u otras razones quedan fuera del mercado laboral, por tanto todo individuo podrá seguir comiendo siempre que el mercado tenga un sitio para él y él no se oponga ni al puesto que el mercado le otorgue ni a la cantidad de horas que la Mano Invisible estime mínimas para que adquiera el derecho a engullir un bocadillo de panceta.
4. Supresión de los límites a la jornada laboral. El hombre, por naturaleza, tiende al ocio y el ocio es enemigo del crecimiento económico, del progreso y de su propio bienestar, pues si en adelante su supervivencia dependerá exclusivamente de su trabajo, serán los propios trabajadores los más beneficiados por esta norma que les permitirá levantarse antes de que salga el sol y acostarse bastantes horas después de que se ponga durante los años que él, y sólo él, procure estar disponible para el mercado laboral.
5. Eliminación del salario. El trabajo es una virtud, por tanto, el trabajador deberá sentirse enormemente honrado por el simple hecho de que la Mano Invisible se haya fijado en él para que contribuya con su esfuerzo a acrecer la producción mundial de la cosa que sea. Será la Mano Invisible la que decida libremente, sin presiones de ningún tipo, cuando y cuánto paga al trabajador, quién habrá de mostrarse siempre y en todo momento agradecido y orgulloso de su aportación y de lo recibido por ella.
6. A todo trabajador, al ser elegido por la Mano Invisible que todo lo rige, para un puesto de trabajo determinado, sea el que fuere, le será entregado por el robot-capataz un ejemplar de “Camino”, libro que será su única lectura y del que deberá leer dos capítulos al menos cada noche antes de entregarse al merecido sueño reparador que le permita estar en las mínimas condiciones para producir adecuadamente. Esta medida busca, como es fácil comprender, conciliar el descanso del productor con la paz de su espíritu, alejándolo de la vida disoluta e inapropiada que se desprende de la lectura de libelos escritos por mentes depravadas que hacen del inconformismo una bandera y siembran de cizaña y malestar el cuerpo social.
7. Supresión de las vacaciones. Se mantendrá un día de descanso semanal para que los productores puedan acudir –no es algo optativo, sino obligatorio- al supermercado o gran superficie que le sea asignado y gastar allí hasta el último céntimo del salario que la Mano Invisible haya estimado oportuno concederle.
8. En ningún caso, los productores podrán plantearse ni plantear a nadie, ni de palabra, obra u omisión, el destino de las plusvalías que esta necesaria e imprescindible modificación de las condiciones socio-laborales ocasione, simplemente porque es una cuestión que le es completamente ajena y escapa a su limitada comprensión.
9. De entre los productores más eficientes y comprometidos con estas radicales y necesarias reformas, se seleccionará cada año un número indeterminado para que, tras los debidos exámenes antropomórficos y pruebas de aptitud, puedan ingresar en la sagrada familia de los emprendedores, medida ésta fundamental para evitar el anquilosamiento y fomentar las tormentas de ideas, siempre dentro de los cánones establecidos, que son el motor del libre mercado y de la eficiencia empresarial.
10. El incumplimiento de cualquiera de estas propuestas, que deben ser incorporada a las normas constitucionales de todos los Estados, será castigado con el desempleo eterno e irrevocable. Sin embargo, estamos seguros de que no será preciso aplicar tal sanción porque indudablemente los productores tendrán la certeza de que todas y cada una de ellas van dirigidas a conseguir el bienestar de todos.
Aunque, según nuestras informaciones, parece que ha habido alguna discrepancia respecto al día semanal de descanso, al final se ha impuesto el consenso entre los miembros del Consejo y mañana, a las diez en punto a.m., tanto los diversos gobiernos como la prensa tendrán en su poder las conclusiones que, estimamos, en poco diferirán de las que les hemos expuesto.

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Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.

Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida.
Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado –ahí no hay discrepancias ideológicas– el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.
De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.

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